Una pequeña reflexión sobre el contrato social y la psicología social

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Al explorar el concepto del contrato social (producto de la modernidad) podemos extrapolar varios conceptos de la psicología social a éste. Y sin antes empezar a explicarles, debería mencionarse el hecho de que las críticas al modelo de funcionamiento de éste se asoman ya desde los críticos de la modernidad, los estructuralistas como Freud, los postestructuralistas como Derrida y los discursos posmodernos en las ciencias sociales y el arte, como lo son la hiperrealidad, el centro y periferia o simplemente la otredad y la alteridad.

Cuauhtémoc Treviño/ 4Vientos

La psicología social se encarga de estudiar al sujeto en relación con el grupo, y las dinámicas de éstos, por lo que podría considerarse una especie de intermedio entre la psicología y la sociología, sin embargo, reducido esto a los grupos como tal. Esta limitante cognitiva se conocería como el número de Dunbar, por ejemplo (Sutcliffe, et al., 2012).

Baron y Byrne (2011) exponen que la psicología social se ha visto apoyada en las últimas décadas desde una perspectiva evolucionista, superando un poco una perspectiva ambientalista descrita por Hernández (1991), que, producto del conductismo, sugiere, obviamente, que toda conducta depende de factores ambientales únicamente, y que lo observado no a nivel cognitivo es la evidencia que se debe tomar en cuenta.

En el presente ensayo se tratará de exponer cómo es que diversos temas abordados durante la clase de psicología social, o relacionados con los mismos, tienen directa o indirecta relación con la posmodernidad y el contrato social, un concepto que surge como tal durante la modernidad.

Conceptos de psicología social

Se ha mencionado anteriormente que la psicología social se ha visto apoyada por psicología evolutiva, y cabe también mencionar que se ha visto de igual forma apoyada por otro tipo de enfoques. Un ejemplo de esto sería el estudio de la conducta del voto, que también sirve para ejemplificar cómo es que las conductas grupales se han de estudiar con relación al individuo.

Sísifo

Para ello se menciona la referencia de Baumeister que hacen Augenblick y Nicholson (2016), donde éste infiere que el poder de voluntad es similar a la fuerza muscular y se ejercita. Pues en el caso de votar se requeriría de autocontrol para usar energía cognitiva en hacer decisiones pensadas, así como también sugiere que el poder de voluntad se corresponde con los niveles de glucosa en la sangre y que, con descanso, el poder de voluntad se puede restablecer, o también consumiendo una bebida con glucosa. Esto con la intención de implicar que la fatiga por decisión en los votantes puede ser reducida si a éstos se les proveen bebidas azucaradas.

Con este ejemplo de Baumeister (como se citó en Augenblick y Nicholson, 2016), se clarifica el punto sobre que la psicología social estudia el comportamiento grupal a partir del individuo. Y si no es convincente aún, Baumeister, cabe mencionar, publicó sus estudios en el Journal of Personality and Social Psichology. En este caso se buscaba estudiar la fatiga por decisión a través del comportamiento de la votación, partiendo del supuesto de que los integrantes son un grupo. Sin embargo, ¿qué tipo de grupo podrían ser los votantes?

Citando a Mac Iver y Page, González y Kupferma (1978) podríamos decir que se trata de un grupo formal, ya que requiere de cierta estructura para que pueda funcionar, por ejemplo. Los grupos en general pueden ser de contacto directo racional o no racional. En este caso, de tratarse a los votantes como grupo debería caer en el no racional. O tal vez, Según Gruvitch, se podría tratar de una masa; incluso se menciona con Baumeister el estrés de la votación en el individuo considerando su posición ante el grupo. Sin embargo, es más bien a nivel emocional, como en las multitudes. Esto podría ser gracias al ejercicio de, frecuentemente, una ciudadanía pasiva al momento del sufragio.

Sin embargo, ¿cómo es que se llega siquiera a tener que adoptar tal o cual postura o respuesta emocional o cognitiva al respecto de tal o cual situación? Esto puede ser respondido a través del proceso de socialización que es tan importante desde que se es infante. Y es porque a través de la socialización primaria (Simkin y Becerra, 2013) el niño aprende a construir un mundo que sea objetivo socialmente, asimilándolo a través de los “otros significativos”, que se trata de la familia como el primer agente socializante, pero que toda interacción social subsecuente debe ser al menos parecida.

Es así que, en la socialización secundaria, cuando el sujeto es introducido en los roles sociales, existen contradicciones con las demandas que le son exigidas o esperadas. Y es debido a esto que puede ello traducirse, necesariamente, en instituciones de poder. Por lo que, en la socialización secundaria, el “otro significativo” se transforma en “otro generalizado”, con tal de funcionar el sujeto con la liquidez y rigidez necesarias en cuanto a estos roles y expectativas. Mismas que él ve reflejas de sí en los otros.

Así es como, necesariamente, a partir de la socialización secundaria, surgen los procesos de resocialización, que orgánicamente son traducidos en la creación de instituciones o de agentes resocializadores que traten de amoldar estos comportamientos primarios dentro de las exigencias contradictorias a nivel contrato social. Y sólo es natural que se detecten dichas incongruencias al tener que surgir la interdependencia dentro de la dinámica familiar, como fuente de las primeras relaciones.

Al respecto de los procesos de socialización y de resocialización y las instituciones de poder, necesariamente debe salir a flote el tema de la obediencia, la condescendencia y la influencia social.

Ya sea de forma directa o indirecta, las normas sociales ejercen influencia sobre el comportamiento del sujeto. Ya lo son las normas escritas, como las leyes de tránsito, por ejemplo. Sin embargo, las normas no escritas también juegan un papel importante al respecto, y suelen ser estas las que a menudo causan las contradicciones antes mencionadas, aunque las reglas escritas quizás por su carácter inflexible también manifiesten dichas contradicciones…

Las normas sociales ofrecen una forma de regular la vida, por lo que el seguirlas lleva sentido de cierta manera, sin embargo, en muchas ocasiones esto puede conducir hasta la conformidad. Y de esto exacerbarse, exponen Baron y Byrne (2011), puede llegar a ser peligroso en ciertos casos, infructífero, en otros o incluso irrelevantes. Los experimentos de Asch, en su tarea para comparar las líneas para estudiar los efectos de la presión social en la conformidad, o el de Milgram para estudiar el efecto de la autoridad en la conformidad exhiben los peligros de supeditarse únicamente a la normativa por el deseo humano de encajar y de gustar.

Así, la posición de conformidad tiende a ser justificada cuando se asume, bien sea que se decide seguir con las órdenes de la autoridad, aunque técnicamente alguien resulte muerto, o bien continuar siguiendo la corriente con la opinión de los demás a pesar de saber que se está en lo correcto o que como mínimo lo que los otros expresan no es correcto. Sin embargo, la conformidad, obedeciendo a la teoría del foco normativo, podemos expresar que sólo se sigue mediante contextos; es decir que las normas se obedecen si son centrales para las personas cuando el comportamiento ocurre.

Claro, se relacionan la conformidad con el obedecimiento de la autoridad. Pero, además, haría falta decir que en este caso se trataría de obediencia destructiva. Otro caso que tendría que ver con la obediencia, y además con los procesos de socialización y resocialización, y que podría servir como un buen ejemplo, podría ser el famoso experimento de la cárcel de Stanford, conducido por Philip Zimbardo. Aquí se puede observar cómo, el sólo hecho de recontextualizar ambientes y repartir roles y posiciones de poder, hace que necesariamente quien tiene el poder lo ejerza y se vea en una posición igualmente vulnerable que el sometido, pero en el sentido de que puede verse tentado a mal usarlo. Sin embargo, también enfrenta críticas debido a estas conclusiones gracias a la representatividad de la muestra y al período de tiempo en el que fue llevado a cabo.

Regresando a los papeles que la obediencia y la conformidad, además de los procesos de socialización, que juegan al momento de interrelacionarse, se debe resaltar que el apego también entra en esta relación, y que de cierta forma determina ciertos patrones de acción al momento de hacerlo.

Citando a Baron y Byrne (2011), en cuestión del apego, y retomando el punto del apego, son éste y su estilo lo que define en buena parte la forma de interrelacionarse con los otros en el futuro, por lo que la existencia de un núcleo familiar estable se vuelve completamente necesaria. Precisamente porque el estilo de apego desarrollado influye en las interacciones sociales relevantes para los intereses personales. Desde la búsqueda de relaciones interpersonales hasta el amor, la intimidad física, las relaciones románticas, o incluso la introversión y la extroversión. Desde eso hasta la soledad: la ausencia de relaciones cercanas.

Esto afecta, pues, la forma de interaccionar con los otros; siendo quienes poseen un estilo de apego seguro quienes se desenvuelven mejor y son en general más felices. En general los estilos de apego van en 4 dimensiones, los positivos con la alta confianza interpersonal y autoestima, y los negativos, con baja autoestima y alta desconfianza interpersonal. Un estilo de apego como el rechazador, con alta autoestima, puede ser negativo pues conlleva desconfianza interpersonal, por ejemplo.

Además de estos factores que se relacionan con la forma en que se ejercen las interrelaciones sociales, también deben tomarse en cuenta los estereotipos, los prototipos y los esquemas cognitivos, y cómo éstos nos predisponen a pensar tales o cuales cosas en función de nuestros propios sesgos y heurísticos.

Nuevamente Baron y Byrne (2011) nos hablan acerca de esto en función de la cognición social. Nos exponen previamente que los humanos son unos “tacaños cognitivos” en el sentido de que tendemos a querer realizar el menor esfuerzo cognitivo que sea posible en la mayoría de las situaciones.

Al respecto de la cognición social, Caravaca Morera (2017) nos expone que “la cognición social podría ser definida como el pensar del individuo con relación a sí mismo y a los otros, que explícitamente incluye la asociación de sentimientos, evaluaciones, emociones y consecuentemente de comportamientos propios y ajenos”. Y en esencia son necesariamente involucrados estos elementos debido a que, para la asimilación de nuevos elementos, para integrarlos, esquematizarlos, es requisito que entren a través de otros esquemas ya presentes, por lo que son reforzados al momento de ser integrados, pues es por el proceso de representación.

Este proceso de enraizamiento de la representación en la vida de los grupos es fundamental a los procesos representacionales, pues revela la forma como se da su inserción en los valores de una determinada cultura o sociedad. Aliado con el concepto de anclaje social, surge la objetificación/objetivación, que corresponde a la forma como se organizan los elementos de una representación social y el transcurso a través del cual adquieren una materialidad físico-simbólico (Ibid.)”

Entendiendo esta dinámica, entonces podríamos empezar a inferir que, naturalmente, el mismo proceso de anclaje social, como viene subsecuente a una objetificación/objetivación, genera indirectamente el problema que podría nombrarse como el del pensamiento erudito/pensamiento popular, pues, además del individuo autorreforzar a través de objetificación y objetivación los sesgos y representaciones que le faciliten el entendimiento y acercamiento de la realidad social, también, puede inferirse, tenderá a sobreestimar sus propias conclusiones.

Si esto se explora a partir del famoso Efecto Dunning-Kruger (1999), el cual reza que se trata de la misma inhabilidad del sujeto para realizar algo también es la que le impide reconocer esa misma inhabilidad, pues, en primer lugar, para saber que se erra, primero debe conocerse la forma correcta de actuar, en esencia estableciendo que somos demasiado estúpidos como para darnos cuenta de que lo somos. No conforme con ello.

Empecemos por estar de acuerdo en que un prejuicio significa una idea negativa, y que ésta va dirigida hacia miembros de o grupos sociales específicos. Y este se mantiene gracias a que la información al respecto es más fácilmente recordada y tiene “especial detalle” en los esquemas cognitivos del sujeto, siendo estos marcos cognitivos desarrollados a través de la experiencia y que afectan el procesamiento de nueva información social.

En el mantenimiento del prejuicio no sólo juegan un papel importante estos mecanismos cognitivos, sino que también hay que tomar en cuenta que el ejercicio de éste puede permitir un enaltecimiento del autoconcepto al momento de necesariamente interactuar con los grupos prejuzgados. Además, el hecho de permitir la facilitación cognitiva debe constatarse que, en el caso del prejuicio como ejemplo, se logra a partir de la formación de los estereotipos. Esto básicamente hace que podamos procesar a todos los miembros de un grupo como uno solo, pues en esencia nos permite creer que conocemos a un grupo, por lo que nos hace solo reafirmar el propio prejuicio.

Por otro lado pero aún atendiendo al prejuicio, los grupos o sujetos prejuiciados tienden a odiar a quienes les juzgan al momento de percibir una amenaza a la autoestima, y esto no hace sino reforzar los prejuicios tanto en los prejuiciados como en los prejuiciosos. Y, por supuesto, estas implicaciones llevarían necesariamente a tener que mencionar la discriminación y sus formas, como podría serlo el racismo o el emblematismo.

En la actualidad se trata de considerar al racismo como algo implícito y explícito, tratando de medir las creencias que le fundamentan, pues hoy nadie admitiría abiertamente ser un racista. El emblematismo sería otra forma de discriminación, donde podemos observar nuevamente el trabajo de la economía cognitiva, cuando se tiende a pensar que un solo miembro tiende a representar a la totalidad del grupo con el que es asociado. Esto necesariamente se traduce en una inclusión forzada, ya que es una actitud que se asume hacia los exogrupos para evitar problemas por discriminación.

Se ha intentado explicar la adquisición o el desarrollo de los prejuicios mediante teorías como la del conflicto realista, en donde surge como competencia por los recursos, y como el aprendizaje social, donde se implica que se adquiere a partir de experiencias directas y vicarias.

Se parece a un colaborador de 4 Vientos ¡Mírenlo!

Por otro lado, esto necesariamente obedece a la necesidad de una identidad social, pues nos permite enaltecer nuestra propia autoestima el identificarnos con grupos sociales específicos, por lo que, al sentirnos parte de tal grupo tendemos a cometer errores de atribución, por lo que solemos hacer atribuciones más favorables a miembros del propio grupo que a otros, ya que, en cierta forma, nuestra identidad va ligada con la pertenencia a dicho grupo, y, necesariamente, el admitir sus fallas sería directamente admitir las nuestras. En esencia la atribución es un esfuerzo por comprender por qué los demás han hecho tal o cual cosa, por esto el sentir la pertenencia al grupo hace que las atribuciones sean postivas.

Y todavía respecto de la identidad social, que definen el quién es una persona, incluyendo sus atributos personales y atributos compartidos.

Por lo tanto, la pertenencia al grupo permite el enaltecimiento de la autoestima, como se explicaba, pues el grupo pareciera pasar a formar parte de la percepción de nuestro propio yo. En esencia, los logros del grupo también son nuestros logros, lo que nos permitiría, a través de heurísticos, atribuir y atribuirnos más y más cualidades positivas.

Y para combatir el prejuicio se ha propuesto que éste se ve reducido con las interacciones continuadas entre los miembros de varios grupos, aunque esto, se señala, solo parece funcionar bajo ciertas condiciones. En cambio, cuando algunos miembros del endogrupo se relacionan con algunos otros de algún exogrupo será cada vez más fácil la atribución de cualidades positivas en el exogrupo. Hasta incluso permitir una recategorización.

Con respecto al altruismo, podemos decir que se diferencia de la conducta prosocial, en el sentido de que la conducta prosocial es esperada de parte del adulto, mientras que el altruismo se definiría como el hecho de prestar ayuda o realizar acciones que beneficien directa o indirectamente a un segundo o tercero, aun cuando el hacerlo no conlleve ningún beneficio para el realizador o bien implique algún tipo de consecuencia negativa para éste (Auné et al, 2014). Así mismo, Auné et al (2017) también exponen una relación entre la conducta prosocial y la felicidad.

Moñivas (1996) diferencia la conducta prosocial como cualquier comportamiento que beneficie a otros o que tenga consecuencias sociales positivas. Puede manifestarse con conductas de ayuda, cooperación o solidaridad. Por otro lado, al altruismo lo refiere como acciones prosociales costosas, que se hacen de forma voluntaria y que su motivación principal es que otros se beneficien. Así, en concordancia con Auné et, al (2014), expone que, aunque los niños son más prosociales porque pueden adoptar diferentes perspectivas, los profesores sirven de modelos de aprendizaje prosocial.

Contrato social y administración del poder

Freud (1989) explora el concepto y los alcances del contrato social en el sujeto a través de la búsqueda de su cumplimiento, y el impedimento que éste causa indirectamente en la realización de la búsqueda por la felicidad. No sin antes atribuir el estancamiento en los propios mecanismos que formarán desde temprano la identidad yóica del sujeto.

El hombre desde que forma los primeros esbozos de comunidad mediante las “familias”, lo hace desde un final pragmático, pues se da cuenta de que en sociedades se puede avanzar más aceleradamente y mejor. Y tal vez sea por esto por lo que, en un rezago psicoevolutivo, quedan impresos los roles “tradicionales”.

Al respecto se puede explorar el concepto del contrato social. Al menos desde esta perspectiva Freudiana cuando menciona el hecho de que la voluntad de poderío del más fuerte necesariamente debe ceder para funcionar.

Si se explora el concepto de contrato social desde la perspectiva de Rosseau (1999), naturalista, al respecto argumentará que la familia constituye la primera institución y que refleja las relaciones de poder del jefe ciudadano con la figura del padre y los ciudadanos con la de los hijos, y el motor activador el amor recíproco en la familia, y la satisfacción del mando en el estado.

 Sin embargo, en concordancia con Freud, expone que la voluntad de poderío debe cederse, pues afirma que el “derecho” del más fuerte no constituye un derecho como tal, puesto que obedece únicamente a la capacidad del más fuerte por permanecer como el más fuerte y no a un derecho real, a un contrato social legítimo; es más, ni siquiera en las guerras, afirma, debe permitirse al soldado matar a otro enemigo que se rinde y entrega su arma, pues gana automáticamente su estatus como ciudadano y se vuelve inofensivo ante el soldado con quien se rinde, pues sólo los defensores del estado pueden ser amenaza para su enemigo.

Michel Foucault, por otro lado, vendría después a plantear ideas sobre las organizaciones y el poder que podrían ayudar en el análisis de la sociedad que plantea Huxley, y entender cómo esto tiene relación con el control y regulación del arte.

Foucault entiende a la administración como un medio que emerge necesariamente para coadyuvar al ejercicio del poder, y que surge como subsistema natural debido al ejercicio de éste dentro de una determinada organización. Esto es dado a que el poder es en esencia lo que reprime, lo cual vuelve necesaria la administración de este sobre el grupo de personas sobre el que se va a administrar, sin embargo, no lo comprende dentro de los mismos términos de un materialismo histórico, en donde necesariamente el concepto se encuentra estrechamente relacionado con el trabajo (Guillén, Campos & Covarrubias, 2008).

Ejemplos de conceptos posmodernos observables en la psicología social

Para Bauman (2010) el concepto como tal de una modernidad se nos escurre entre los dedos como agua, de ahí que sea líquida, pues su misma naturaleza le impide que se concrete. En otras palabras, la innovación constante derrota su propósito como tal, pues inmediatamente se vuelve obsoleto, como si la existencia de dicha novedad precediera su propósito (aunque en esencia no lo hace), y de ahí que, naturalmente, no pueda evitar mencionarse la libertad radical de Sartre (Gordon y Gordon, 1999) en esta modernidad líquida.

Ante la constante sobreproducción el hombre deja de encontrar seguridad en ella y se recluye en su individualidad para cumplir aquella función, que, sin embargo, aunque le confiere una liberación de la constante modernización, esta libertad automáticamente se transforma en una libertad radical, en la que el poder de decisión, y por ende el efecto de la consecuencia, recae únicamente sobre el individuo, reduciendo, pues, la existencia básicamente en un conglomerado de pequeños soliloquios que ultimadamente se suman en un cuasi-solipsismo.

Esto puede ser explicado si revisamos las explicaciones de Hernández (1991) acerca de la teoría del aprendizaje. Desde Bruner hasta Ausubel afirman que para que la producción o generación, mejor dicho, de aprendizaje, es necesario que estén presentes conocimientos previos con los cuales poder relacionar e incorporar nuevo conocimiento dentro de la estructura cognitiva.

En general este punto ha sido brevemente mencionado ya que nos permite comprender la existencia de los heurísticos, los sesgos, los estereotipos y prototipos, que funcionan como una especie de atajos mentales. Y es así ya que, desde el punto de vista cognitivo, la resolución de problemas se consideraría el tipo de aprendizaje más elevado en general, puesto que un dominio a este nivel del conocimiento permite la expresión de las síntesis.

En fin, que cuando aprendemos un patrón de acción general y nos ha servido para solucionar tal o cual problema, entonces tendemos a querer aplicarle para todo contexto que llegue a parecérsele, pues, en esencia consideramos que se trata de un problema que “ya hemos resuelto”, y por lo tanto nos ahorra trabajo mental, además de que nos facilita el establecer nuestras líneas de acción.

Bibliografía

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