Una mirada al comportamiento salvaje en “El Señor de las Moscas”

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Desde su publicación en 1954, El señor de las Moscas se ha vuelto un clásico contemporáneo. En esta novela William Golding —ganador del premio Nobel en 1983— nos cuenta la historia de un grupo de niños que caen en una isla tras derribarse el avión donde viajaban. La isla de coral es hermosa y al principio casi todos se sienten curiosos por el lugar, otros también exploran algo asustados.

J. A. Benson* / A los 4 Vientos

De todos los infantes envueltos en esta historia, Ralph será el personaje que represente la prudencia y razón. Uno de los aspectos más interesantes de esta novela es la situación de abandono que experimentan los jóvenes y como se ven en la necesidad de crear sus propias reglas, las cuales terminan por romper. Incluso el más heroico actuará en su debido momento como un cobarde, la mayor prudencia olvidará lo primordial y hasta el noble se burlará del débil.

Los antecedentes de esta novela los podemos encontrar en obras anteriores como La isla de coral (1857) de Robert Michael Ballantyne y en Dos años de vacaciones de Julio Verne (1888), dos historias donde, al igual que la obra de Golding, narran los conflictos que surgen cuando un grupo de niños trata de sobrevivir en una la isla sin adultos.

La trama de esta novela inicia con la organización social de los jóvenes. Ralph toma una caracola para reunir a los niños de la isla, crean sus normas y su propia micro-sociedad. Como en las sociedades antiguas, juntos, bajo la fogata, se sienten más seguros. Pero no todo es paz y tranquilidad. La tensión entre el grupo de los que añoran ser rescatados y los que quieren vivir para siempre en la isla aumenta. A cada puesta del sol el primer grupo se va reduciendo. 

En la novela podemos imaginar a Jack pintado con la sangre del cerdo, lodo y cal, cubriéndose como si tuviera una máscara. La pintura sobre el rostro, actúa como la malla que usan los ladrones para asaltar bancos: oculta su identidad, le permite hacer cosas que se consideran inmorales y lo dota de un salvajismo.

Jack, el líder de los cazadores, se enamora más de la isla y se obsesiona con vivir en ella. Aquí vemos una dualidad entre nuestro pasado salvaje y nuestro mundo civilizado. Curioso es descubrir cómo los jóvenes experimentan una transición de recolectores a cazadores, misma circunstancia de costumbre que acompañó a nuestros antepasados humanos en los albores de la humanidad.

El señor de las moscas es el miedo a lo diferente, el repudio que nos lleva a la agresión, misma que experimenta en especial aquel pobre, ridículo, y temeroso personaje llamado Piggy, a quien incluso el lector le toma por un personaje débil y olvida su nombre. Es ahí cuando nos volvemos cómplices del desprecio, del desinterés y posteriormente de la masacre.

El eslabón más débil en la isla de coral es aquel niño obeso, brillante, de mejillas rosadas y papada prominente, aquel que por sus lloriqueos es siempre silenciado, a pesar de ser la voz de la razón, e incluso estar en lo cierto en más ocasiones que Ralph.

El abandono de la humanidad, la pérdida de la inocencia y la brutalidad son algunos de los fenómenos que podemos encontrar en El Señor de las moscas.

Hay que indicar otros factores que destacan en la historia, como la intervención de las fuerzas naturales y el miedo de los jóvenes a sí mismos. Es decir, sus propios demonios les llevan a la creencia de que realmente existe algo en la isla, una especie de monstruo que les supera, que merodea por las noches dispuesto a devorarlos.

También es visible cómo en nuestra sociedad, aquellos con mayores destrezas y poder ofensivo pueden someter a otros, a los más débiles, a los que no se pueden defender y finalmente se corrompe la libertad, por lo menos de pensamiento.

La tribu de los cazadores, por más libre que sea, sigue órdenes y rituales. En esencia es una sociedad, pero una sociedad totalitaria, que buscará de cualquier manera el exterminio de la competencia.

La lectura de esta novela la recomendaría para aquellos que les interesa el conflicto y los problemas de la humanidad, el totalitarismo, la aventura y los lugares paradisiacos.

Hay algo de mítico en El Señor de las moscas. El rito de bailar y simular el acto de la cacería, entonando el cántico “Córtale el cuello, mata al cerdo, derrama su sangre”, las caras pintadas, el nauseabundo olor de las ofrendas al monstruo de la isla, una cabeza de cerdo clavada en una pica, las pesadillas por la noche. Una frase de Jack queda guardada en mi memoria: “Guardad un poco de carne para el demonio y saciada su hambre nos dejará en paz”.

Como bien cuestiona Josan Hater en el prólogo, ¿qué pasa cuando las reglas las impone una autoridad irresponsable?, la frase “El hombre es un lobo para el hombre” —locución latina del comediógrafo Plauto popularizada por Thomas Hobbs—, ilustra bien el resultado de las desgracias que sufre la humanidad y su salvajismo: el mayor de los males, la raíz del delito y de la corrupción es uno mismo, ponerse por encima del resto.

 

*J. A. Benson. Biólogo y escritor mexicano. Nació en Santa Rosalía, B.C.S. Ha participado en talleres literarios y colabora en revistas digitales. En marzo del 2017 publicó su primera obra, Omatidia, una narrativa de horror que incorpora elementos de la ciencia ficción. Actualmente es docente, escritor freelance y promotor de la revista Verminautas de la cual es fundador. Administra un sitio web de reseñas literarias: Librero Independiente

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