TECNÓPOLIS: espionaje y libertad digital, distopía a la mexicana

Comparte en redes sociales

El Gobierno Espía. Te espía a ti, me espía a mí y también a nuestro amante. Sabe con quién te acuestas, de quien te burlas a sus espaldas, las páginas que visitas a escondidas, los memes de los que ríes, conoce tus miedos, tus sueños, los planes del fin de semana y del próximo año. Sabe también por quien piensas votar en el 2018, el NIP de tu cuenta bancaria, el video que te hizo llorar, el nombre de la banda que te gusta en secreto y también la identidad de la conecta a la que le compras marihuana.

Iván Gutiérrez / A los 4 Vientos

Lamento decírtelo, amigo, pero ésta es nuestra realidad: el espionaje digital en México está fuera de control. Hoy todos estamos a la merced de Pegasus, software que emula como nunca el panóptico de Michel Foucault para vigilar y castigar: el ojo vigilante está ahí, y el garrote (o los barrotes) se esconden detrás de él.

Sí, las revelaciones de esta semana exhibieron que se espía a periodistas, activistas, abogados y políticos, pero El Gran Hermano, como retratara Orwell en 1984, no discrimina, y el camino por el que transitamos como sociedad nos indica que para allá vamos: una distopía a la mexicana, una sociedad vigilada y controlada de manera violenta, visceral, tiránica.

Un tema que necesariamente debemos abordar al momento de hablar del espionaje es el de la libertad. Una sociedad democrática debe tener espacios destinados a la libre expresión y la difusión de la información. A mayor cantidad de estos espacios, la democracia se ve exponenciada.

Hasta el momento, como millennials, hemos gozado del gran placer de ejercer la libertad de expresión a escala global, una libertad nunca antes experimentada por la humanidad y posibilitada gracias al espacio virtual ilimitado que representa Internet.

Todos hemos sido testigos de los resultados de esta libertad cuasi-infinita: seguridad y privacidad exacta para pronunciar opiniones y comentarios que en la vida real jamás serían emitidas por miedo a las represalias, discusión masiva de ideas con un pobre apego a la realidad o trascendencia concreta, proliferación infinita de memes contra todo (de los más divertidos a los más crueles e insensibles), inversión infinita del tiempo libre en las redes, adicción a la libertad de navegar por el infinito, híper-consumo informativo, identidades falsas al por mayor (y también pseudónimos, por qué no), y, sobre todo, el confort que ofrece la pantalla para manifestar una ceguera moral y despreciar la vida desde el nihilismo parido por el capitalismo de fines de milenio.

Sobre esto, la agudización del humor negro en las situaciones más sensibles es un reflejo absoluto del profundo sufrimiento de las almas juveniles, a quienes sólo nos queda reírnos a cada oportunidad para lidiar con la oscura realidad que implica vivir el presente: el desempleo, la insatisfacción con los proyectos de vida, la depresión crónica, la angustia existencial, la sensación apocalíptica de que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, el tormento de tener que decidir el propio destino ante tanta incertidumbre, la pérdida de derechos laborales y el secuestro de los servicios que debiera garantizarnos el Estado en vez de privatizarlos (seguridad, educación, pensión, salud, vivienda, agua); muchas gracias a los padres que no evitaron el fraude de Salinas de Gortari.

Es curioso que a la par que la juventud expresa y defiende tanto una opinión o un ideal en el mundo virtual, cede y se doblega de manera paralela en el mundo real: la cobardía millennial, manifestada en nuestra indiferencia política y la falta de voluntad para luchar por nuestro futuro, nuestros sueños y nuestra dignidad; en definitiva, este lastre es la contraparte de la máxima libertad en las redes sociales e Internet, así como la consecuencia de no tener una brújula política revolucionaria, destrozada al iniciar el milenio con la caída del Muro de Berlín.

Volvamos al asunto de la libertad y el espionaje. Tener a alguien vigilando cada uno de nuestros movimientos, diálogos, memes, secretos virtuales y acciones indecentes es una clara afronta a nuestra libertad, es vivir observados como ratas de laboratorio, a la merced de sufrir intervenciones imprevistas por un poder político y económico que mueva las puertas del laberinto según le convenga para defender sus intereses. De esta vigilancia nadie se salva, pues si no es el gobierno federal será la NSA quien se ponga a leer nuestros mensajes privados.

Poniendo en perspectiva que los millennials hemos encontrado la fuente máxima de libertad y confort en Internet, cabría entonces preguntarnos lo siguiente: ¿Nos importa nuestra libertad? ¿Y nuestra privacidad? ¿Nos importa algo en lo absoluto? ¿Podemos concebir si quiera la posibilidad de perder nuestra libertad?

Voy cerrando la columna de esta semana con un martillazo fuerte. Nuestra generación no sabe lo que es derramar sangre, vida, ilusiones y sueños por la defensa de las libertades. No nos tocó vivir gobiernos dictatoriales como el del PRI en el Siglo XX ni resistir regímenes totalitarios y/o militares fascistas. Es decir, nuestra generación ha crecido gozando de un margen amplio de libertades, al menos en contraparte con épocas pasadas.

Bueno, ahora esa libertad peligra. La posibilidad de una distopía a la mexicana se acerca, siendo la revelación del espionaje ejercido por el gobierno federal una pequeña pista de lo que podría venírsenos encima si no actuamos contra ello. Tenemos que ser capaces de imaginarnos en las dictaduras latinoamericanas del Siglo XX para comprender que es nuestro momento de luchar por la libertad.

Somos una generación que ha nacido en la sociedad de la información, tenemos amplias herramientas tecnológicas para buscar las atrocidades cometidas en Argentina, Brasil, Uruguay y Chile durante las dictaduras militares: estudiantes arrojados al mar, padres de familia secuestrados, hermanas violadas, jóvenes torturados, amigos desaparecidos y miles de hombres asesinados a manos de los milirates.

No tenemos que esperar a sentir en carne propia el fusil para reaccionar. Es momento de defendernos, es momento de defender Internet y la libertad. Hagámoslo ahora, antes de que la censura se integre a la vigilancia digital, porque entonces sí, estaremos perdidos. El tiempo corre, se agota, y el campo de acción se acorta. Es momento de abrir los ojos.


Comparte en redes sociales