SOBRE LAS PINTAS QUE LAS FEMINISTAS REALIZARON EN EL MIRADOR, ENSENADA

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Aclaración al lector: El 28 de septiembre, un grupo organizado integrado por morras y personas no binarias cuyos nombres se omitirán para evitar represalias, se organizaron para realizar pintas en El Mirador, uno de los puntos de observación turísticos más visitados en el puerto de Ensenada. Esta es la crónica gonzo de esa noche narrada desde el punto de vista de una de las presentes.

 

Foto: Instagram / @coatlicueviva

 

J* / 4 Vientos / Foto destacada: Cortesía

Ensenada, B. C., México, 30 de septiembre del 2021.- Es la una de la mañana. Estoy afuera, en la calle, aguardando por el raite de una aliada a quien conocí hace dos días, durante una reunión que se realizó en el marco del Día de la Acción Global por el acceso al Aborto Legal y Seguro en cierto parque de la ciudad.

Tiradas de panza en el pasto veteado conversamos esa tarde sobre aborto y abortar. Leímos poesía y la inventamos, bordamos pañuelos verdes, recapitulamos consignas, intentamos crear un fanzine. Las interantes (y les, como pidieron ser nombrades), también impartieron un taller donde se habló del aborto seguro con medicamentos, porque interrumpir un embarazo, pese a las circunstancias de cada persona, no debe de ser traúmatico si se realiza con acompañamiento

Fue un día de primeras veces: asistir a una reunión feminista, hablar abiertamente sobre mi aborto. Hoy también será la primera ocasión que voy a realizar pintas en un lugar público, en cualquier lugar, quiero decir, porque siempre me negué a participar en activismo que utilizaran algo más que la palabra para ser escuchado. Pero eso era antes, cuando no sabía que los movimientos sociales han logrado ser escuchados haciendo mucho más que únicamente conversar y sonreír diplomáticamente.

Hoy iré a realizar una acción directa, o como las notas periodísticas lo llaman después de cada acto feminista: iré a delinquir. Me siento tan comprometida con la causa que la palabra incluso pierde sentido y nada importa más que eso. Así, sin justificaciones. Nada más porque se me dio la gana. De la misma manera en que alguien compra droga en la calle o se pasa el semáforo en rojo. Todos tienen sus causas mayores para omitir las reglas, y esta es la mía: quiero que la palabra aborto se lea en El Mirador para que la lucha se visibilice. Para que las mujeres y personas con capacidad de gestar no se sientan solas y los anti derechos (mejor conocidos como provida) se queden ciegos al verlo. Para que esta hipócrita ciudad conservadora se entere que las mujeres y disidencias han despertado y decidieron reclamar la libertad de sus cuerpos.

La aliada y su esposo me recogen. Enciendo un cigarrillo para doblegar las mariposas en mi estómago mientras veo hacia la calle encendida. Quienes no duermen en sus casas seguramente salen de su jornada laboral o van, como una, a cometer cualquier acto ilegal porque la noche y la vida se prestan para eso. Veo un par de patrullas que cruzan aprisa la carretera. Los policías nunca me han inspirado seguridad, pero hoy, especialmente, los veo como enemigos. Esos malditos cabrones que plantan droga y reciben mordidas porque uno se las da, esos pobres a quienes el gobierno les niega las pensiones o el pago de funerales aunque mueran en labor. Esos variopintos humanos que viven en blanco y negro como el resto de los simples mortales, podían, con el poder que les confiere su puesto, capturarnos en el acto y encerrarnos en la nueve.

Antes de venir, a través del grupo de WhatsApp que se organizó, compartimos números de teléfono en caso de emergencia. No tengo nadie que me recoja, sólo mi familia que considera el feminismo el equivalente a ser lesbiana. Anoto el número de alguien que sé me ayudaría.

 

Foto: ElNumeral.com

 

Mi aliada y su marido me dan detalles sobre sus vidas. Comparten a una hija enfermera que también pertenece al movimiento. Tiene 23 años (casi mi edad). La diferencia entre esa chica y yo, es que a ella sus progenitores la criaron para servirse a sí misma. Para ser una mujer libre. Nunca tuvo que pedir permiso para ir a algún lugar porque eso -me explicaron-, violaba sus garantías individuales. Tampoco le enseñaron a portarse como princesa ni a verse bonita para los hombres. Me siento como en un universo paralelo cuando los escucho. Esa es exactamente la crianza que quiero para mis hijos si algún día decido, por voluntad propia, ser madre.

En el camino recogemos a otras dos aliadas -amigas mías-, y seguimos el trayecto. En las piernas cargamos rodillos, brochas, una bandeja para la pintura y cinta de papel. El kit casi completo para intervenir esta noche, el resto lo llevarán las otras personas.

Somos las primeras personas en llegar. Bajamos del carro y caminamos azoradas por el frío en dirección a la zona. Vestimos ropa cómoda y el imprescindible pañuelo verde amarrado al cuello. Sobre el alto muro de roca está sentada una pareja de mujer y hombre. Beben cerveza mientras conversan y nos miran llegar. Contemplamos las luces de una ciudad que debería estar dormida pero no lo está. Desde arriba parpadea, existe en el ajetreo nocturno. Sólo un puerto tiene una vista así: de mar, edificios y campo. El escenario que vemos hoy será nuestro público, la obra de arte que deletreamos hasta escribir con pintura la frase deseada que abrirá su telón unas horas después y cambiará la perspectiva. Esta será la marcha de un 28 de septiembre sin marcha. El mensaje llegará.

Quince minutos después vemos tres siluetas caminando hacia nosotras. Traen grandes rotafolios de papel acartonado en los brazos; latas de pintura, brochas, rodillos y botecitos de leche cortados que servirán para repartir el pigmento diluido. Detrás de ellas aparecen otras tres. Todas visten ropa deportiva negra, gorritos y cubrebocas para ocultar su rostro. Temen ser fotografiadas y exhibidas, sacrificadas en las redes sociales por los intolerantes. Le ha ocurrido a cientos de personas que están en el movimiento y no la pasan bien. A nadie le gusta estar en el ojo público o ser el meme de la semana después de luchar por sus derechos.

Nunca pensé en eso, pero decido que, debido a mi trabajo en el mundillo periodístico, debería ocultar también mi rostro. Colegas me han dicho incontables veces que hacer activismo y ser periodista no es recomendable, que el periodismo debe ser imparcial, objetivo y blah blah blah. Creo que el periodismo es todo menos eso. En la universidad era esnob de los libros de deontología periodística, me afanaba en seguir las reglas del juego, respetar los géneros y formas. Después descubrí que en el medio se hacen cosas peores y nadie dice nada: omiten datos, hacen favores a los amigos para que éstos salgan en portada, reciben dinero, inventan hechos, cuentan chismes, se quedan callados. Hacer activismo, de alguna manera, es satisfacer la naturaleza apasionada, la frustración de las injusticias. Todos y todas las grandes periodistas de la historia pertenecieron a algún movimiento social, lucharon a favor del socialismo, por ejemplo. La regla de la imparcialidad y el enajenamiento sólo ha sepultado grandes mentes y plumas.

Las nueve caminamos hacia el frente, descendemos por las piedras con cuidado y colocamos el material en la tierra. Hay montones de basura por doquier; colillas de cigarro brillan en la oscuridad, medias de cerveza, caguamas vacías. Los residuos que resultaron de fiestas improvisadas y nadie se llevó.

 

Foto: 90 Grados

 

Hay organización. La dinámica la conocen bien y rápido se decide entre todas quién sostendrá en la pared los esténciles para las letras, cuántas pintaremos, quienes estarán arriba del muro para lo que se ofrezca. Alguien trajo guantes de látex para evitar manchas en las manos, aunque las salpicaduras sean inevitables.

“Aquí tengo la A”, dice alguien.

“Por acá está la T”, anuncia otra.

Algunas bromean con que vendrá la policía a atraparnos. Reímos, aunque en el fondo estamos aterradas. Lo peor que podría ocurrir no sería pasar la madrugada en la cárcel, sino, el no poder concluir la frase.

Las nueve nos dividimos en dos grupos. Extienden la “L” en la pared irregular y rápidamente la delinean. Tomo una brocha, un recipiente con pintura y comienzo a rellenar. El trabajo no es sencillo, pues la brocha debe llegar hasta los huecos. Los dedos comienzan a dolerme unos minutos después, pero continúo. Compañeras a mi lado perfeccionan las esquinas, arriba, otra sostiene el esténcil a la par que colorea las partes que las de abajo no alcanzamos, aunque nos pongamos de puntillas.

Mientras pinto regreso al pasado. Todo septiembre ha sido de remembranzas. Hoy estoy aquí, colaborando en la pinta de un muro, pero hace seis años, a la misma hora, estaba desangrándome en el baño de mi casa. Tenía 18 años cuando aborté.

Por ser neurótica con el tema, desde que inicié mi vida sexual fui cuidadosa, siempre obligué a mi ex novio a utilizar condón. Pese a eso, quedé embarazada. Me di cuenta a las seis semanas, cuando los síntomas recién afloraron. La decisión la tomé sola, el hombre fue un espectador pasivo. Ser madre no era parte de mis planes, mucho menos junto a un hombre violento que ya me había asfixiado y amenazado con matarme si por alguna razón lo “traicionaba”.

La ejecución fue sencilla. Sin guía ni información justa, coloqué dos pastillas de Misoprostol -una en cada lado de la mejilla-, y esperé. El sangrado y el dolor aparecieron dos horas después. Me dio fiebre, náuseas y vómito. Quería morirme, pero sobreviví. Creí desmayarme cuando el flujo de sangre incrementó. Tal vez lo hice y no lo recuerdo. Mi error fue hacerlo sola, sin el apoyo de una amiga. Pero en esa época el aborto estaba más estigmatizado que ahora, y decidí, como tantas mujeres, hacerlo en silencio.

 

Foto: Yazmín Ortega / La Jornada.

 

El año siguiente existí como un cadáver. Deprimida por el peso de la conciencia impuesta, me doblegué a todos y a todo. Tenía pesadillas y delirios nocturnos sobre tener hijos muertos y quedar estéril. Eso tampoco se lo conté a nadie.

Hoy estoy aquí, rellenando una letra que formará dos palabras que dirán mucho. De no haber interrumpido mi embarazo, viviría en una relación abusiva y compartiría el escenario violento con una criatura. Incluso podría estar en la cárcel. Ningún futuro debería detenerse por acatar el destino “inevitable” de ser madre. Pienso en todas las niñas de 18 años que hoy abortan sin compañía y revive la amargura en mi boca, impotencia en forma de bilis y frustración. Ojalá pudieran ser libres de hacerlo sin temor a ser condenadas por elegir no ser madres en este momento o para siempre.

Me pregunto cuántas historias habrá como la mía entre todas estas mujeres. Abortos, situaciones de abuso, discriminación o violación. Cada una tiene su tormenta. Quizá todavía la viven. Ser mujer es vivir en constante violencia, y ninguna de nosotras ha resultado ilesa.

Cerca de una hora después terminamos, la noche huele a júbilo. Ellas y elles sonríen, toman fotografías, celebran la pinta colectiva. Se discute si debemos recalcar las letras con pintura verde, pero al final se decide que será mejor dejarlas en blanco. Recogemos las herramientas y deshechos para caminar de regreso al estacionamiento. Prometemos vernos en el transcurso de la semana para celebrar, y nos despedimos. Somos cómplices en el martirio y en la lucha.

En un par de horas más amanecerá. La ciudad despertará y descubrirá, como si una brocha gigante se hubiera paseado por El Mirador, la siguiente frase:

“Aborto Libre”.

Libre de juicios y condena social.

 

Cortesía.

 

NOCIONES SOBRE EL ABORTO EN MÉXICO

El primer estado en legalizar el aborto en el país fue Ciudad de México, en el 2007. Hace exactamente 14 años. En los últimos años otras entidades como Oaxaca, Hidalgo y Veracruz han modificado sus leyes locales e hicieron posible la interrupción del embarazo antes de las 12 semanas de gestación por cualquier motivo que decida la mujer gestante. En Coahuila lo será una vez que se modifique, por mandato de la Corte, el Código Penal. En el resto de entidades, abortar sólo es legal bajo criterios como lo son: malformación en el feto, violación, riesgo de vida de la mujer, entre otros.

El aborto voluntario es una práctica que realizan miles de mujeres en México, ya sea a través de clínicas privadas o en sus hogares, mediante intervenciones médicas, técnicas manuales, remedios abortivos, y el uso del Misoprostol, un medicamento de venta libre que trata las úlceras gástricas, y que está autorizado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para interrumpir el embarazo.

Por ser una práctica que se realiza de forma aislada y secreta, en México no hay estudios que revelen la cifra total de mujeres que abortan de forma voluntaria. Mismo caso para Baja California.

Si bien, el aborto no seguro está entre las cinco principales causas de muerte materna de acuerdo a la OMS, también lo están las hemorragias, las infecciones, la presión arterial alta (preeclampsia y eclampsia) y el parto obstruido. Pero el aborto no seguro es la única de las cinco que es casi totalmente prevenible.

 

Foto: Infobae.

 

SE HACE HISTORIA

El 7 de septiembre de este año, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) declaró inconstitucional la penalización del aborto en Coahuila. El fallo no quiere decir que se haya despenalizado en todos los estados de la república, pues cada entidad legisla dicho tema de forma local, pero sí obliga a todos los jueces de México, tanto locales como federales, a aplicar los argumentos expuestos por los ministros de la Corte para resolver los casos que les competan. La decisión del máximo tribunal sienta un precedente para quienes modifican y escriben las leyes en el país.

El fallo es histórico y tendrá un impacto en el destino de mujeres que enfrentan procesos legales o han sido sentenciadas a la cárcel por abortar.

Dos días después del fallo de la SCJN en Coahuila, el 9 de septiembre, la Corte invalidó el artículo 4 Bis A, Fracción I, de la Constitución del estado de Sinaloa, que establece el derecho a la vida desde el momento en que un individuo es concebido. De la misma manera que la decisión anterior, ésta tiene implicaciones en todo el país. La reforma que reconoce la vida desde la concepción está presente en cerca de 20 estados del país, y que si bien no prohíbe el aborto, sí propicia la persecución y la incertidumbre hacia las mujeres.

 

Foto: Roberto García Ortiz ( La Jornada).

 

SERÁN LIBRES

El 12 de septiembre, la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim), informó que en 27 estados del país existen 423 carpetas de investigación abiertas por aborto entre enero y julio de este año. Baja California tiene 18 casos abiertos.

De acuerdo a colectivas y organizaciones feministas, hay más de 200 mujeres presas por aborto en el país. Ninguna de ellas ha sido condenada por este hecho, en su lugar han sido sentenciadas por homicidio en razón de parentesco, infanticidio, filicidio y omisión de cuidados. Se espera que sean liberadas tras el fallo histórico de la Corte.

Desde su despenalización en la capital del país, 237 mil 643 mujeres han sido atendidas por la Secretaría de Salud de la Ciudad de México (Sedesa), ninguna de ellas ha muerto por el procedimiento.  13 mil 307 de ellas han sido mujeres de entre 11 y 17 años, es decir, menores de edad, y en “muchos” de los casos esas gestaciones están vinculadas con violencia sexual, de acuerdo con la Secretaría de Salud de la Ciudad de México (Sedesa).

 


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