SALTO CUÁNTICO: Un hombre sin tarjetas de crédito

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 “¿Quieres cultura, libertad, igualdad, justicia? Pues ve y conquístalas, no quieras que otros vengan a dártelas. La fuerza que tú no tengas, siéndolo todo, no la tendrán unos cuantos, pequeña parte de ti mismo. Ese milagro de la política no se ha realizado nunca, no se realizará jamás. Tu emancipación será tu obra misma, o no te emanciparás en todos los siglos de los siglos” —Ricardo Mella

José Trevino Flores / A los 4 Vientos

Escuchar hablar a Andrés Manuel López Obrador es como escuchar a un señor de pueblo chico, de esos que se sientan en la resolana a platicar con sus amigos de antaño.

Tiene muy claro qué es lo que quiere decir, pero batalla para comunicar las ideas centrales, ¿por qué?, habla despacito, pausado, tranquilo. A veces desespera que no aterrice pronto el punto, arenga la mano derecha y el dedo índice para remarcar o atrapar el verbo, el sustantivo adecuado; él lo reconoce, dice: “ya saben que hablo despacio”.

Cuando un tres veces candidato presidencial insiste en el mismo discurso y mantiene una personalidad transparente, no cuidada, se nota a leguas que no tiene asesor de imagen, ¿esto cae mal? Sí, como no va a caer mal, la mayoría de la población está acostumbrada a presenciar productos acabados y empaquetados con mucho cuidado pero sin valor intrínseco. Recordemos a un Peña Nieto, de una pulcritud física impecable, sólo eso, porque su discurso, por más que tratan de cuidárselo, siempre termina mal, por lo mismo, no existen elementos intrínsecos y pretender que los asesores de imagen también incidan en procesos cognitivos, es imposible.

Tal vez el señor López Obrador no sea un dechado de virtudes lingüísticas, tampoco un estratega del discurso como Ricardo Anaya, que oratoriamente es muy bueno, sabe inglés, y vende una imagen de nerd confiable, a pesar de que no puede ocultar un origen político ambiguo y orquestador de políticas públicas muy lejanas del interés popular, rico, con patrimonio envidiable. Desde las telenovelas que nos ha vendido Televisa tenemos empatía por la personalidad de “príncipe azul”, nunca hemos recibido los beneplácitos de la cenicienta, pero algunos siguen votando por el esquema sin que esto los haya beneficiado en lo más mínimo.

Entonces, AMLO ¿Qué representa? ¿Por qué la aversión a un individuo que se parece más a nosotros que a un modelo publicitario? ¿Pensamos que el empoderado económicamente y rodeado de gran parafernalia es mejor para representarnos? Sí, no conscientemente, pero sí lo asumimos inconscientemente, durante décadas hemos aceptado símbolos que significan nada, pero nos hacen aspirar ingenuamente hacia un estilo de vida que nunca nos ha pertenecido. La psicología política no dice:

“Otra visión considera políticos todos aquellos comportamientos en los que se pone en juego alguna forma de poder. En otras palabras, político sería sólo aquel comportamiento que se realiza con poder o despliega alguna forma de poder. Ahora bien, todo comportamiento humano, en la medida en que pone en relación a dos o más personas, involucra un equilibrio de recursos entre los actores que da poder (o no) a unos sobre otros” (Martín-Baró. 1989).  

Vender una imagen de “ente poderoso” con lenguaje fálico, macho alfa, caballerango, en caballo de Hacienda, “yo las puedo todas y reto a sacarnos los ojos en público”. Si necesariamente asumimos que el poder ejercido sobre los gobernados debe enmarcarse en el esquema uno sobre otros sin cuestionar, entonces Anaya y Meade están en el proceso correcto, actúan como se pide.

López Obrador no, cada vez que lo cuestionan en torno a una posible ley, juicio, decisión ejecutiva ya como presidente, expresa su firme alegato de poner a consideración de la gente, a preguntar a los gobernados si estarán o no de acuerdo. ¿Cuándo nos han preguntado? ¡Nunca! Entonces AMLO no encaja, menos cuando dice que “viene en son de paz” como un fuereño que ‘no sabe’ que en la comarca estamos acostumbrados a despellejarnos sin antes reflexionar las consecuencias.

Juan José Arreola en su cuento “La Mancornadora” pone al centro de la pila de agua donde una hermosa mujer con su cántaro se contonea a llenarlo, dos fulanos enamorados, la ven y cruzan las miradas ofendiéndose uno del otro porque cada cual se cree con el derecho de verla nada más él. Se lían a machetazos y el pueblo espantado ve correr sangre, ambos hombres quedan tirados mientras la hermosa mujer tiene que huir del pueblo al ser acusada de mancornar a los ‘pobres’ machos que estaban tan tranquilos hasta que ella hizo acto de presencia con sus encantos para desatar los celos y la furia. Claro que los hombres que no participaron de la de gresca y prefirieron mantener la calma ni se mencionan,  porque  no “son tan machos”.

Así exactamente la justicia social es la más perjudicada, un botín mediático nunca resuelto pero usado para arañarse en debates  alrededor de la ‘pila del pueblo’ sin resolver nada, pero mandando al exilio a la justicia que nunca acaba de llenar “el cántaro” para mitigar la sed de un pueblo en sequía democrática.

En nuestra idiosincrasia electorera ¿Quién da más confianza? ¿el que agarra el machete y dice que hará esto y lo otro? ¿o quien dice que primero pregunta? Obvio, ¿no? Y si quien con su machete de plástico  corta cabezas, lo acompaña un discurso e imagen de todo lo puedo aunque como siempre sea jarabe de pico, al que pregunta lo consideramos ‘poco macho’.

Andrés Manuel López está en lo correcto como aspirante de la democracia, pero muchos quieren seguir viendo sangre de ketchup, observar a los candidatos en la arena de la gesta barbárica prometiendo dejar en la mazmorra a los adversarios. Hablar de conciliación, República amorosa, crecimiento en paz, atacar primero las necesidades urgentes antes que vengarse, no sirve al reality show. No obstante, López Obrador tiene tres sexenios visitando cada rincón del país y cuando la gente lo tiene cerca, le brinda todo su carisma y apoyo para lanzarse al ruedo electoral, luego comienzan los enfrentamientos y aquel que ha demostrado cercanía objetiva sin dispositivos de seguridad, sin asesores de imagen, sin parafernalia inútil, sin armadura dorada ni carruajes principescos, muchos piensan:

¿Y éste sencillo señor, que me pregunta todo y pide opinión, sabrá qué hacer cuando sea presidente? Yo digo, los ‘caballeros’ del yunque de ‘oro’ y los ‘señores’ del ‘reino’ Atlacomulco y los mayordomos del sol negro de bandera amarilla, jamás han bajado el puente que separa el foso del castillo, nunca han quitado los cocodrilos para permitir que el pueblo disfrute de las viandas de la mesa, nos mantienen exiliados y cuando el señor del pueblo nos asegura que el castillo (Los Pinos) dejará de ser castillo; seamos francos y tomemos lo que nos corresponde y permitamos ser cuestionados para decidir qué nos conviene más. Ya no podemos perder nada, nos han quitado hasta el derecho de sentirnos dueños de nuestra tierra. Dejemos que la sencillez de hablar pausado, decir que no habrá persecución sino concilio, trabajo antes que venganzas, forme parte de nosotros, ¿acaso no estamos cansados de tanta muerte?

“La idea de la verdad, que se mide por un consenso verdadero, implica la idea de la vida verdadera. Podemos también afirmar: incluye la idea de la emancipación” — Jürgen Habermas

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