¿Progreso dice usted?

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De acuerdo a la Real Academia Española, la palabra progreso tiene su origen en el vocablo latino “progressus,” y él se le asocian dos sentidos: (1) “acción de ir hacia delante,” y (2) Avance, adelanto, perfeccionamiento.” Las dos connotaciones están estrechamente relacionadas, pero parece que, más que un movimiento o acción, tendemos a asociar al término progreso la idea de una mejora, de un perfeccionamiento constante.

Jesús Francisco Galaz Fontes* / A los 4 Vientos

El problema con la palabra progreso es que se ha empleado de manera general, sin acotarla en al menos cinco aspectos:

En primer lugar, no suele especificarse progreso para quién o quiénes.

Es indudable que el Tratado del Libre Comercio de América del Norte ha traído progreso al país, pero también es bastante evidente, para quien esté dispuesto a observar con atención, que este progreso ha sido mucho más generoso para ciertos grupos sociales que para otros y, en muchos casos, las consecuencias han sido incluso trágicas. ¿Es progreso que ahora podamos ver en las calles de Mexicali carros BMW cuando al mismo tiempo el transporte público es caro y de mala calidad, y durante el verano la gente se alinea a lo largo de la sombra que da el poste para protegerse del sol? Los apologistas del progreso afirman que su comportamiento no tiene nada que ver con estas consecuencias indeseables del progreso y que, después de todo, quien quiera un BMW pues que trabaje o se consiga el dinero para ello.

En segundo lugar y estrechamente asociado a quiénes se beneficiarán del progreso, está el “detalle” acerca del tiempo en que diferentes sectores de la sociedad verán los resultados del progreso pregonado.

Una y otra vez hemos escuchado al gobierno y a algunos grandes empresarios pedirle paciencia a los millones de pobres. Que se calmen, que no pasan 10, 20, 30, 40 ó 50 años sin que las cosas mejoren. Lo único que hay que hacer es seguir sus instrucciones y ellos, quienes por cierto no forman parte de esos millones de pobres, nos mostrarán que el progreso llega a todos. Mientras tanto todos podemos observar lo que el progreso nos depara mirándolos cómo viven ellos.

“Hambre”, obra pictórica de Guayasamín, publicada en internet por Reinaldo Spitaletta.

En tercer lugar, hablar de progreso suele generar la idea de que dicho progreso puede venir sin costo alguno.

La realidad, sin embargo, es un poco más compleja de lo que pensamos y todo progreso puede traer consigo consecuencias indeseables. El progreso que ha representado controlar el cauce del Río Colorado, por ejemplo, está teniendo un costo ecológico que, como cada vez somos más los que vivimos en zonas urbanas, no alcanzamos a dimensionar, aunque no es difícil llegar a la conclusión de que, si seguimos operando bajo el mismo esquema de progreso, el destino nos alcanzará en nuestras propias casas, inclusive ahí donde pensamos que tenemos todo bajo control. ¿Cuánto tiempo pasará para que tengamos necesidad de poner un sistema Rotoplas para asegurar que tenemos agua en nuestras casas? ¿Es este el progreso que queremos?

“El agua, origen de la vida”. Mural de Diego Rivera realizado en 1915 en el túnel, el piso y los cuatro muros del tanque del Cárcamo de Dolores, ubicado en la segunda sección de Chapultepec. CDMX

En cuarto lugar, al hablar de progreso es siempre pertinente observar quién lo está defendiendo. No es casualidad que ciertos grupos de empresarios y funcionarios mexicanos aseguren, por ejemplo, que las minas han de traernos progreso o, en un caso más cercano, que la instalación de una cervecera será el inicio de una nueva era de abundante trabajo y derrama económica para toda la ciudadanía. Estos defensores del progreso suelen asegurar que sus proyectos toman en cuenta el bienestar de la gente, y que no existe alternativa alguna que no sea la de subirse al tren del progreso. Venden esta idea mediante todos los medios posibles y etiquetan a los que cuestionan los beneficios y costos del progreso como emisarios del pasado y otros calificativos. Lo que importa es el tren del progreso y la gente no tiene por qué preguntarse a dónde va ese tren, que para decidir a dónde va el tren están ellos. Y como si fuera una burla del destino, algunos de estos defensores del progreso son, como el caso del arquitecto Víctor Hermosillo, “representantes” populares.

Finalmente, está la cuestión de la naturaleza misma del progreso y el sentido del mismo. ¿En qué se mejora? ¿Contribuye el progreso al bienestar y felicidad de la gente, a la construcción de una mejor sociedad? Los aspectos materiales de nuestra vida, no tengo la menor duda al respecto, son un componente fundamental de una sociedad buena y digna, pero más allá de tales factores están aspectos como la calidad de la educación que tiene una sociedad, la participación ciudadana en la determinación de su destino, su nivel de salud, la calidad del entorno en el que vive, la oferta cultural a la que tiene acceso. ¿Es progreso que quien pueda pagar vivir en un fraccionamiento bardeado y con vigilancia goce de una mayor seguridad que la gran mayoría de la población que no puede solventar dichos gastos, cuando el estado debiera asegurarle a todos la seguridad en su persona y sus bienes?

La historia nos puede enseñar que las sociedades no avanzan automáticamente ni de una manera lineal hacia mejores condiciones de todos sus integrantes. El progreso, en tanto sea un término con el cual se nos quiera vender la idea de que mañana todo va a estar bien, es un término hueco.

¿Progreso? Sí, pero antes hay que preguntarnos, colectiva y seriamente, para quién, en qué tanto tiempo, a qué costo y si dicho progreso contribuye realmente al bienestar y felicidad humana.

Imagen de portada: “El banquete de los ricos” (los ricos banquetean mientras que los obreros pelean), obra del muralista mexicano José Clemente Orozco realizado en 1923-1924 en el antiguo Colegio de San Ildefonso, CDMX

*Jesús Francisco Galaz Fontes, es profesor de Ciencias Humanas en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC)


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