“¡Oi nomás ese cumbión!”

En una ocasión me encontraba en una charla con una amiga y un amigo. En el lugar sonaba una cumbia famosa. Mi amiga habló, entonces, del gusto que esa música le generaba, de cómo su ritmo orilla a bailar, pero, además, hizo notar la profundidad de las letras de las canciones que, dijo, la llevaban a una especie de trance difícil de escapar.

Su comentario nos dejó (a mi amigo, a mi amiga y a mí) discutiendo varios minutos. Al final, una de las conclusiones fue que la cumbia tiene un estilo bien particular, que puede gustarnos o no, pero nunca nos resulta indiferente.

José Alfonso Jiménez Moreno / A los 4 Vientos / Foto: Gerardo Arellano

Las cumbias ­—reflejo genuino de la cultura Latinoamericana— efectivamente suelen contener letras de gran madurez, mayoritariamente orientadas hacia el amor y el desamor, así como de adaptación social. Esto no es baladí, pues significa que es una manera de expresión artística que nos permite entender la profundidad de los temas que trata en sus letras (al menos en la mayoría de sus canciones), incluso sin la posibilidad de entristecernos por ello.

La cumbia, como forma de arte, permite comprender la realidad misma. Nietzsche hablaba sobre cómo el arte representa la manera en que la realidad o la verdad se devela, ya que nos ayuda a establecer contacto con la apariencia misma de las cosas. La postura de Nietzsche, afirmando que la verdad humana se manifiesta en el arte, nos refiere a cómo la realidad que los artistas plasman en sus obras son la apariencia misma que los humanos construimos sobre las cosas. Es decir, si la vida es construida por los humanos, ésta se ve fielmente reflejada en otra construcción, la cual es caracterizada por su acercamiento a lo sensible: el arte.

La música y sus letras son construidas por el ser humano. Así como construimos la realidad que nos rodea, las letras y su música nos llevan a un trance que nos orienta sobre cómo interpretar nuestra vida. Esto nos ayuda a ser empáticos con algunas letras de canciones o con ciertos ritmos que nos permiten identificar nuestra historia, deseos, miedos, amores y desamores en ellas.

En el caso de la cumbia se manifiesta un conjunto apabullante de verdades: somos personas cursis, celosas, dolientes, que sufren, que amaron, que quieren amar, que han sufrido el rechazo y la inadaptación social. Se llegan a enunciar frases desgarradoras como “Mientras me visto otra vez, tú me preparas un té y espero siempre escuchar esa mentira usual que no me deja marchar…”, dice una; “Me mordía los labios al no poderte besar, mi piel se estremecía al no poderte tocar…”, dice otra; “Y yo vivía angustiado, y muy desesperado… tonto amor, me dejaste y nunca regresaste…”; entre tanto, la clásica “…fue un error haberte amado…” remata un ritmo doliente y desolador mientras suena una música que invita al baile.

Si bien hay cumbias con letras muy alegres, la gran mayoría habla de esos momentos difíciles de la vida que nos marcan, de esos que uno no quisiera recordar o, más bien, uno quisiera superar. Si es así y la cumbia nos muestra una verdad no tan agradable con la que todos podemos identificarnos, ¿por qué la bailamos?

El ritmo alegre de la cumbia, que orilla al movimiento de pies y caderas junto con piruetas sumamente difíciles de ejecutar, pareciera mostrarnos una verdad de nuestra vida que, si lo pensamos muy fría y racionalmente, no necesariamente guarda relación con aquellas letras amargas que nos recuerdan la triste realidad que vivimos, la cual, por cierto, también se refleja en boleros y tangos. En esas ganas de bailar frente a lo amargo de la vida se manifiesta el sello latinoamericano; es la búsqueda de seguir alegres frente a la amargura de la vida.

No sé si eso sea algo positivo o negativo, pero lo que parece ser cierto es que la cumbia (al menos la de las características que expreso) nos presenta la conjunción de dos realidades humanas: el reconocimiento explícito de la amargura de la vida y la búsqueda de superación a través de un ritmo que nos invita a mantener la alegría de esa misma vida llena de pesadumbre.

En esta búsqueda de mantenimiento de la alegría a pesar de su pesadumbre, lo amargo de la vida nos parece un pretexto mismo para ejecutar un baile candente, energético, dinámico y complicado en su ejecución. Quien sabe moverse en un cumbión no solo es capaz de seducir a su pareja y sorprender al público con sus movimientos alegres y cuidados, sino que es capaz de bailar sobre la amargura, enfrentando con energía lo áspero de la vida. Las cumbias nos reflejan, así, la verdad agridulce de la vida humana.

 

 

José Alfonso Jiménez Moreno es un mexicano –entre chilango y ensenadanse– interesado en estudiar todo aquello que ayude a conocer lo humano.

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