Monólogo de una obsesión: “¿Y por qué yo no?”

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Una pantalla exhibe a un joven Pedro Almodovar, cuestionado por un entrevistador español: “¿Qué convertiría a una persona en un individuo libre? ¿Cuál es tu mayor defecto?”, pregunta la voz. “No saber decir que no en el momento adecuado”. Con preguntas totales la voz explora la psicología del artista, cuyo rostro resplandece engrasado por la luz del reflector.

Iván Gutiérrez / A los 4 Vientos

Sube al escenario del Foro Cultural Libromar un ser atabiado de sí, caminando hacia las luces y mirándose al espejo que culega sobre la nada frente a él. “Hola”, dice coquetamente con un acento español mientras el cuerpo se acaricia el pelo. “¿Por qué debo ser yo el nuevo Almodóvar?”, disparan sus labios pintados de sangre.

Sobre una silla reposa un cuerpo armado con películas del director español. El hombre sobre el escenario abre el pecho y comienza a tejer con sus diálogos la historia de una carrera actoral fracasada. ¿Su sueño muerto? Que Pedro se fije en él, “su nuevo chico”. Canta el alma una pieza de Luz Casal: “Recordarás nuestros días felices, recordarás el sabor de mis besos…”. Chupa su dedo y toca su pelvis.

El actor le lanza besos al público, termina la canción y llegan los aplausos. “¿Fallas técnicas? ¿Que improvise? ¡Improvísame ésta! ¡Nada de esto pasaría si no viviera en un país tercermundista”, expresa el maquillaje desatando risas. Prende un cigarro y comienza la siguiente canción, la muerte entra por la boca y el cantar nostálgico llena de lamentos de fuego el momento.

El ser busca alcanzar el cielo, se mira en el espejo a lo lejos, deja que el humo se aleje mientras juega a quemarse la mirada con el cigarro. Sobre la silla la voz que canta lo hace gritar de placer, “¡lento, lento, lentooooo!”. Su obsesión con Almodovar se manifiesta frente a su filmografía material. “Todavía recuerdo cuando te conocí. Tenía 12 años, y mi madre veía una de tus películas en el televisor: todo sobre mi madre”. Habla con su reflejo, perdido, adicto, viciado: “Comencé a imitar cada uno de tus gestos. Hubo momentos en que mirándome al espejo llegué a pensar que éramos uno solo.

Cuenta entonces que decidió estudiar actuación para llegar hasta él y “meterse en su cabeza como un cáncer”. Rompe la cuarta pared y pide tocar a una señora de la tercera edad para cerciorarse de que todavía es real. Bromea con el público, lo recrea, juega. Almodóvar está castigado: le han aplicado la ley del hielo. “¿Qué opinas de mis labios?”, me pregunta. “He probado mejores”, le respondo. “Cocino la mejor pasta, hago bellydancing, bailo chachacha, canto ópera”, y así enumera sus talentos detrás de una cortina para después salir con un vestido negro y sin peluca; regresa y sale con tres opciones de cabello. Se las prueba frente al espejo.

Camina con sus tacones negros y sigue el monólogo con el autor de la La piel que habito. “Con estas piernas te podría llevar el café todas las mañanas”. Invita a una mujer a subir al escenario, le pone una peluca y la hace modelar; la baja de inmediato porque “él lo hace mejor”.

“No porque el presidente sea un mediocre significa que ustedes también tengan que serlo”, expresa indignado tras descubrir que dos espectadores que se parten de risa no han visto películas de Almodovar. “¿Y tú, escuchas la música de Picasso? ¡Talento, talento, talento y tengo mucho!”. Comienza una canción del Duo Dinámico: “Resistiré para seguir viviendo, me volveré de hielo para endurecer la piel”. El ser interpreta un baile de temblor con gran destreza al hacer vibrar el tacón y dar el corazón por impresionar a “El director”.

Con teléfono arcaico en mano comienza un clásico: “estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando…”. Suena el teléfono, responde emocionado pensando que es él; la decepción llega rápido. “¿Mamá? Sí, estoy bien. ¿Qué te importa como esté vestido? ¡Y tú que sabes, uno puede ser muy hombre con todo el maquillaje encima! ¿A que no sabes para quién estoy audicionando?”.

 

Termina la conversación por teléfono. Las películas pasan de una caricia al impacto del suelo. La crisis es acompañada por el diálogo de una película emblemática del director en el proyector. Tacones lejanos en la mano para darle un abrazo a la silla vacía; mientras, los violines se inclinan sobre el abismo del hombre fracasado.

“Como quisiera que solo vivieras en mi imaginación, haberte inventado y que ahora mismo pudiera olvidarte. ¡¿Qué tengo que hacer para que me des una oportunidad?!”, grita con desgarro. El hombre está en trance, pasea la película de “Todo sobre mi madre” por su boca y luego por su retaguardia; el espejo siempre encarnando la tragedia mientras coloca el cine sobre la silla y se sienta.

Enloquecido busca la respuesta, la violencia de la incertidumbre invade su encierro. Se baja los pantalones y revela que en su trasero hay un tatuaje con un corazón; adentro, la P. El show termina, y se acaba la mentira.

“¿Y Pedro?”, le pregunta el actor a su asistente. “Se ha ido ya a comer”, responde éste. “Vale, ¿qué te pareció? Sabes qué, cámbiame a unos cuantos extras del público, esos que no hacen nada, y al tipo bajito también. Nos vemos más tarde yo también me voy”. Se retira el nuevo favorito de Pedro, y las luces se apagan. Irving Gallegos, intérprete y escritor del monólogo, se ha apoderado del público. 

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