MLTÍ TAY É OMÓU PÍLKUYAK, por Marta Aragón R.

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MLTÍ TAY É OMÓU PÍLKUYAK.*

Marta Aragón R.

Sombras de nubes viajeras corrían sobre la amarilla superficie del desierto. Hacía frío y Mltí Tay caminaba por la basta planicie con el arco y la funda para las flechas, terciados en la espalda. El viento azotaba sus largos cabellos negros, sostenidos en la frente por una cinta de cuero crudo. Caminaba descalzo, los pies curtidos por la intemperie eran anchos y ásperos, pero muy ágiles, sabían caminar sin hacer ruido, apenas si dejaban huellas en el terreno duro y agrietado. Iba cubierto tan sólo con un taparrabos de suave piel de conejo, de dónde colgaba una daga de pedernal bien tallada, del cuello le pendía una sarta de abalorios hechos con semillas de melón silvestre y garras y huesos de animales por él cazados. La cara era muy ancha, escondía entre los pliegues de la piel morena un par de ojos oscuros acostumbrados a ver, con claridad, a grandes distancias, y los protegía del sol por una capa de tizne revuelto con cebo. El resto de la cara estaba pintada de blanco, también el pecho y las piernas eran delgadas y largas, era muy alto. Mltí Tay iba en busca de omóu pílkuyak porque quería ser reconocido como gran cazador. Dos noches antes, consultó al kmeey de su grupo. Luego de fumar sendas pipas de tabaco-coyote, los espíritus de los cazadores ancestrales hablaron por boca del kmeey:

—Ve a buscar a omóu pílkuyak a las montañas de tukuñam. Ganarle a omóu pílkuyak te convertirá en gran cazador.

El kmeey y el muchacho bajo los efectos del tabaco-coyote, con tizne y cebo de venado, dibujaron a omóu pílkuyak abatido por las flechas de Mltí Tay. Al tercer día, antes de que el lucero de la mañana brillara en el cielo cual diamante azulado, Mltí Tay echó rumbo hacia las montañas. 

Era otoño y se acercaba la temporada de lluvias, soplaba un viento frío que resecaba los labios, y le cuarteaba la piel, protegida por la arcilla blanca. Las violentas rachas arrancaban de cuajo las ramas secas de los matorrales. Las montañas se ocultaron de su vista por las espesas nubes de arena que ensombrecían el panorama, que desapareció por completo al caer la noche. Mltí Tay durmió en medio de la angosta abra de una roca, acompañado por los gruñidos de sus tripas. Las ráfagas no cesaron hasta que la claridad del nuevo día se instaló en el inhóspito paisaje. 

El día amaneció límpido y frío, apto para su propósito. Frente a él, por el lado de tukuñam, se alzaban las montañas cortadas a golpes por El que Todo lo Sabe y Todo lo Hace. Mltí Tay pensó que el Gran Hacedor usó un gran martillo de pedernal con manos diestras como los fabricadores de puntas de flechas y cuchillos de su tribu. Las montañas se levantaban de forma abrupta en el límite horizontal del desierto. Eran gigantescas, enlazadas unas con otras y coronadas de altos pinos que parecían cabellos erizados. No había veredas, brechas ni atajos ni nada que denotara que aquellas moles de roca habían sido holladas por cazadores ancestrales.

Para un hombre joven y fuerte como Mltí Tay, no era difícil sobrevivir en aquellos lugares desolados. Cazar una cachora y comerla cruda no significaba gran esfuerzo; lo mismo pasaba con los escorpiones a los que sólo se les cortaba la ponzoña, y para proveerse de líquidos bastaba chupar un trozo de cardón o de biznaga, cuyo amargor terminaba por volverse dulce en una lengua sedienta. Conforme Mltí Tay se acercaba a las montañas, éstas se agigantaban. Parecían un frente de guerreros armados dispuestos a terminar con él. El viento movía sus cabellos y a las escasas ramas que crecían entre las rocas. El ruido que hacía el aire al chocar con los riscos era constante, pronto fue quebrado por los golpes de omóu pílkuyak. El hombre supo que aquel sonido se trataba de la presa que buscaba. Eso había escuchado tantas veces en boca de los cazadores experimentados cuando contaban sus hazañas iluminados por la rojiza luz del fuego, bajo el amarillento gajo de luna: todos hablaban de estos golpes, señal de que omóu pílkuyak se encontraba cerca.

Mltí Tay se detuvo en seco, aguzó el oído. Hasta él llegaron los ruidos que hacía un borrego cimarrón al brincar entre las piedras. Una corriente eléctrica sacudió el cuerpo del joven cazador que se llenó de vigor, y se le aguzaron los sentidos para estar alerta. Sus pies se volvieron ligeros como alas de gavilán, silenciosos como el arrastrar de una serpiente de cascabel. Sus ojos escudriñaron el paisaje, y con habilidad se mimetizó con el paisaje. Disimulado por piedras y matorrales, moviéndose contra el viento para que el cimarrón no percibiera su presencia, Mltí Tay aguardó el momento oportuno. Los sonidos de su corazón y el zumbar de su sangre en las arterias, reverberaban en su mente, cuando omóu pílkuyak hizo su aparición.

Era soberbio, parado sobre un alto risco, parecía estar hecho de oro puro, de ese color era su piel brillante, sus ojos reflejaban el sol de la mañana. Era un macho imponente, de enorme cornamenta enroscada, en plena madurez; miraba con ojos desprevenidos el horizonte en busca de alimento fresco, o buscaba alguna hembra en celo o se cuidaba de nmí tay, su predador más asiduo y mortífero.

Sigiloso como serpiente de cascabel dispuesta a cazar, Mltí Tay buscó el punto adecuado para disparar al borrego cimarrón que estaba tan cerca. Apuntó con una flecha sobre el arco bien tensado el dorado y musculoso pecho frente a él. Con el flechazo, el animal dio un salto y cayó hacia las profundidades de una gran abra entre las rocas. Veloz como liebre, ligero y ágil, Mltí Tay se encaramó al risco, desde allí miró al borrego que agonizaba en el fondo. Colmadi de gran reverencia, el cazador se descolgó por las paredes de piedra hasta donde se encontraba el animal, y lo acompañó en su último aliento. Dio las gracias al animal y al Gran Hacedor quien le había permitido salir airoso de aquella prueba. Se había consagrado gran cazador, y con el borrego a cuestas, sabedor de que su nombre sería repetido por los hombres de su pueblo, Mltí Tay inició el regreso a casa.

*Coyote grande y el borrego cimarrón.

Algo de Glosario:

Eñaam: Oriente, este, punto cardinal. Omóu pilkuyak: borrego cimarrón. Tukuñam: oeste, poniente, punto cardinal. Nmí Tay: puma, león de montaña. Mltí Tay: Coyote Grande. Kmeey: brujo, hechicero.


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