MAR DE FONDO: AMLO, 7 meses después

Una de las propuestas centrales del gobierno de Andrés Manuel López Obrador fue la de hacer “un cambio de régimen”, lo que significaría que el régimen actual desaparecería y sería sustituido por otro. A siete meses de distancia la pregunta es: ¿se está dando este cambio y cuál es el nuevo régimen que se está construyendo?

Benedicto Ruíz Vargas/ 4 Vientos

Hay muchos cambios que se están dado con la llegada de Amlo a la presidencia del país, pero varios de estos cambios no indican que se va hacia un nuevo régimen sino, por el contrario, apuntan más bien hacia una “restauración” del viejo régimen que tuvo el país durante más de 70 años en manos del PRI, especialmente con los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo, que podrían definirse como gobiernos populistas y autoritarios.

 

Si bien Amlo está desmontando y eliminando todo lo que representaron los gobiernos neoliberales (que promovió el PRI después de Echeverría y López Portillo y luego los panistas), cuyo modelo acentuó las desigualdades sociales, concentró la riqueza en unas cuantas familias y dio lugar a una desbordada corrupción en el ámbito del gobierno y el sector empresarial, todo esto no significa que el gobierno de Amlo lo esté reemplazando por algo mejor.

Veamos algunos ángulos. En cuanto a la economía nacional, Amlo ha señalado acertadamente que el crecimiento de la economía es importante pero igual lo es la distribución de la riqueza. No obstante, el asunto es que sin crecimiento tampoco va a ser posible en poco tiempo distribuir el ingreso social. Si la economía no crece al 4% como prometió y sigue un comportamiento como en el pasado, muchas otras cosas pueden descarrilarse y regresar a las crisis de antaño. Hay signos que apuntan hacia allá.

En el aspecto social, donde está lo fuerte del gobierno de Amlo, las medidas tomadas no indican que se está yendo hacia un estadio mejor. El gobierno puede hacer transferencias monetarias hacia los más pobres y los más necesitados, pero, como lo han venido diciendo infinidad de especialistas mexicanos y extranjeros, este mecanismo no es el más adecuado para combatir la pobreza y la desigualdad social.

Eso puede ayudar momentáneamente, pero no sirve para erradicar la pobreza de manera permanente y sostenida, que es lo que debe importar.

Si el gobierno recorta recursos en salud, educación, estancias infantiles, etcétera, como lo está haciendo, esto afectará especialmente a la población que menos tiene. Está comprobado que todos estos servicios, sobre todo si son de calidad, pueden constituirse en un indicador de mayor bienestar social, como lo ejemplifica justamente el “Estado de bienestar” que prevaleció en Europa en la década de los setenta y parte de los ochenta.

 

En lugar de un Estado de Bienestar, Amlo está recortando todos los recursos del Estado, desapareciendo dependencias, despidiendo personal, reduciendo los sueldos, achicando los presupuestos para la ciencia, la investigación, la cultura, etcétera, en aras de la austeridad, y trasfiriendo esos recursos de manera directa hacia otros grupos, sin supervisión y de manera discrecional.

La distribución de la riqueza implica, por supuesto, quitarles a unos (los que más tienen) para darles a otros, pero no es como en la película de Robin Hood. Hay múltiples mecanismos legales, fiscales y sociales que un gobierno con una visión más amplia y con poder podría utilizar. Así como lo está haciendo el gobierno actual, es un tanto tosco y riesgoso.

Hay muchos otros aspectos donde no se ven avances sino retrocesos, como el de la democracia. Amlo no es demócrata y todas sus acciones conducen a desmantelar el piso que sustenta a la democracia: la pluralidad política, los organismos de la sociedad civil, la libertad de pensamiento, el disenso, la separación de poderes, anteponiendo a estos elementos la concentración del poder, la búsqueda de la uniformidad y el culto a un líder único al que todos deben reverenciar.

En su visión hay siempre y en todo momento una contraposición (dos bandos, uno bueno y otro malo): las élites vs el pueblo, la democracia representativa vs la democracia directa, los políticos corruptos vs los políticos honestos, el pueblo vs las instituciones, los fifís vs los chairos.

Es decir, una polarización construida tácitamente desde el poder como un mecanismo para gobernar, para supuestamente ayudarle al pueblo a identificar a sus “enemigos”, acompañada del estigma de sus oponentes, de la movilización cotidiana y la arenga desde la tribuna, todos son recursos cuyo propósito es impedir que otras fuerzas adquieran visibilidad, pero también para justificar muchos errores. Es decir, Amlo crea sus propios enemigos y opositores, tensando el ambiente y las fuerzas.

¿Vamos así hacia un cambio en México? No parece que así sea.

El autor es analista político

 

 

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