Luis Aguilar, 20 años; desapareció en El Zorrillo tras subirse a un Vigía

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4 meses han pasado desde que Guadalupe vio por última vez a su hijo Luis Armando Aguilar Cota, quien desapareció el 2 de diciembre de 2017 tras abordar un autobús de El Vigía conducido por El Caballo, un supuesto amigo del joven. A la incertidumbre sobre el paradero de Luis se suman la negligencia de las autoridades a cargo de la investigación y una serie de extorsiones telefónicas que sólo han agravado el dolor de la familia.

Iván Gutiérrez / A los 4 Vientos

El Ejido López Portillo, mejor conocido como “El Zorrillo”, es una de las colonias más lejanas de la zona urbana de Ensenada, si bien los 27 kilómetros que la separan de la zona centro no impiden que el transporte público brinde el servicio que le corresponde.

Con una sola calle pavimentada, El Zorrillo está esculpido al viejo estilo de las zonas rurales mexicanas: sobrevive el comercio local en todas sus áreas ante la ausencia de grandes franquicias empresariales; la calma, el ritmo lento del barrio y el silencio hacen del viento una canción; los niños juegan futbol en las calles o se pasean en mini-motos y bicicletas por las avenidas de terracería.

Es así,  montada en su bicicleta, como somos recibidos por una niña pequeña a unas calles de su casa, quien nos escolta por un par de avenidas hasta una de las viviendas periféricas de la colonia. Al interior de su hogar nos espera Guadalupe (pseudónimo utilizado para proteger la identidad de la denunciante), quien nos recibe con una sonrisa de bienvenida y una mirada que mezcla angustia y fortaleza. Expresando amplia amabilidad la señora nos ofrece café y sillas donde sentarnos.

La casa, si bien no es muy grande, abunda en vida, pues en ella habita una familia numerosa. En sus paredes destacan una cruz plateada, propaganda del panista Carlos Loyola Peterson y un dibujo con dos monos de colores, quienes al lado tienen la siguiente frase grabada: “cuando te veo a los ojos, me siento libre”.

Acompañado por una activista en defensa de los derechos humanos y un colega periodista, preparamos todo para la entrevista que nos ha hecho venir hasta este rincón de la tierra que roza lo inhóspito: escuchar cómo hace 3 meses desapareció el hijo de Guadalupe, desatando con ello una pesadilla de incertidumbre negligencia de las autoridades ministeriales y extorsiones.

 

 

LUIS ERA BUENO; ES BUENO, PORQUE ESTÁ VIVO

Luis Armando Aguilar Cota es un joven enérgico que ha vivido sus 20 años de edad en Ensenada. Muchacho alto y de ojos grandes, de tez morena y con un tatuaje en cada brazo (una baraja en el lado derecho), Luis dejó de estudiar tras terminar el segundo año de secundaria, pero eso no le impidió seguir aprendiendo por su cuenta. Así lo comenta Guadalupe, quien comparte que entre los pasatiempos de su hijo están el componer canciones y hacer ejercicio.

Hace poco menos de 1 año, Luis “le entró a la vagancia”, hasta terminar inmerso en los pasadizos viciosos de las drogas: “Antes de entrar en todo eso él era bien activo, él… él era bueno, mi hijo era bueno”, comenta Guadalupe antes de empezar a sollozar. Tras unos segundos agrega: “es bueno, porque está vivo, sé que él está vivo…”. Con un papel blanco se seca las lágrimas, respira y procede a narrarnos cómo ocurrió la desaparición de su hijo.

 

EL RAPTO “VOLUNTARIO” EN UN CAMIÓN DEL VIGÍA

La última vez que Guadalupe vio a su hijo fue el 2 de diciembre del 2017. Era una tarde tranquila y sin mucha novedad. Sentada en su patio la madre conversaba con su nuera, mientras a unos metros de distancia Luis ponía a secar un cambio de ropa recién salido de la lavadora. En ese entonces el joven llevaba 2 meses sin “irse a la vagancia”, y con el apoyo de su madre había comenzado a hacer planes para conseguir un trabajo que le permitiera salir del bache de drogadicción en el que había caído.

La jornada transcurría en paz cuando la unidad 64 de El Vigía se detuvo afuera de la casa de Luis. El autobús era conducido por un amigo del joven, apodado “El Caballo”, quien le hizo señas al muchacho para que se acercase a la ventana del chófer; éste lo hizo de inmediato, a pesar de traer las manos mojadas y no tener un aspecto presentable. Tras un breve intercambio de palabras, el joven dio la vuelta y ascendió al vehículo. Desde el patio, madre y nuera vieron cómo al interior del autobús los cinco “pasajeros” a bordo comenzaron a discutir con el muchacho de 20 años. El transporte arrancó, y Luis desapareció.

“Cuando se fue lo único que pensé es que ya se me había vuelto a ir a la vagancia”, comenta Guadalupe al recordar el día que su hijo desapareció. Ya teníamos planes, pero él ya no regresó, él ya no regresó… Llegó la noche, y yo con el pendiente de que él iba a regresar, porque sí me regresaba cuando se iba”.

Tras no saber nada del joven, la familia comenzó a buscarlo, primero en los alrededores de la colonia Ejido López Portillo, después en hospitales, delegaciones, centros de rehabilitación e incluso acudieron en su momento al Servicio Médico Forense (SEMEFO): “No hubo delegación ni dependencia que no revisáramos, pero en ninguna parte estaba”, comenta la ama de casa con un hondo y prolongado suspiro.

La madre señala que todo “fue muy raro” y sospecha que el joven no se fue por voluntad propia, puesto que Luis no acostumbraba salir de casa si no tenía un aspecto presentable: “Él no se hubiera ido así como andaba, él andaba sucio. Mi hijo no iba a la tienda ni a comprarme unos cerillos si no se limpiaba los zapatos, si no se cambiaba la camiseta. Me decía, ´no amá cómo voy a ir así, estoy sucio´, ´pero mijo vas a aquí a la tienda´, ´no, no, así no voy´, decía, e iba yo a la tienda”.

 

EL “AMIGO” DE LUIS

Guadalupe desconoce cómo fue que Daniel Alejandro Pereda Salas (alias “El Caballo”) se hizo amigo de su hijo, pero recuerda que de este joven de tez blanca, mediana estatura y 26 años de edad, su hijo tenía una muy buena impresión, a pesar de apenas llevar 3 meses de conocerlo: “Siempre hablaba muy bien de él, cuando vino ese día nunca se me pasó por la mente que se lo iba a llevar”.

Al ser entrevistado por el agente de la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE), Pereda Salas declaró que la razón de visitar a Luis aquella tarde era para cobrarle $300 pesos que le debía.

Según lo declarado por “El Caballo”, único testigo oficial de lo sucedido y principal sospechoso de la investigación ministerial, al encontrarse con Luis aquella tarde éste le dijo que no tenía dinero para pagarle, pero agregó que ese mismo día pensaba ir a Maneadero a visitar al “Tachin o Tachis” para conseguir “la feria”. Después de eso, el hoy desaparecido subió al transporte conducido por Pereda Salas y descendió en la terminal de camiones de El Vigía en El Zorrillo para después enfilar hacia rumbo desconocido, asegurando que más tarde se daría la vuelta por la casa de El Caballo para pagarle.

Para Guadalupe, lo declarado por Salas no cuadra: “Cuando le preguntamos al muchacho que donde lo había dejado [a mi hijo], le dijo a mi esposo que lo había dejado en maneadero, pero a los agentes les dijo que lo había dejado aquí mismo en la colonia. Lo dudoso es que si él hubiera dejado aquí en El Zorrillo a mi hijo, él se hubiera regresado a cambiar, nunca se hubiera ido así como andaba. Él no se salía a ningún lado sin su gorra, ni a la tienda se iba sin su gorra y sin estar limpio, y esa vez fue diferente”.

Para llegar a la casa de Luis, Peredas tuvo que desviarse más de 6 cuadras de su ruta, maniobra que realizó mientras , según sus declaraciones, se encontraba en horario laboral bajo la ruta Cañón Buena Vista El Sauzal y con más de 4 “pasajeros” a bordo; todo con tal de cobrarle los $300 pesos que le adeudaba “su amigo” el joven Luis.

 

AUTORIDADES, DE ADORNO

Si bien entre las primeras acciones de Guadalupe estuvo el acudir con las autoridades para denunciar la situación, al día de hoy el caso de la desaparición de su hijo está igual que desde aquel trágico 2 de diciembre.

Al respecto, la madre comenta: “He ido al Ministerio Público, a la delegación de Maneadero, a la PGJE, a la delegación de la calle 9. Fuimos incluso a anti-secuestros en Tijuana, pero ahí me dijeron que la denuncia no procedía porque mi hijo se había subido voluntariamente al autobús y no se podía considerar como secuestro”.

Desde que Guadalupe interpuso su denuncia a principios de diciembre del año pasado, quedando la investigación bajo el expediente 0201-2017-03789/NAC, los resultados de las autoridades han sido prácticamente nulos: “Dicen que no tienen sospechosos, que han estado investigando, preguntándoles a uno y a otro, pero que no tienen avances. Nada más lo quieren tener ahí [el caso] y esperar a que se nos olvide…”, comenta Guadalupe.

Entre las múltiples fallas de las autoridades en el manejo del caso de Luis destaca la falta de elaboración de su ficha de datos como persona desaparecida, misma que debe realizarse de inmediato para enviarse a las dependencias de los diferentes niveles de gobierno con el objetivo de coordinar la búsqueda del joven.

Para Guadalupe el tiempo pasa lento y cruento, pero para quienes tendrían que estar buscando a su hijo los segundos no parecen tener el mismo peso: “Tengo que estar llamándole al agente de la PGJE para que me diga cómo va el progreso de la investigación. Le dejo mensajes, le pido que me marque y me dé algo de información, le pido que me diga algo, que me conteste, que me dé respuestas. Una vez me exalté porque me dijo que no había encontrado nada, y yo le digo ´cómo que no ha encontrado nada, tiene que encontrar algo´. Y hasta ahorita nada”.

 

PICAR LA HERIDA: LAS EXTORSIONES

Cuando Luis desapareció el dolor por su ausencia no hizo más que agravarse con el paso de los días, pues no pasó mucho tiempo antes de que desconocidos intentaran sacar provecho de la situación. Apenas 10 días después de la desaparición de Luis, la familia del joven recibió la primera de las tres extorsiones que han tenido que soportar desde entonces, siendo un presunto comandante el responsable de la primera llamada:

“Nos hablaron por la madrugada y nos pidieron dinero diciendo que tenían a mi hijo, que si les dábamos $5,000 pesos me entregaban a mi hijo. Lo conseguimos y lo depositamos a donde nos dijeron, pero el chamaco nunca llegó a la casa”, expone con profundo penar la madre del joven.

La segunda extorsión llegó días después: “Me llamaron para decirme que lo tenían, que les diera $500 pesos, ´que nada más para la pura gota´, que me iban a hacer el paro, lo depositamos y después nos hablaron de nuevo, que querían más. Pero después ya no supimos nada”. 

La última extorsión ocurrió pocas semanas después: “En la tercera ocasión igual, me dijeron que tenían a mi hijo, que estaba muy joven y tenía una vida por delante, que le iban a dar la oportunidad de saliera de todo esto, y era dando y dando, pero no, nunca llegaron. También nos pedían $5,000 pesos”.

La espera se prolonga y la incertidumbre sobre el paradero del hijo de Guadalupe se torna más pesada con cada día que pasa. Ante el negro panorama, la madre ha iniciado un proyecto para distraerse: “He estado construyendo esto”, comenta mientras señala una estructura de piedra y cemento ubicada en la entrada de su casa. “Es lo que me queda, ponerme a hacer algo, distraerme, porque si no lo hago me mata la desesperación; el dolor de no saber dónde está mi hijo… es insoportable”.

 

ENTREVISTA EN VIDEO

https://www.facebook.com/4vientos.net/videos/1972991976106693/


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