LOS PERROS GUARDIANES: Un país vale por su prensa

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Albert Camus: “Una idea, dos ejemplos y tres cuartillas”

Rael Salvador / A los 4 Vientos

Si usted no lee el periódico está desinformado,

y si lo lee está mal informado”.

                                                   Mark Twain.

         En su vida de pensador comprometido, Albert Camus procuró la claridad de un periodismo que le permitiera abordar ideas a favor de la clase social más desprotegida de su tiempo, esa donde se asentaban obreros, artesanos e inmigrantes que, con escolaridad mínima, pero preocupados por el saber, hacían de la lectura del diario una oración matinal.

         ¿El diario como oración matinal? Atea, pero buena idea.

         Se podrá decir que, como narrador, el autor de El extranjero transformó la claridad en calidad; fue uno de los pocos intelectuales que surgieron de ejercer el periodismo –como antes lo hizo Ortega y Gasset y, en la actualidad, se obliga BernardHenri Lévy– y que además, hasta el día de hoy, abrevando en su obra de opinión e investigación, nos permite comprender, a partir de los tribunales de una moral, la violencia tributaria de una época.

         Pero, ¿en qué consistió esa magia en su práctica periodística? ¿Cómo se las arregló este preciosita de la prosa para ser preciso en sus premisas? ¿Hubo que sacrificar, muchas veces, el color literario por la deontología de la conmoción?

         Es sencillo de observar, revitalizar e, incluso, reivindicar, pues la estructura del buen artículo de opinión que practicó Camus se resume en una justa y cálida construcción de orden ascendente: Una idea, dos ejemplos y tres cuartillas…

         Una idea, para expresar.

         Un par de ejemplos, para aclarar.

         Y, ya resuelto lo anterior, no ir más allá de tres cuartillas.

         Así antepone lo verosímil al horror de la “verdad oficial” y sus absolutos, conjugando la gran narrativa en el amplio espectro de su belleza – Dostoievski, Tolstói, Céline, Pasternak, Grossman–, de tal manera que si el periodismo pasa, la literatura queda.

         Si un país vale por su prensa, la lección de Camus se convierte en un llamado para aquellos que, desde la comodidad en línea, taza de café al mando (calígulas de las redes sociales), sueltan sublimes topos escriturales –en la desmesura de la antihigiene mental y en la propalación irreparable de lo indebido– que se convierten en vivo ejemplo de todo lo contrario que pedía el autor de La caída.

         Si en otra época permanecer callado resultaba una afrenta de conciencia, ahora aquellos a quienes se deja hablar implica una ofensa de lesa gramatical. (Por no alegar lo que de calderilla verbal abona la insigne minusvalía culturar que incuba el siglo XXI.)

         “La libertad de opinión es una farsa si la información sobre los hechos no se garantizan y si no son los mismos hechos los que están al centro del debate”, suscribe Hannah Arendt, admiradora analítica de los juicios de Camus, cada vez que lo endeble de una visión personalizada impone su peso a partir de la ligereza de un opinante profesional.

         ¿Quiénes son estos profesionales de la opinión? ¿Cuál es el modus operandi de los medios a partir de ellos? ¿Con qué fin son pagadas desde el Estado estas firmas evidentes?

         Concebidos como pieza de ensamble en una maquinaria de persuasión –que impone sus designios para beneficio de su comercio, que es sinónimo de su política–, estos viejos lobos de las salas de redacción, títeres huecos al servicio del miedo a la comunicación, nos obligan a rehacer, en pocas palabras, el periódico –y sus géneros editorializados– a través de una obstinada lectura crítica, donde bien acomoda el chistorete de Chesterton: “Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen para impedir que la verdad se diga”.

         Y para terminar dinamitando los escombros, Camus también apuntó en uno de sus Carnet que los filósofos de la antigüedad “reflexionaban mucho más de lo que leían”, a diferencia de los contemporáneos, quienes “leen más de lo que reflexionan”.

         Una idea, dos ejemplos y tres cuartillas… ¡El Cuarto poder!

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