LOS PERROS GUARDIANES: Pasa todo y no pasa nada. La magia de lo que se escribe es sólo la música

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“Ésta es mi soledad, verme rodeado de luz”.

F. Nietzsche.

Rael Salvador* / A los 4 vientos

Ensenada, B.C.

            La vida se nos va como una malteada de fresa al estómago del placer. El gato avanza con su entusiasmo pacífico haciendo rodar una nuez de la India. Imagen del desgano como quien ve caer la pequeña lluvia de Sol en el camino.

            Pasa todo y no pasa nada. La lumbre fabrica olas de calor y alguien convierte el agua en vino de frutas, en su aroma parpadeante se encuentra la última flor de luz que rindió su homenaje al amor.

           Se esperan las cosas que se desean en un ambiente de mágica dulzura, muy al lado de la manzana verde, el libro de poesía, el té humeante y la nube que juega a ser paloma en la ventana. La ironía es injusta, el tiempo pasa y la magia de lo que se escribe es sólo la música de un mar que se bate con la dicha en el corazón de los recuerdos. Y ahora que la memoria ya no es una espina, me pregunto ¿cuánto tiempo el alma luchó por no ser una lámpara apagada?

            Vino el viento, despeinó las olas y entretuvo a un imperio de tres gaviotas en una fotografía paralizada. La arena hunde mis pies a la frescura de un naufragio tierno y seguro, mientras la espuma borda caracoles en la mirada y el Sol resbala con sus transparentes pétalos de irreverencia hacia la belleza de un simulado castigo: apagarse todas las tardes sumergiéndose en la mar.

            Mi ventana, con su transparencia azul, es el marco de madera húmeda que elige la bahía. La piedras flotan en la habitación, piedras de colores, como versos redondos y en fiesta que brincasen del jardín del arcoíris. Las olas imitan las nueve sinfonías de la libertad de Beethoven y las algas danzan en la naturaleza de la esperanza como quien espera de la plata la misericordia de una aparición.

            Escucho a Glenn Gould (foto a la izquierda), la Variaciones de Goldberg, y es como oír a un dios caminar tranquilo por la diamantina del infinito. Arremete Gould, como una lucecilla aislada, y de nuevo el Sol enciende sus hornos metiendo los dedos de lumbre acuática al océano, como un roce que llamase a las profundas aguas del centro de la dicha. Escucho a Glenn Gould y la marea cósmica es un deseo terminal de abandonar la escritura y abrir de nuevo los pianos a la frescura de la existencia, de Bach, de Mozart, de…

            Floto con las piedras en el cuarto, los libros se deshojan como partituras en el viento de la música y, paciente como una caricia legítima, Gould está sentado en la silla de su padre tocando uno a uno los pelos del gato. Ya no hay luz, ya no existe la oscuridad y los colores recuperan sus cuerpos de bestezuelas humildes en esta selva de truenos que arrastra la dicha del saber.

            Un pájaro llega a ofrecer su vuelo de flor con alas y la naranja es un astro que conversa con la nuez sobre una poeta inglesa de pan y mantequilla. Las calles están húmedas, la primera brisa de la temporada me recuerda el virtuosismo de los ropajes del mundo.

            Agua, bendito pez que aplica su fantasma a la ciudad.

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía. En su momento, editor del suplemento cultural Palabra. Correo electrónico: raelart@hotmail.com


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