LOS PERROS GUARDIANES: La biblioteca particular de Nietzsche. Constelación psíquica de un romance con la sabiduría

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        Austera, ensimismada, cálida, similar a un sistema solar primigenio, la biblioteca personal de Nietzsche, lomos repujados en hoja de oro a lado de tomos humildes, se revela, poco a poco, en la tenue luz de la habitación. De ella, en medio del azul despostillado de la vajilla y el verde extendido del único mapamundi, se desborda el universo griego, la teología medieval, las gramáticas diversas, las religiones, lenguas germanas, el humanismo, las ciencias naturales, las novedades de la época: Montaigne, Pascal, Stern, Fichte, Schopenhauer… Constelación psíquica de un romance con la sabiduría.

Rael Salvador / A los 4 vientos

         Un busto de bronce, que multiplica diminutos relámpagos de miel cuando uno se descuida, se asienta en lo alto del buró, ante la ventana y la respiración de la cortina rosa pálido… Se trata de Sócrates, ceño fruncido, que inspira, de vez en vez, las ironías del filólogo, quien ya se encuentra más allá del pensamiento débil: el bien y el mal. Estatuillas varias, de blanco desnudo, representan el espíritu y el alboroto que el autor rinde desde su temprana juventud a Dionisos. Abrecartas, ampollas de vidrio, calderilla sin importancia, resonancias de metal y mármol –“ronda de extraños insectos sin sepultura”, como alguna vez su madre los llamó– son el umbral a la visión de los amplios libreros en Sils-Maria.

Franziska Nietzsche aquí con su hijo Friedrich Nietzsche, ella es autora de “Mi melancólica alegría” cartas de la madre de a Franz e Ida Overbeck. Imagen publicada en internet

         La pasión al conocimiento, a lo largo de una vida de estudiante y de docente en Basilea, ha logrado el resguardo de estas ediciones, colección de ataúdes en papel Biblia, con sus guardas decoradas y sus cantos cromáticos, reencuentro de todos los tiempos en el polvo de un instante, cuando el rompimiento de gloria hace gravitar sueños de palabras

         La incertidumbre, bailarina ebria de la filosofía, emana de los libros abiertos y se deja volar, por una música grácil –“Also sprach Zarathustra” wagneriano–, en el encantamiento de páginas emborronadas por opiniones negras, con señalamientos guindas, que se clasifican en interpretaciones, razonamientos y meditaciones. Hace de pisapapeles el sextante salino, al lado de las plumillas y las tijeras, donde se “intensificará de forma terrible, de donde incluso surgirán también estimulantes influjos, en parte felices, en parte fatales, para todo una época”, como bien aprecia Thomas Mann.

         Si el arte fue su musa, la libertad será su guía.

A la luz de estas estridencias, el estilo de Nietzsche logra lo prodigioso: hacer de la filosofía humana un poema salvaje.

Así, almarios y libreros poseen un mismo fin: auxiliar a los que se sumergen a las profundas grutas del intelecto.

Los libros se toman como los licores en un burdel, de tal manera que la sinfonía de las ideas se excita en una constelación de lentejuelas y develaciones. Con ello, entramos a la deliciosa erótica de las dendritas, donde el sueño de la epilepsia se mezcla con la sífilis en un orgasmo estelar: ¡Aforismos! ¡Aforismos! ¡Aforismos! 

         Unos sobre otros, en fila editorial algunos, en anaqueles los menos; los más, esparcidos en un juego cósmico, donde la mesa de trabajo es el Universo y los ojos del Anticristo la superioridad que los desvela. Un abrigo, traído de Florencia, reposa en la frescura húmeda de la pared, mientras el fuego de los astros, otra biblioteca soñada por los antiguos, cabalga ya en el horizonte de Turín.

Imagen de portada: Friedrich Wilhelm Nietzsche, filósofo, poeta, músico y filólogo alemán, considerado uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del siglo XIX. Imagen publicada en internet por Marcianosmx.com


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