LOS PERROS GUARDIANES: Federico Campbell y Palabra

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“Salí de las tinieblas, voy a ellas. Todo

es nunca por siempre en nuestra vida ”.

JEP

Rael Salvador* / A los 4 vientos

Ensenada, B.C

            Naciente el 2011, Federico Campbell, en charla y gestión con Enhoc Santoyo, director editorial del diario El Vigía, fue el principal impulsor –teniendo ya su columna La hora del lobo en el periódico– para recuperar el suplemento cultural Palabra –dormido 25 años en la hemeroteca de los recuerdos, desde que apareció en su primera época en manos de Olga Aragón y Arturo López Juan– y terminar así con un lustro de insistencia, empuje, convencimiento y, por fin, responsabilizarme de su edición semanal.

            La odisea resultó formidable –los cinco años que duró–, pues llevamos la propuesta de Palabra a un nivel de reconocimiento y competencia con La Jornada Semanal y Laberinto (Milenio), donde además se sumaron a nuestra travesía editorial plumas de la talla de Alberto Manguel –con su columna “El lector tiene quien le escriba”–, Leila Guerriero, Martín Caparrós y Gustavo Dessal, así como corresponsalías en el extranjero: Argentina, Patrick Liotta; Chile, Ramón Ángel Acevedo, “Rakar”; Italia, Ferdinando Scianna; y Francia, en manos de Cony Cingüenza, sin olvidarme de los colaboradores cercanos, quienes estuvieron, semana tras semana, avivando la llama del suplemento a través de sus aportaciones profesionalizadas: Herandy Rojas, Olga Alicia Aragón, Magdalena Calderón, Guadalupe Beatriz Aldaco, Iliana Hernández, Elba Jordán, Enrique Botello, Héctor García Mejía, Manuel Quintero, Jorge Calderón, Arnulfo Estrada, Javier Cruz, Gerardo Sánchez, Daniel Salinas, Ramiro Padilla, Gabriel Ríos Cortés, Heberto Peterson, Sergio Gómez Montero, Eduardo Cruz, Óscar Ángeles y, en verdad, una extensa y bella lista de poetas, escritores, fotógrafos, dibujantes, teatreros, diseñadores y cineastas que, por el hecho que no mencionarlos (por cuestiones de espacio) resultan menos importantes– estableciendo un referente muy preciso: en Ensenada también existe una preocupación plena por las artes y, por supuesto, se puede dialogar con ellas en el área del periodismo local, nacional e internacional.

            Pero a lo que quiero referirme, mucho después de la esta etapa en que llevé las riendas del suplemento –finalizada en febrero de 2016, después del sonado caso de Palabra en Cuba–, es a mi relación con Federico Campbell, caballerosamente familiar y cómplice intelectual en muchos aspectos.

            El escritor Daniel Salinas Basave, ex columnista de Palabra, ha ofrecido este jueves 8 de junio una conferencia en Libromar, titulada: “El furtivo amasiato entre periodismo y literatura”, una elocuente exposición para los amigos, dotada equilibrio, gracia y brillantes: libretas y diarios de autor en el pasional juego de las sábanas y las estepas, donde se evidencia que el Eros freudiano está perdiendo la batalla contra la pulsión de muerte.

            Las alusiones al autor de Pretexta y Transpeninsular ratifican la maestría con la cual se  narra la memoria de su experiencia en el libro El lobo en su hora. La frontera narrativa de Federico Campbell (foto a la derecha) –que Salinas Basave pone a disposición en Ensenada–, el cual también señala la ruta particular de una biografía hecha con el corazón en las tinieblas y no sin referencia tutelar: “A lo mejor yo ya he dejado de ser escritor –una lluviosa tarde se le dice al conferencista–. Tal vez uno sólo es escritor durante un periodo de vida y para mí ese periodo ya ha pasado”.

            Federico Campbell, el hombre que tanto quisimos, que admiramos en demasía por la belleza y sabiduría contenida en sus libros, desplegada en su persona y resuelta en su charla sin igual.

            Resulta fácil, digo, emitir un juicio y no demostrar el aprendizaje, la lección aprendida, predestinada a lo largo viaje, en la camaradería que se da en la tortuosa y, a la vez, majestuosa ruta de las letras, de sus placeres y sus sinsabores, de su realidad mágica y de su manipulación hartera.

            Federico Campbell fue fiel a los principios de un tejido mayor: al afán y la riqueza del conocimiento y el saber, y que estos atributos, perseguidos y alcanzados con el dolor de la tinta, no deshumanizaran la preponderancia agraciada de ser un ciudadano común, un escritor que no labora de anónimo en el supermercado de las relaciones de poder o la animalidad ideológica, por no hablar del tufo de canallería religiosa.

            Cazador de saberes y trampero de hombres que aportan rosas, dinamita y panes a la historia, los ensayos literarios le resultaban tratados de política y, a la vez, la honestidad puesta en ellos un fundamento de crítica liberadora.

            Por eso Nietzche, Bertrand Russell, Camus, Octavio Paz, Hanna Arendt, Cannetti, Borges, Cioran, Ryszard Kapuscinski, Roberto Calasso, Antonio Damasio y el imponderable Leonardo Sciascia, su maestro.

            Resulta fácil decirlo: conocí en él la valiosa magnificencia de la palabra, voz pausada, diamante y nube en la balanza del orfebre, todo siempresonrisa deliberada, defensa relativa ante la inteligente modulación de su pensamiento y la cita justa.

            ¿Qué importancia puede tener encontrarse en la vida con un hombre como Federico Campbell? ¿Es sólo su literatura, el gabinete desordenado y amable de sus saberes? ¿Su vieja filosofía puesta al día por su aprecio a la ciencia? ¿Los nunca suficientes libros, barcaza espiritual que lo lleva y lo trae de la vida a la muerte y de la muerte a la vida? ¿Su cuidado estilo, que refleja el ánimo y la seducción de un profesional?

            Sí, todo ello. Y un siempre un poco más. Un conjunto base de enseñanzas y aprendizajes, legado de beneficios humanísticos –que enriquecen tanto a quien lo da como a quien los recibe–, regalo que siembra la esperanza en espera del amor y la verdad, la justicia y la virtud.

            Después de la conferencia de Daniel Salinas Basave, entre estas horas desveladas de lectura y el ángelus del amanecer, me duele lo inútil que puede parecer la muerte… La hora del lobo, lo sé: el momento entre la noche y la aurora, cuando más gente muere y se producen más nacimientos, cuando el sueños es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos”.

            ¿Por qué perderte, Campbell? ¿Por qué aguantar este machetazo en el sueño de nuestra humanidad?

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía. En su momento, editor del suplemento cultural Palabra. Correo electrónico: raelart@hotmail.com


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