LOS PERROS GUARDIANES: El “Mago” Mann. La nobleza espiritual de la escritura

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Cuando leí “Nobleza de espíritu. Una idea olvidada” (Pértiga, 2008), de Rob Riemen, quedé fascinado por la justa recuperación que hace del pensamiento del escritor Thomas Mann, Premio Nobel de Literatura 1929.

Rael Salvador / A los 4 Vientos

         La literatura universal tiene un alto y digno representante en la figura de Mann, autor de “La montaña mágica”, paradero donde los escritores del siglo XX han tenido que ascender y, más adelante –quizá siete años después, como Hans Castorp, quien iba sólo por tres semanas–, bajar para, como un viejo y sabio Zaratustra, legar la perla del conocimientos a las generaciones venideras.  

         Leer a Thomas Mann es un deleite, más cuando su prosa se enmarca en recrear de manera afectuosa a personajes emblemáticos de otros tiempos, como los son Goethe, Schopenhauer, Nietzsche, Schiller, Chéjov… El “Mago”, como se complacía llamarlo, con un acento de cariño puesto en la mirada, su hija Erika, se solaza perfeccionando el estilo mientras ofrece otra manera de observar a estos pilares de la humanidad, que ni las guerras, las plagas de la ignorancia y el tiempo han podido echar abajo.

         No verlo así, nos hace tener una visión olvidada, que poca idea nos ofrecería para hacer crecer nuestro propio siglo.

         A decir verdad, el “Mago” teje la escritura de la luz con la raíz de las cosas: “La verdad y la belleza deben remitirse la una a la otra; tomadas por separado y sin el soporte que cada una encuentra en la otra se quedan en valores muy inestables”.

         ¿Cuántas veces decirlo? Por debajo de la apariencia, la verdadera esencia de las cosas y de las causas.

         La condición del autor es develar: “La delectación en un sistema metafísico, la satisfacción que proporciona toda organización intelectual del mundo que descanse de manera armónica sobre una estructura de pensamiento exhaustivo en su lógica, es siempre eminentemente de naturaleza estética; posee el mismo origen que el placer, la enorme y en el fondo siempre serena complacencia con que nos obsequia el efecto del arte, poniendo orden, dando forma y haciendo diáfana y clara la confusión de la vida”.

         Si hay mago en la escritura, la magia se hace presente en la lectura.

         En “El último año de mi padre”, Erika Mann narra la naturaleza de esos días y noches, tardes y madrugadas, de un hombre de 80 años que extiende hasta lo imposible su apuesta al amor y, a la vez, hace rentable su entrega a la literatura: el cuidado familiar y lo que de gloria bien habida le pertenece, permaneciendo en la meticulosa revisión de sus últimas páginas y discursos, al acompañamiento a la fama y a sus conferencias ilustres, todo ello cuando el tiempo se vuelve una guillotina que deja observar su brillo a cada momento…

         El diario de Erika es un testimonio de primera mano donde observamos  al “Mago” Mann, caballeroso, pausado y digno, hacer valer la “nobleza de espíritu”, esa que recupera Rob Riemen en sus ensayos y tercia con la otra maravillosa hija, Elisabeth Mann Borgese, y que nosotros, sus lectores, avalamos como el mayor obsequio de un escritor ha hecho a un ser humano.

         Y como aseguraba el viejo Joe Goodman, emulando la gloria poética del inmortal Whitman, encarnado musicalmente en Mann, en la “Cena en el River Café”, preludio de “Nobleza de espíritu. Una idea olvidada”: “No es suficiente la libertad política; se debe promover un nuevo clima espiritual, es hora de que comience la era de la literatura”.

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