LOS PERROS GUARDIANES: El Che Guevara y la lección de ortografía

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Aprendemos a leer antes de aprender a escribir

y son las mujeres las que nos enseñan a leer”. Ricardo Piglia.

       Los profesores, como cualquier ser humano, tenemos nuestras penas. Muchas de ellas menores, que quizá juzgamos insignificantes –una coma, un acento, una concatenación de adverbios, etcétera–, pero que se ofrecen en evidencia para que las tomemos como lo que son: ineficiencias.

Rael Salvador* / A los 4 vientos

       Al capturar al Che Guevara en Bolivia, lo encarcelan en la escuelita de adobe de La Higuera. A la luz de una vela, tumbado en una silla detrás de la puerta, pálido, maltrecho, herido de bala, a unas horas de ser asesinado, tuvo la oportunidad de observar el pizarrón y leer la palabra “Angulos” sin el tilde correspondiente.

       Cuando a la maestra Julia Cortez* (en la foto a la izquierda)  se le permite ver qué pasa en su aula, lo primero que hace el Che es espetarle que “se saluda” antes de entrar. Ella, más molesta que asustada, le da la espalda con la intención de retirase, pero el guerrillero le advierte amablemente que quiere hacerle un par de comentarios… que el lugar oscuro, miserable, donde ahora se encuentran es una vergüenza, “mal iluminado y poco higiénico”, que así no funciona una escuela.

Ché, preso.

       La maestra lo escucha, pero no dice nada.

       Además, desea corregir algo… A punto de ser ultimado, el Che sonríe, cabecea y mira fijamente a Julia, la joven docente, y dice: “La palabra Angulos está escrita en el pizarrón sin acento sobre la mayúscula”.

       La última lección del Che se centra en la relación que hay entre “el hombre de acción y el intelectual, entre el guerrillero y el escritor”, además de acentuar –como hizo siempre, “tildar”– sobre la sílaba tónica en la correspondiente esdrújula.

       Que si la “e” lleva o no tilde diacrítica en “Ya leer”, cuando obligadamente lo sobrelleva (pues corresponde al imperativo del verbo saber) es una versión que corre a la par que la de “Angulos”, con la misma protagonista.

       En relación a la profesora Julia Cortez (“Cortés”, en los documentos de los militares bolivianos), Paco Ignacio Taibo II relata en su investigación biográfica (“Ernesto Guevara, también conocido como el Che”) lo siguiente: “Ah, usted es la maestra. ¿Sabe usted que la e de sé no lleva acento en ya se leer? –señala un pizarrón–. Por cierto, en Cuba no hay escuelas como ésta. Para nosotros esto sería una prisión. ¿Cómo pueden estudiar aquí los hijos de los campesinos? Esto es antipedagógico”.

       A salto de secuencias, la biografía de John Lee Anderson (“Che Guevara. Una vida revolucionaria”) es más parca en esa hora definitiva. Narra que para postergar la orden de “Saluden a papá” (matar al Che), el agente de la CIA, Félix Rodríguez, salió del aula para ordenar documentos, intentando aplazar lo ya inevitable: “En ese momento se acercó la maestra del pueblo a preguntar cuándo matarían a Guevara. Le preguntó a su vez por qué quería saberlo, y ella dijo que según la radio, el Che ya había muerto de heridas recibidas en combate”.

       De la romántica e historiográfica sumersión en los personajes de “Los últimos días del Che. Que el sueño te haga grande”, a Juan Ignacio Siles del Valle le sustraigo este fragmento… Helida Hidalgo, profesora y mujercita de las sopa de maní, entra a la escuelas de piso de tierra y techo de palma, los soldados le han insistido que insulte al prisionero: “Usted debe ser la maestra, ¿no es cierto?”, dice el Che. “Así es. Somos tres las maestras aquí”, responde Helida. Enseguida, el guerrillero cautivo suelta: “Mire la situación en la que se encuentra esta sala, los niños no tienen ni donde sentarse, el techo se está hundiendo…”.

       El dato interesante aquí es que, de manera documentada, Siles del Valle apunta a pie de pagina que, sí, “Julia Cortés estuvo con el Che en La Higuera en la tarde del 8 de octubre” de 1967, ya que los militares desmienten los relatos de ambas docentes (Julia y Helida).

       Joseph Conrad hizo saborear en boca de Lord Jim esta reflexión: “Las ilusiones proporcionan tal color al mundo que te da igual si las cosas son verdaderas o falsas, mientras reflejen algo de ese mágico esplendor”. Si todo se reduce a una apariencia –porque comunicar es sólo evocar–, la grandeza y el sacrificio, la voluntad obstinada y el sentido de honradez revolucionaria deberían bastar para que la muerte del Che sea la realidad necesaria, alucinatoria como pedagógica, para exaltar la carga verosímil de todo espectro literario.

       El corrector como constructor de enemigos. El pasado miércoles fui turnado a la dirección de la escuela donde laboro, acusado de observar que en el pintarrón de una compañera se escribió “miercoles”, sin tilde… (ella, inocente, sólo había aprovechado la fecha, la cual había emborronado la profesora del turno matutino). Entre broma y realidad, he sido invitado a no meterme más en lo que no me importa…

       ¿Por qué, aún vivos, enseñantes de escuelas –dentro y fuera de ellas–, nos negamos siempre a hacer algo –¿necesario o innecesario?– con tal de no asumir las consecuencias?

       Si Guevara reconoció lo que era intolerable para los hombres, reconozcamos nosotros, los maestros, lo que es intolerable para los alumnos.

       raelart@hotmail.com

       *Jaled Abdelrahin (“La última sopa del Che”/El Viajero/El País)

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía. En su momento, editor del suplemento cultural Palabra. Correo electrónico: raelart@hotmail.com

 

 


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