Los gobernadores mexicanos en tiempos de Trump.

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Desde las primeras horas, luego de que el mundo se enteró de la victoria de Donald Trump, la prensa encargada de cubrir las elecciones y la mayor parte de los analistas políticos se dedicaron a resolver sólo dos cuestiones fundamentales: la primera fue preguntarse por qué sus predicciones fallaron y la segunda, más sustantiva sobre cuál será el rumbo que tomará la nueva administración.

Alfonso Bulle Goyri* / A los 4 Vientos

Al primer cuerpo de “reflexiones” no cabe más que sonreír ante la poca imaginación de los analistas de radio y televisión en los EU y en México; de sus confianzas en las encuestas y de la falta de sutileza teórica de sus paradigmas. La realidad les jugó una mala pasada y no sabían cómo entender el fenómeno que se les había escapado de las manos. La ideología que marca sus preferencias políticas quedó al descubierto y se sintieron avergonzados —o más bien preocupados— por haberse colocado en una situación tan incómoda frente al recién electo presidente.

La segunda cuestión fue sin duda más compleja y delicada. Hacer predicciones en este momento es prematuro y, por tanto, han preferido mejor asustar a sus lectores antes de aventurar algunas hipótesis, con lo que se confirma que Donald Trump es un simple espantapájaros.

No obstante, quisiera referirme a una de las primeras decisiones tomadas por Donald Trump, cuyo objeto, fácil de advertir, es congraciarse con el electorado estadounidense. La medida como veremos nos informa de la postura del nuevo mandatario con relación a uno de los rasgos que desea imprimirle a su administración.

Me refiero a la decisión de renunciar al salario que se le destina al presidente de la Unión que alcanza la cifra de unos 400 mil dólares anuales.

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Donald Trump es un multimillonario y así, ésa suma es despreciable y puede prescindir de ella sin afectar su patrimonio. No hay que dudar del carácter populista de la medida, pero que, a pesar de todo, vale la pena reflexionar en el gesto precisamente en los momentos en el que los mexicanos hoy somos testigos de las atrocidades que los gobernadores “jóvenes” del “Nuevo” PRI han cometido en los últimos seis años en sus respectivos Estados y en donde no sólo se han llevado el salario que se les otorga, sino que también cargaron con todos los bienes públicos a los que tienen acceso.

Javier Duarte (PRI) de Veracruz, Cesar Duarte (PRI) de Chihuahua, Guillermo Padrés (PAN) de Sonora, Roberto Borge (PRI) de Quintana Roo y Gabino Cue (PAN, PRD, Convergencia) de Oaxaca son los cinco mandatarios que hoy se hallan en la mira de las autoridades judiciales a causa de las malas prácticas administrativas que han dejado vacías las arcas de los estados que los eligieron.

De cualquier modo la ciudadanía tendrá que pagar los desfalcos durante varios lustros.

Todos estos excesos de los gobernantes que sin pudor hacían negocios de todo tipo quedarán más o menos en el olvido, porque así es y ha sido la justicia mexicana. Por eso no dejo de tener en el campo visual de esta reflexión a Rubén Moreira, a Tomás Yarignton, a Eugenio Hernández, a Rodrigo Medina, a Luis Armando Reynoso Fermat, a Ulises Ruíz y a otros que mañosamente han evadido a las autoridades de posibles desfalcos y que también han pasado la factura a sus electores.

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Es “curioso” —y me parece aberrante semejante adjetivo, pero no encuentro otro— que el magnate neoyorkino, el embustero mayor, el hombre que ha burlado la confianza de su pueblo, que no ha pagado impuestos y que se pavonea de su visión misógina, les está dando ejemplo de “honestidad” a los gobernadores mexicanos. El Diablo desde el Averno reconviniendo a Belcebú, a Lucifer y a Satanás que andan de enredadores tirándoles las cobijas a los pueblos que gobernaron, dejándolos sin blanca.

Imagino que ninguno de los hombres mencionados —y algunos otros más, incluyendo al Presidente Peña y a todos los ex presidentes aún vivos— serían capaces de renunciar a la dieta que “por ley” a cada uno les deposita la Secretaría de Hacienda en sus cuentas privadas por los “servicios” que han brindado a la Patria. Dudo mucho que las buenas razones que esgrime Trump con su gesto sean bien recibidas por los políticos mexicanos que se reparten la riqueza del país con la cuchara grande.

Ahora bien, lo que sucede en Veracruz es verdaderamente un latrocinio perfectamente orquestado, realizado con sistema y buscando el mayor beneficio del mandatario en turno. Pero no es el único, aunque quizás el más significativo por la devastación que generó. También están los gobernadores de Quintana Roo, Chihuahua y Oaxaca en donde el atraco ha sido igualmente escandaloso, pero que las autoridades se hacen más remilgosas y prefieren concentrar su atención en sólo uno y así desviar la atención de la ciudadanía.

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Javier Duarte, Roberto Borge y César Duarte

Este desvergonzado pillaje ha alcanzado proporciones inauditas, ha rebasado el más elemental sentido común y se ha convertido en un verdadero lastre para el desarrollo presente y futuro no sólo de las entidades que gobernaron sino del país en su conjunto.

Los funcionarios públicos elegidos por la sociedad no sólo no renuncian a sus salarios como lo hace el espantapájaros Trump, sino que construyen una red que se encarga de atrapar todo lo que a su paso halla.

El presidente de los Estados Unidos es un fantoche que disemina sus amenazas a diestra y siniestra y que como los monigotes que sirven para evitar que los pájaros den cuenta de las semillas recién colocadas en el campo, bailotea descoyuntado y lanza sus amenazas, renunciando al mismo tiempo a su salario como gesto de buena voluntad. Los gobernadores mexicanos no son capaces de farolear de esa manera porque carecen del más elemental sentido del humor, sino que también meten la mano en los bolsillos de sus conciudadanos para dejarlos en la inopia. Nuestros gobernadores jamás tienen un gesto de magnanimidad para sus pueblos: se burlan de la sociedad y ríen cínicamente sin que haya ningún mecanismo institucional eficiente que los subordine, que los ponga en la barandilla de los acusados para sujetarlos a proceso judicial.

¿Cómo ha sido posible que Duarte haya dejado las arcas del Estado de Veracruz vacías? ¿Cómo es posible que el gobernador de Veracruz tuviera más de 140 cuentas bancarias sin que nadie lo advirtiera? ¿Cómo es posible que Borge haya dispuesto de 9,500 hectáreas para el beneficio de amigos y familiares? Opino que estas acciones son concertadas. Las disposiciones legales establecen que los gobernadores deben estar subordinados a ciertas reglas mínimas. Suponemos que los congresos locales, sus diputados y representantes populares, estaban enterados del destino de los fondos que se le transferían. De alguna manera ellos aprobaron tales fondos y se los entregaron al ejecutivo.

Se sabía que Duarte era un verdadero facineroso con poder, pero nadie hizo nada durante seis largos años. ¿No hubo organismos encargados de vigilar el gasto? ¿No hubo una Secretaría de la Función Pública encargada de examinar cada año y de tiempo en tiempo el comportamiento de las autoridades? ¿Qué sucedió con las Procuradurías de Justicia, la federal y las locales que no fueron capaces de llamar a cuentas a los administradores públicos? ¿Qué es lo que hizo la Secretaría de Hacienda que envió grandes cantidades de dinero a los gobernadores sin ningún recibo que lo acreditara? ¿No cuenta con mecanismo de control la SHCP? ¿Cómo es posible que el Congreso de la Unión, los Diputados y Senadores, no hayan advertido el tsunami que se avecinaba con la salida de Duarte?

El Presidente Enrique Peña Nieto en un programa de televisión afirmó que los dos Duarte (Javier y Cesar), que Borge y Manuel Velasco gobernador de Chiapas formaban parte de la avanzada joven del PRI. En efecto, se comprobó que los miembros del llamado “Nuevo PRI” son más corruptos que los generales y abogados que lo fundaron hace más de 8 décadas aunque sean jóvenes, lo que significa que la juventud no es garantía de honestidad.

El Presidente tenía a estos gobernadores en el frente desde donde ha dispuesto de la riqueza nacional para repartirla entre sus más cercanos.

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El presidente Enrique Peña Nieto y los gobernadores al inicio de su sexenio

En Veracruz, en Chihuahua, en Quintana Roo, en Chiapas, en Oaxaca, en Michoacán los gobernadores al servicio de los poderes centrales han jalado el agua y el molino para sus haciendas sin el menor pudor ni temor de ser sancionados por ninguna autoridad.

Peña Nieto se rasgas las vestiduras y pide a la sociedad no juzgar al PRI en su conjunto por “unos cuantos que defraudaron a la sociedad”. Pero, Señor, ni son unos cuantos, sino que son muchos que cargan hasta con el petate del muerto. No es justo que los políticos se aprovechen de sus cargos para enriquecerse, por eso, me parece que el ejemplo que ha dado el espantapájaros Trump deberían de seguirlo nuestros gobernantes.

ALFONSO BULLE GOYRI*Alfonso Bullé Goyri. Escritor, editor y crítico de arte. Ha publicado en diversas revistas y periódicos nacionales


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