La noche de los lápices rotos

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“La verdad se esconde tras las interpretaciones que la comprenden” – Che Guevara.

Rael Salvador* / A los 4 Vientos

El tiempo no resucita cadáveres.

Sin dignidad, ni hijos qué perder, ¿qué se espera? ¿Que ya no quede nadie?
Herido de narcotráfico, el país se tambalea; llaga supurante, el convite de la ignominia, fiesta mayor, no termina: ayer sucedió en octubre, hoy no fue indispensable llegar al mes fatídico (Che, Tlatelolco 68…).

El hombre que guarda memoria –pobre, pudiente o igual de miserable–, sabe que de la ida al crimen no hay retorno: humo ácido, astillas de carne desgarrada, sombras en las fosas del secreto.

30 años después, bajo la pista de aterrizaje del pueblo de Villa Grande, Bolivia, se recupera el cadáver, ausentes las manos, de Ernesto Che Guevara (le acompañan el sueño de tierra, hueco en el tiempo, siete guerrilleros); 30 días más adelante, después de la noche de Ayotzinapa (26 de septiembre), sin pista, en la Iguala de la Independencia, estado de Guerrero, México, se encuentran los lápices rotos, las mochilas ultrajadas y los sacapuntas deshechos… los poemas calcinados de una generación inconclusa que, con su ejemplo grabado a fuego sobre la piedra de la vida, aleccionan a los maestros de las escuelas del mundo.

¿Qué hay de cierto en toda similitud figurada?

El viejo desencanto de saberse vivo entre jóvenes muertos: expirar entre laureles el hálito de toda esperanza.

Lo sabían, lo intuíamos: la federación pactó un silencio miserable con la incapacidad de los medios de comunicación –dolor, simulaciones, tecladeo express, lágrimas–, sin dejar de parecer honestos ni incapaces.

La ingobernabilidad de Ángel Aguirre está desaforada desde la innombrable Noche de los lápices rotos; identificada la ruta del dispendio, observamos el trávelin fantasma de un alcalde ominoso y su mujer en falsa fuga…; rojos de juventud, los restos frescos de los alumnos ya se encontraban en el mapa de la ubicación.

¿Inhabilidad táctica? ¿Estrategia modorra? ¿Pericia en las penumbras?

Lo intuíamos, lo sabían: ¡El ahora ex gobernador del PRD negoció, con tiempo y contando la morralla de las ganancias, una salida económica con indeleble olor a excremento y sangre! ¡No hay sorpresa que venga de Veracruz y sus hoteles de costumbre! ¡Los sicarios, brazo de burro del narco-estado, no confesaron hoy!

Voces de impiedad, con sobrada antelación escupieron su miseria: “Yo participé matando a dos de los ayotzinapos, dándoles un balazo en la cabeza, y no son de los que quemamos, están enteritos (…) El Choky ordenó que bajáramos a los diez… Yo le disparé a dos en la cabeza, Gaby mató a otros dos, Choky mató a uno, la Vero mató a otro y dejamos vivos a cuatro. (…) En ese momento arrastraron a los seis muertos al hoyo en donde el Gaby les roció el diésel y también les prendió fuego hasta que se calcinaron”.

En los límites de la ley, afrontando la crueldad sabida y la evaporación prefigurada –43 normalistas ejecutados (que se suman a los anteriores), hermanos del humanismo, tiro al cuello–, las manifestaciones en las calles son tan sólo el negligé decente que se pone el pueblo para hacerse ver.

Descarga, estallido que saja… luego el arrastre, la excavación, el diésel y las llamas; las llamas que nos llaman. Las llamas que nos hallan y nos allanan.

¿Por qué se ordenó la masacre? ¿Dónde cabe tanta inclemencia terrenal? ¿El dinero negro que hace inmunda al alma?

La dignidad, calavera que escapa como un borbotón de hueso por el portón abierto de la carne: un rostro que es otra máscara de nuestra tormentosa noche mexicana.

Bandera del morbo, la sociedad actúa en los confines deshonrosos de su cárcel nacional.

¿Hasta cuándo seguiremos marchando?, interrogan los amos de la acción, mientras lo guerrilleros de las redes sociales, ebrios de soledad, iluminados por las ofertas, dilucidan los derechos de los inocentes, encubriendo sus propias culpas. 
¿Qué se espera? ¿Más balas por plata?

Los normalistas resguardaban los lápices de la hoguera con la que se pretende “iluminar” la educación del país.

A toro pasado, idiosincrasia burocrática, ¿qué sabe la demagogia de esa cosa supurante llamada Aurelio Nuño y su circo bufo de profesorcillos amaestrados, amansados y amensados por la ignorancia, el miedo y la conveniencia?

¿Qué es un gobernador? ¿Qué lealtad debe guardar una alcaldía? ¿Quién se encuentra en la cumbre del organigrama de la moralidad pública para que los supuestos “leales” se codeen, lesa humanidad, con las cucarachas, las ratas y los buitres del narcotráfico y otros grotescos encantos de la corrupción?

Lo decía Albert Camus: “Más vale equivocarse sin matar a nadie, que tener razón ante un montón de cadáveres”.

Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada,instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía. En su momento, editor del suplemento cultural Palabra. Correo electrónico: raelart@hotmail.com

* Kristallnacht (La noche de los cristales rotos), ignominia de la Alemania nazi contra la población judía, realizada las noches del 9 y 10 de noviembre, participando la población civil, mientras las autoridades alemanas observaban sin hacer nada para detener la tragedia.

https://www.4vientos.net/2016/10/01/2-anos-de-ayotzinapa-del-narco-estado-y-el-grito-presente-de-ensenada-galeria-y-video/


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