José y el Condor

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José vivía en una pequeña aldea kiliwa de nombre Arroyo de León, situada no muy lejos del Valle de la Trinidad; ahí José y los demás chicos de la aldea iban a la escuela en un carro con un mejor pasado, que dando tumbos por el camino dejaba atrás un torbellino de polvo. Como en esa aldea no había luz eléctrica sus habitantes no contaban con televisión, ni radio, por lo que los chicos se entretenían realizando actividades al aire libre o con las tareas asignadas por sus padres.

Alma Preciado / A los 4 Vientos

Tenía doce años, era alto, robusto, moreno, de cabello lacio y áspero, como la crin de los caballos; con mejillas y manos ennegrecidas y ajadas por el intenso frío del crudo invierno y la falta de buen humectante (manteca, vaselina o cold cream, que detestaba usar pese a la insistencia de su madre: “son cosas pa’viejas”). Todas las tardes se calaba su gorra de béisbol hasta las orejas, y con su yompa de mezclilla de forro aborregado, y camisa a cuadros se iba a sacar las chivas del corral para llevarlas a pastar a las colinas y a beber agua del arroyo. Caminaba tanto detrás de estos escurridizos animales que regresaba a casa  cansado y algunas veces se iba a la cama sin cenar. Su mamá, consciente de ello, le llevaba algún bocado para que no se durmiera con el estómago vacío y así evitar que  su espíritu se levantara a deambular en la obscuridad.

José no tenía un caballo como sus hermanos, pues su papá consideraba que no era lo suficientemente grande para tenerlo.

—Tienes que demostrar que eres hombre para poder tener un caballo─ decía papá con voz grave cuando hablaban del asunto.

Un día José preguntó a su hermano cómo hacerle para probarle a su padre que era grande y podía tener un caballo.

Debes hacer algo diferente y a la vez extraordinario.

─ ¿Diferente, como qué?— preguntó José asombrado.

─ Busca en el monte y tráele un gran regalo.

─Un gran regalo Mmmm… parece buena idea─. Le pidió a su hermano que cuidara las chivas al día siguiente para ir a buscar el regalo para papá.

Era sábado y no había escuela. José se levantó muy temprano en la mañana y caminó y caminó por horas sin hallar nada extraordinario. Cansado se detuvo a beber agua del arroyo bajo la sombra de un sauce. Recargó su cabeza en el tronco dispuesto a dormir una siestecita cuando escuchó las voces de dos ancianos que charlaban sin percatarse de su presencia.

─ ¿En esta época del año el gran pájaro de la montaña pone su huevo azul?

─El cóndor. Claro que sí. De pequeño siempre quise obsequiarle un huevo de cóndor pintado a mi padre, pero nunca me atreví a escalar el picacho para llegar a la cueva del ave. Sabía que ese sería un gran regalo para él.

─Un huevo pintado. ¡Eso es!— pensó José. Y regresó muy contento a casa, pues encontraría el huevo y pintaría un pedazo de monte en él, y su papá estaría feliz con el regalo.

Esa noche cenó y se fue a la cama temprano, pues tendría que madrugar al día siguiente. En el mes de febrero el frío de las mañanas es muy intenso; el hielo blanquea el suelo y los techos de las casas de la aldea; los perros se acurrucan en los quicios de las puertas para cobijarse. Eso no impidió que José se levantara antes del amanecer, tomara una botella de agua, y un poco de carne seca, y saliera  de casa sin avisar a nadie. Caminó a hurtadillas para que los perros no ladraran por su presencia. Cuando llegó al camino se dirigió hacia donde sale el sol, a donde se encuentra  el cerro del picacho.

Después de caminar buen rato divisó la punta del picacho, se alegró pues pensó que ya le quedaba poco trecho. Sin embargo caminó cinco horas más. Al llegar al pie de la cumbre, cansado de caminar, se echó abajo de unos matorrales a descansar. Bebió y comió un poco para recuperar fuerzas y más adelante emprendió su viaje en ascenso para llegar a la cueva donde esperaba encontrar tan anhelado huevo. La escalada era difícil; el terreno era muy rocoso y había muchas plantas espinosas: chollas y uñas de gato, que se le enganchaban en la ropa o lo rasguñaban al paso cuando intentaba aferrarse a ellas para tomar impulso, y lograr llegar a la cueva. Ésta no era muy profunda por lo que se podía ver el huevo desde afuera.

─El huevo está solo. Aprovecharé para entrar ahora que no está su mamá.

Estaba a punto de entrar cuando una sombra cubrió el lugar. Sorprendido José miró hacia arriba para ver qué cubría la luz del sol, y vio a la enorme ave con las alas extendidas que volaba sobre su cabeza. Tenía la cabeza calva, y de un rojo profundo por la excitación

̶ ¡¿Qué intentas hacer?! ¡¿Robar a mi hijo?! ─Exclamó el ave. ̶ ¿No ves que ya quedamos muy pocos? Ustedes han acabado con nosotras. Yo solo pongo un huevo cada dos años, si te lo llevas qué va a ser de mí y de mi especie. Desapareceremos de este mundo y ya no habrá quien limpie las inmundicias de los bosques. ¿Te gustaría que tu especie desapareciera? ¿Que ya no hubiera más de ustedes?

─ Disculpe señora cóndor. Quería llevarle un regalo a papá. Su huevo es tan bonito y grande que quería pintarlo y obsequiárselo. Él me daría un caballo, y yo no tendría que caminar cuando cuido a las chivas. No me llevaré su huevo. Prefiero no tener caballo que llevármelo─ dijo José con los ojos llenos de lágrimas.

Al verlo angustiado, el ave exclamó:

─ Voy a darte un regalo que encantará a tu padre─ y lanzó un objeto a los pies de José. Era una enorme pluma negra de una de sus alas. José pensó que ese no era un regalo extraordinario; era una pluma y de esas había muchas tiradas en el monte. Se enjugó las lágrimas, agradeció al ave y emprendió el camino de regreso.

Oscurecía cuando llegó a  casa. Los perros ladraron al oír sus pasos. Sus padres, al escuchar los ladridos, salieron y lo vieron llegar con paso cansado. Corrieron a recibirlo, estaban muy preocupados por no saber dónde había pasado el día. Con la cara triste y expresión cansada les contó la historia, y entregó a su papá el regalo que le había dado el cóndor. Su padre lo abrazó, entraron a la casa, cenaron juntos, y contentos se fueron a la cama.

A la mañana siguiente la madre despertó a José y le dijo que su papá lo esperaba afuera. Salió presuroso y con sorpresa vio a su padre que llevaba orgullosamente puesta la enorme pluma negra en su sombrero; sostenía con su mano derecha un caballo pinto con la crin roja y los ojos azules.

̶ Es tuyo, te lo has ganado ̶  dijo el padre con cariño.

José obedeció emocionado y, con lágrimas en los ojos, acarició la crin roja de su cuaco. Lo montó y salió galopando hacia el monte. El aire frío de la mañana le tocaba la piel y movía su cabello. Era el día más feliz de su vida.

*Maestra jubilada.


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