Equidad

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“Allí dónde alguien lucha por su dignidad, por la igualdad, por ser libre, mírale a los ojos”: Bruce Springsteen

La enorme responsabilidad que implica la publicación de cualquier infamia en contra de una persona o personas, en el mundo chismoso de las redes sociales utilizadas para desprestigiar por el simple hecho de poder hacerlo. Una venganza, una frustración, una obsesión patológica hacia la víctima o víctimas, blancos de oscuras intenciones y sin el mínimo asomo de empatía o sensibilidad, pese a lastimar también a quienes rodean y aman.

José Luis Treviño Flores / A los 4 Vientos

Una vez hecho el daño, la imagen brindada a los internautas, más la replicación instantánea del abominable ataque, desemboca en la vergüenza y la impotencia inicial que provoca observarse como desde una impersonal distancia, no queriendo ser esa o esas imágenes acompañadas de copiosos adjetivos y verbos hirientes y humillantes.

De inmediato el cerebro comienza a procesar como rehén de las emociones y apelando que quienes lo conocen o los conocen, no permitirán que algo tan ruin y maquiavélico fructifique, pero no, las dudas son las primeras asaltantes de los ánimos colectivos: “¿Será? ¿Acaso los años de convivir y no sabía eso que andan diciendo? ¿Y si es cierto?”

Entonces se abre un abismo entre el ser conocido, apreciado, admirado y los adjetivos que descalifican tupidamente en las redes, gente que habla porque tiene boca y escribe lo que quiere al amparo del anonimato virtual.

El daño moral tiene implicaciones jurídicas que al ser bien argumentado, puede establecer un parteaguas entre el acoso y persecución insustanciales y la definición de un crimen cibernético con responsabilidades de reparación de daño en interpretación monetaria o de pena corporal.

Las personas piensan que nada se puede hacer, pero nada más alejado que eso, una demanda por daño moral bien armada, es contundente y definitiva, es más confiable y restauradora que un contraataque visceral y desgastante, siempre habrá personas que su solvencia y sentido común, coadyuvarán a sanar las heridas causadas por monstruos amorales, que en su sociopata psique, se relamen el ego y la podrida conciencia que les queda.

Incluso existen madres y padres que pasan por encima de sus propios hijos, y a diferencia de lo que se piensa, hay muchas mujeres que actúan con mayor crueldad lastimando a sus hijos para dañar al padre y viceversa.

Es muy común observar en las redes guerras genéricas y persecusiones épicas de mujeres hacia hombres, respaldadas en su género y sin el mínimo recato, pese a estigmatizar a quienes con ‘orgullo’ dicen parieron. Ésta postura sigue teniendo éxito debido a que el maltrato físico, económico, sexual y psicológico hacia la mujer, ha promovido que las leyes se direccionen al género y no al individuo, por ello, el individuo mujer, abusa de su condición de género y a sabiendas de que será escuchada y creída somete al hombre a las más aberrantes humillaciones y prohibiciones, además de marcar de por vida a sus propios hijos.

Cuando la situación es a la inversa y el hombre es la víctima, habrá de pasar por un infierno tratando de demostrar que su paternidad es tan válida como la maternidad y que es capaz de amar y proteger en igual medida y que si es violentado, también tiene derecho a denunciar y exigir salvaguardar su integridad y la de sus hijos.

El abuso sistemático a la mujer, ha provocado y promovido no sólo modificación a las leyes que eran necesarias y urgentes, también provocó un estigma al género masculino y por el sólo hecho de serlo puede ser susceptible de ataques y calumnia, y en tanto logra demostrar su integridad como padre y hombre, algunas mujeres aprovecharán la legislación sin importarles el daño provocado.

No se trata entonces sólo de géneros y su confrontación, mucho menos aprovechar el género y su beneficio en las leyes adecuadas en su defensa como armas, para sepultar en ignominiosas acusaciones a hombres que por mucho y según algunas estadísticas, recurren al aislamiento, a la depresión y en casos extremos pero muy frecuentes, al suicidio.

La equidad no es lo mismo que igualdad, la balanza se debe equilibrar observando a la mujer como individuo y su conducta hacia el género masculino y visceversa cuando la problemática familiar, de pareja, paterna o materna, llegan a instancias públicas, legales o no, jamás debiera permear el hecho de contar con la sola palabra acompañada del fantasma del abuso social, generalizando, aprovechando y promoviendo la condición de género.

Es urgente el reacomodo y promulgación de leyes que permitan una real y justa equidad que no sólo protejan al margen del género, sino que impidan el otro abuso, no mencionado ni ponderado por el simple hecho de ser hombre: abuso por condición.

Ambos en su humanidad y derechos son inalienables, la reeducación social, familiar y escolar deben caminar en la realidad y no permitir que las personas se vean exhibidas en el aparador mediático y de redes, y que cuando el daño moral sea comprobado, la justicia sea implacable, para que los individuos, enmarcados en sus géneros piensen dos veces antes de lastimar, perseguir y acusar desde su más profunda frustración y patología personal que nada tiene que ver con el aprovechamiento insano de la condición de género.

“La igualdad es una necesidad del alma humana, la misma cantidad de respeto y atención se debe a todo ser humano porqué el respeto no tiene grados”: Simone Weil

*José Luis Treviño Flores, Coordinador Académico en el subsistema de secundarias técnicas. Escritor, dramaturgo.

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