Elecciones 2019 en Baja California: retos y perspectivas. Una mirada desde la izquierda.

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Existen dos aspectos que a mi juicio destacan sobre todos los demás en los resultados electorales del 2 de junio en Baja California: El triunfo arrollador de Morena y un nivel de abstencionismo que se mantiene obcecadamente alrededor del 70%.

Armando Duarte Moller/ 4Vientos

El primero de ellos, concretizado en el triunfo de Morena en la gubernatura, las 5 alcaldías y los 17 distritos electorales, expresa varias situaciones.

En primer lugar expresa la reiterada voluntad de un amplio sector del electorado de avanzar hacia un cambio de partido en la gestión del poder político en el estado y en los ayuntamientos, acabando con el dominio ejercido por el PAN durante 30 años.

Este triunfo viene impulsado por los aires de renovación política que soplan con fuerza en el país y que corresponden al deseo de millones de mexicanos de alcanzar una mejoría sustancial tanto en lo personal como en el país en lo general, y que en Baja California se manifiesta una vez más en la reiteración de la confianza en los candidatos de Morena por parte de la mayoría de los que votaron.

Estos candidatos tienen ante sí la enorme responsabilidad de estar a la altura de las expectativas de los electores que los encumbraron en el poder, de no fallarles si es que desean contribuir eficazmente al progreso de la llamada 4ª. Transformación.

Y en el caso de Morena, éste tiene el reto no menos grande de demostrar en los hechos que realmente es un partido diferente, que no recurre a las prácticas viciadas de los partidos llamados tradicionales y en donde los militantes del partido constituyen la auténtica voluntad del partido.

En segundo lugar constituye una estrepitosa derrota del PAN y del sector de la clase política agrupada en su entorno, lo que abre la posibilidad de una saludable renovación de cuadros políticos que fortalezcan el impulso transformador del cambio reclamado por los electores. 

Francisco “Kiko” Vega, gobernador panista de BC, dijo: “tengo la conciencia tranquila, duermo bien”(Foto:Cuartoscuro)

Estos cuadros políticos, a fuerza de una prolongada estancia en el poder se habían anquilosado y corrompido. Este partido está obligado a iniciar una reestructuración mayor basada en una profunda y honesta autocrítica si es que aspira a seguir siendo protagonista en la vida política estatal en vez de tratar de encubrir sus fallas y errores detrás de tramposas evaluaciones sobre su realidad, como las que esgrime su dirigente nacional. Su derrota en Baja California entraña una dimensión histórica: fue hasta ahora, uno de los triunfos más emblemáticos del panismo a nivel nacional, el primer estado donde se hizo gobierno y el único que ha gobernado por tres décadas.

No podemos dejar de mencionar en este punto la triste realidad del priismo bajacaliforniano arrojado por los electores a un rincón del escenario político. Ha sido tan brutal la caída que es difícil pensar que su situación tendrá remedio. Veremos.

El segundo aspecto al que hago referencia tiene que ver con el nivel de participación electoral.

Sólo 3 de cada 10 electores acude a votar en BC. Foto: internet

Sólo 3 de cada 10 electores acude a votar en BC. Foto: internet

Luego de haber tenido porcentajes de concurrencia a las urnas dentro de los parámetros nacionales, la situación cambió dramáticamente desde la década de los 90 del siglo pasado (80% de abstencionismo en las elecciones locales de 1992). Nuestro estado está colocado ahora entre los que tienen mayor abstencionismo electoral, sobre todo cuando se trata de elecciones estatales.

Según las cifras proporcionadas por el Instituto Estatal Electoral de Baja California, el promedio de participación en los comicios estatales de los últimos 20 años es de tres de cada 10 ciudadanos inscritos en el padrón electoral. Esto no es un dato menor, por más que las élites que nos han gobernado hasta ahora hayan menospreciado el problema e incluso lo hayan alentado como parte de su estrategia de permanencia en el poder (mientras menos ciudadanos voten, el voto duro o corporativo se vuelve más determinante en el resultado de la elección).

La consecuencia directa de un elevado abstencionismo es la afectación de la legitimidad del gobierno y sus instituciones, ya que quienes ocupan los cargos lo hacen con el respaldo de una muy pequeña parte de los ciudadanos.

Con niveles del 30 % de participación, como es el caso de la elección que nos ocupa, un candidato ganador con el 50% de los votos emitidos apenas logra el 15% del apoyo del total de los ciudadanos inscritos en el padrón. ¡Un gobierno estatal o municipal, un congreso local apoyado sólo por el 15% de los electores! ¿Con qué autoridad gobierna? ¿Con qué cara exige a la ciudadanía el cumplimiento de sus obligaciones? ¿Con qué legitimidad reclama el pago de contribuciones? ¿Con qué autoridad puede disponer del erario público? ¿Con qué legitimidad convoca al pueblo a participar en los asuntos públicos?

El asunto de la legitimidad impacta directamente en la gobernabilidad, en la calidad de la democracia. Una escasa legitimidad es terreno fértil para el abuso del poder y la corrupción. Basta ver el estado desastroso en que ha caído la política en México.

Ahora bien, el problema del abstencionismo no se le puede imputar, de ninguna manera, a Morena y sus candidatos. Éste es un partido muy joven, apenas 4 años de existencia legal. En mi profesión, he estudiado este fenómeno y he corroborado que la apatía electoral es un problema complejo, con múltiples factores condicionantes, pero  puedo afirmar que de ellos, uno de los más relevantes en nuestro país tiene que ver con el desempeño de los políticos y de las instituciones políticas mexicanas, en particular, del gobierno y de los partidos.

Hay una muy fuerte correlación entre el abstencionismo con el desencanto de los ciudadanos con la política, con los políticos y con las instituciones políticas y, en consecuencia, con la calidad de la democracia mexicana. Esto es responsabilidad sobre todo de quienes han estado usufructuando el poder durante décadas y de los partidos tradicionales, destacadamente el PRI y el PAN.

En el caso del PRI, existe un consenso entre los estudiosos de la política mexicana que el uso de prácticas como el corporativismo, la compra de votos, el uso de los recursos públicos en beneficio de sus candidatos, el fraude electoral, etc., ha obedecido a una estrategia, es decir, a una acción deliberada, en la que el desarrollo y fortalecimiento de la democracia no estaba entre sus objetivos. El objetivo único fue siempre, porque así se lo planteó ese partido desde sus orígenes en 1929 bajo la denominación de Partido Nacional Revolucionario, la conservación del poder.

"El Jefe" Diego Fernández de Cevallos y el expresidente Carlos Salinas de Gortari

“El Jefe” Diego Fernández de Cevallos y el expresidente Carlos Salinas de Gortari

En el caso del PAN, desde 1988 dio muestras de que su compromiso con la democracia tampoco resistía los embates del pragmatismo. Los valores cedieron sistemáticamente al imperativo racional instrumental del fin perseguido: hacerse con el poder, Así fuera necesario avalar la cuestionada, incluso en su momento por ellos mismos, victoria de Salinas en 1988. De ahí en adelante, las llamadas “concertacesiones” fueron desbrozando el camino del PAN hacia la presidencia de la República, lo que logran en el 2000. Su triunfo entonces, que abrió esperanzas entre no pocos mexicanos en la posibilidad de un cambio democrático, no tardó en dar al traste con la confianza en ellos depositada en virtud de sus prácticas políticas viciadas. La élite panista se subió alegremente al tren de la corrupción.

Considero, con base en el estudio que he realizado al respecto, que es la reiteración prolongada de estas prácticas lo que se encuentra detrás de la apatía de la gran mayoría de los ciudadanos en Baja California y en un alto porcentaje de los electores en el país. Revertir el abstencionismo en consecuencia es una tarea que tomará tiempo y que sólo puede ser realizada mediante una auténtica transformación en los modos de hacer política aunada al impulso, con acciones concretas, del desarrollo de una nueva cultura política en el pueblo. Esa es precisamente la responsabilidad que su triunfo le ha conferido a Morena. No es que sólo este partido deba hacerlo, pero ser el depositario de la confianza del sector mayoritario de los ciudadanos que han acudido a votar lo compromete más que a cualquier otro.

La pregunta es ¿Podrá hacerlo? La respuesta depende por una parte, de que sus gobernantes y funcionarios desempeñen sus responsabilidades con probidad, esto es, privilegiando los intereses de la ciudadanía y los valores de una nueva cultura política, y por otra parte, de que el partido proscriba en sus filas las prácticas viciadas características de la política mexicana hasta hoy: el autoritarismo, el elitismo, la imposición, el influyentismo, el nepotismo, el desprecio a la militancia, el grupismo, la intolerancia, la coerción, el abuso de poder… en fin, que Morena haga verdadera política y que se deslinde por completo de la politiquería. Ahí está el reto para este partido.


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