Don´t look up: Catarsis libidinal con lo que ya sabemos

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No hay aquí la intención de hacer una reseña de la película (que ya las hay hasta el cansancio) ni se pretende recomendar que sea vista o no; solo se toma como referencia para hacer algunos apuntes sobre las extravagancias de nuestro actual Brave new world.

 

Foto: Facebook.

 

Alfredo García Galindo* / 4 Vientos / Foto destacada: La cultura de la cancelación se vuelve letal en las redes sociales donde la inmediatez permite una extraordinaria viralización de los mensajes, de manera que hashtags, fotos y vídeos suelen transformarse en armas de linchamiento virtual y público. (Periódico Vas, Buenos Aires).

Contada en forma breve, la cinta es una suerte de alternativa política y en humor grisáceo de películas que se ocupan de diversos armagedones: un enorme cometa impactará a la Tierra en seis meses, pero pocos toman en serio a quienes hicieron el descubrimiento –una estudiante de doctorado en astronomía y su mentor–, porque el mundo entero se encuentra sumido en una alienación tan prosaica y posmoderna, que gozar la vida en un hoy perpetuo parece mucho más importante que la amenaza de la devastación total en un plazo tan cercano.

Siendo así las cosas, si bien la trama apunta hacia la indolencia convertida en mal global, no es una propuesta que insinúe una lectura crítica que vaya a los fundamentos de semejante sinrazón; de hecho, de botepronto podríamos concluir que la sugerencia del filme es que las grandes tragedias globales se deben a esa idiotez pandémica de la que podemos quejarnos o reírnos durante dos horas y no a una crisis civilizatoria profunda en la que nuestras más arraigadas frivolidades son manifestaciones y no causas de la misma, lo cual se parece al simplismo esencialista de culpar de los males terrenales a que “el ser humano es egoísta por naturaleza”.

En efecto, la alienada psicología de la globalidad contemporánea sólo es exhibida en la película en muchas de sus manifestaciones, más no es problematizada en su cariz estructural (cosa que, habrá que decirlo, no tendría que ser necesariamente obligación de sus creadores).

Así, se expone de modo muy explícito la sordidez discursiva y del lenguaje que el universo en línea muestra con cosas como la adicción por las reacciones en las redes sociales, el cauce que siguen las fake news, la viralización de los memes o el linchamiento virtual; es decir, se habla en voz alta de todo aquello que en general ya sabemos y que muchos críticos de la modernidad denuncian, paradójicamente, sirviéndose del mismo panóptico que monta el propio internet y del que felizmente participamos todos o casi todos en forma voluntaria.

 

Don´t look up no habla de algo nuevo sino funciona como una suerte de catarsis de pantalla que nos permite reírnos no solo de nuestra propia miseria, sino también del camino trágico que hemos elegido para nuestra progresiva inmolación en la pira gozosa del capitalismo tardío (Facebook).

 

El mismo cauce siguen en la historia otros rasgos de nuestros tiempos líquidos, como la banalidad extrema de los programas matutinos, el encumbramiento de artistas que parecieran elegir la puerilidad como estrategia mediática o la grosera desidia de los políticos estilo Donald Trump: es decir, todo aquello que ha terminado por encumbrar a la estupidez y a la desmesura como paradigmas de nuestros tiempos.

Es por ello que Don´t look up no habla de algo nuevo sino funciona como una suerte de catarsis de pantalla que nos permite reírnos no solo de nuestra propia miseria, sino también del camino trágico que hemos elegido para nuestra progresiva inmolación en la pira gozosa del capitalismo tardío, el cual tiene la peculiar destreza de mercantilizar hasta la crítica abierta de sus falencias más vergonzosas convirtiéndolas en éxitos de taquilla, o de suscripción, en este caso.

De este modo se vuelve tanto o más interesante poner atención a las reacciones que como espectadores tenemos frente a las propuestas fílmicas de moda y no sólo a lo que nos están planteando en sus libretos; en otras palabras, se convierte en objeto de estudio el hecho de que una película reciba tal beneplácito de tantos y que esté incluso llegando a ser considerada de culto por algunos.

En un entorno semejante, no es que el fetichismo de las mercancías ya no exista y ahora esté presente solo en realidades intangibles como la información o lo que vemos en pantallas, sino se confirma presente también en su versión ampliada a los servicios y a las cosas inmateriales puestas en el mercado.

 

Consumismo virtual (Captura de pantalla en Facebook).

 

Es el caso de los contenidos de streaming; es decir, los aspectos psicosociales y simbólicos vinculados con la experiencia del consumo no dependen necesariamente de que lo comercializado sea un objeto sino de las pulsiones que despliega aquello que adquirimos, aun cuando se trate de algo impalpable como la conexión a Netflix, y aun cuando lo hagamos para poder ver una película que nos habla justamente de nuestra enajenación, con lo que parecería reiterarse lo que dijo Marx a propósito de ese fetichismo: “La producción no produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto”.

Se refleja en sí la paradoja de que experimentemos en forma libidinal los dramas de la vida a través de los contenidos que Netflix nos ofrece en forma prefabricada para que incluso no perdamos el tiempo de pensar en qué es lo que realmente quisiéramos ver y para que, en dado caso, sintamos el deleite de la compañía en la desgracia, porque a través del autoengaño del espectador sobre el que se monta el éxito de todo el cine y de todas las series de televisión de la historia, asumimos que los protagonistas viven los mismos dramas que nosotros.

En este sentido es que también se vuelven tan significativas como símbolos nuestras reacciones con la película más allá de la calidad del discurso utilizado o de cualquier otro atributo que podamos reconocer como meritorio en la misma; la polaridad esquizoide de nuestra sociedad se desnuda con la división de opiniones que ha suscitado, no sólo porque haya quienes la llaman una basura y otros más hablen de que se trata de una obra maestra, sino porque también haya muchos otros que se dedican a devorar todas las reseñas posibles para forjar la decisión personal de sí les gustó o no la cinta; percepciones, todas ellas, metidas en el mismo saco de la urgencia por satisfacer el morbo por no quedar fuera de aquello de lo que todo mundo habla.

En fin que, en el cenit de nuestra cultura global de streaming, Don´t look up nos reitera que el goce libidinal no sólo se deriva de que Netflix y el boca a boca en línea nos digan qué cosa debemos apetecer de lo que todavía no hemos comido, sino también, en muchos casos, de que estemos atentos a la asesoría mediática que nos convenza de qué cosa de lo que ya tragamos es la que realmente nos gustó, aun cuando se haya tratado de algo que nos pareció sumamente familiar o que ya sabíamos.

 

*Alfredo García Galindo es economista, historiador y doctor en Estudios Humanísticos. Es catedrático y autor de diversos libros y artículos; ha impartido charlas, ponencias y conferencias, enfocándose en el análisis crítico de la modernidad y del capitalismo a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología. Correo electrónico: tiphon55@hotmail.com

Ensenada, B.C., México, jueves 30 de diciembre del 2021.

 


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Un comentario en "Don´t look up: Catarsis libidinal con lo que ya sabemos"

  1. Gustavo dice:

    Alfredo, entre 1975 a 1977 hice mi maestría en el IPADE y tuve unos muy queridos maestro como Carlos Llano Cifuentes y Don Manuel García Galindo, ¿algún parentesco con este ultimo?

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