Cuento: Respiro póstumo

Alcé una inquietante mirada a todas direcciones y me di cuenta que ya no habían quedado nada de aquel enorme palacio.

Jorge Oswaldo Preciado*

Todo, absolutamente todo se derrumbó, dando lugar a nada más que a agrietadas piezas y escombros de aquello que se ha forjado durante tantos cientos de años, y que ni ejércitos ni mares, pudieron mover o empujar.

Una espesa brisa, una clara niebla y un sol qué lento se asomaba, saludando su cara hacia mí, indicándome que pronto el cielo estaría despejado.  No podía más que quedarme atónita, alzada, erguida pero con el alma hecha pedazos, como si mi cuerpo estuviese tumbado, derrumbado en el aún, fresco césped, contemplando qué, de todo aquello, ya no quedaba nada.

Foto: Internet.

Y de repente, sin previo aviso, se escuchó un temblor y se percibió, se sintió un trueno. !El clamor del cielo en plena mañana!  Esto dio paso a la llegada de la bestia que lo había provocado. Esta vez, físicamente arrodillada al pasto, levante la  mirada, con la cara volteada hacia atrás mío y pude darme cuenta que ahí estaba; el ser causante de esta hecatombe, la cosa que había provocado tal catástrofe, el ente de pesadillas, merodeador de una inefable destrucción.

Con su llegada no pude más que agachar mi cara, de la cual colgaban mis lágrimas y con el cantar de las olas en el muelle creado por tal devastación.

No me queda más que esperar a que el verdugo dicte la sentencia para la llegada de mi último aliento…

* Psicólogo por la UABC y Asesor Educativo en el Sistema de Secundaria Abierta en La Paz, Baja California Sur

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