ATERRIZAJES: los creacionistas imberbes

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Yo también soy un dios a mi manera

un creador que no produce nada — Nicanor Parra

Adán Echeverría / A los 4 Vientos

¡Hartos ya de aquellos que se dicen músicos porque saben mover las maracas, pintores porque hicieron el dibujo de un perrito, escritores porque su maestra de secundaria los alienta, diseñador porque hicieron el logo del trabajo de su equipo de prepa, el logo de su banda o el logo de la marca de la empresa de papito!

Continuamente escuchas en un taller literario, en una lectura pública, y hasta en un Encuentro de Escritores: éste poema lo acabo de escribir en lo que venía para acá.” ¡Me causan tanta risa! No sé realmente qué esperan aquellos que dicen semejante línea. Quizá que uno diga: ¡Wow!, qué gran poeta, qué joya le ha dictado la musa. ¿En verdad lo creen? La soberbia se apodera del artista mucho más rápido que la musa.

Para ser un artista se requiere algo de lo que muchas personas carecen: DISCIPLINA. Y ésta no se alcanza inscribiéndose a un taller gratuito y asistiendo cuando se nos da la gana, no se consigue pasando con seis las materias de la licenciatura. La disciplina del artista se vive en el ‘todos los días’, en el ‘a cada rato’, en el insomnio, en el saber que no se está conforme con el primer texto que se lanza sobre la hoja blanca.

Soy poeta porque 15 personas le dieron like a mi poema por los 43 desaparecidos, yo diseñé tres memes sobre la fuga del Chapo, soy el mejor diseñador del mundo mundial. La situación no puede quedar en ello. No puede quedar en no rompernos sobre la hoja en blanco, en no desbaratarnos, y menos sobre la crítica de las lecturas que hacemos: “Me han contado los libros de tus libreros que no los lees, que jamás los has abierto”.

Dónde están los Escritores de verdad, que se lo pregunten a la Secretaría de Cultura, al Instituto. Dime tú, lector, a qué escritores contemporáneos reconoces. Como respuesta a esta pregunta, una niña de veintitantos años, que se anuncia como promotora de lectura, me contestó el nombre de cinco de sus amigos, y algunos contactos de su red social. “Dime cuánto has leído y te diré qué escritor eres”.

¿Quiénes son los escritores? ¿Los músicos? ¿Los artistas visuales? ¿Los actores y actrices? ¿Los directores de teatro? ¿Cuántas obras has leído de ellos este año? ¿A cuántas puestas en escena has asistido? ¿A cuántos conciertos has ido? ¿Qué obras visuales te han llamado la atención? ¿Qué fotógrafo de tu localidad recomiendas al mundo? ¿Quiénes son los artistas que radican en tu estado, en tu ciudad? La realidad es que las presentaciones de libros están vacías, las puestas en escena están vacías, o la asistencia es muy poca, apenas sus familiares. A las lecturas públicas se inscriben muchos, asisten pocos, leen y se van sin escuchar a los demás. La soberbia se apodera del artista mucho más rápido que la musa.

“Somos todos los que estamos”, dijo alguna vez un maestro durante una lectura de poemas a la que habían asistido no más de cinco personas, ¿y nos tenemos que conformar? ¿Dónde los medios de comunicación? ¿Dónde el interés de las empresas de comunicación por la promoción de los artistas? Vamos a enviar flyers a los correos electrónicos y paren de contar. Vamos a pagar la inserción en algunos periódicos, en la página de internet y esa será toda nuestra promoción. No nos estamos leyendo, no nos estamos criticando, no nos estamos recomendando.

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¿Por qué la Sinfónica goza de espectaculares de publicidad, y las puestas en escena de una obra de teatro independiente no? ¿Habemos artistas de primera y de segunda categoría? ¿Cuándo veremos la publicidad de una lectura de poemas en los camiones urbanos? ¿Cuándo nos decidiremos por fin a respetar a los artistas, y a exigirles mediante la crítica de su trabajo?

Que el tiempo ponga en su lugar a los poetas, dice el filósofo. Queremos difusión pero no queremos escribir, no queremos sudar, no queremos sufrir el poema. Queremos el aplauso no el trabajo. El actor ensaya horas y horas, el músico ensaya horas y horas, el fotógrafo hace muchas tomas, checa la luz, discierne, se pregunta, espera el encuadre adecuado. El escritor contemporáneo escribe en la red social, espera los Me gusta, y listo, ha hecho el poema que al mundo le hacía falta. ¿Nos conformaremos?

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