Aborto: punto de quiebre para la Iglesia

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La reciente aprobación del aborto, en primera instancia por la cámara de diputados de Argentina, puso de nuevo en marcha el debate en torno a ese tema que enciende toda clase de emociones y discursos.

Alfredo García Galindo* / 4Vientos

El trayecto histórico de las libertades civiles y de las conquistas seculares, ha sido acompañado por un inicial rechazo de la institucionalidad religiosa, de buena parte de la feligresía y de los sectores conservadores de distintas sociedades. En México así ocurrió con la separación de la Iglesia-Estado, con la desaparición del fuero para ministros religiosos, con la libertad de cultos y con la educación laica.

En cada caso, esa resistencia a menudo recurrió a la idea de que el único destino posible de esas medidas políticas era la corrupción de la sociedad, su ruina moral o incluso su desaparición. Con el paso del tiempo, quedó claro que nada de eso ocurrió y, todo lo contrario, la propia Iglesia y esa feligresía conservadora incluso terminaron por incorporar esas garantías, de tal manera que hoy forman parte de sus propias convicciones; o al menos de las que declaran en forma pública.

Pensando ahora en uno de los debates contemporáneos más encendidos, la Iglesia, como instancia que determina la postura a seguir por gran parte de sus creyentes -y que influye en la noción de lo correcto para muchas otras personas que no lo notan o no lo aceptan- se enfrenta a un dilema enorme por el avance de la legalización del aborto. Esto porque también es cierto que otra parte de sus fieles -que sigue aumentando en proporción-, está convencida de que esa medida de orden legal es algo necesario en sentido social e individual.

Dicho en términos simples, si cada vez es más evidente que un sector creciente de su propia feligresía ya percibe al aborto como un derecho, la Iglesia se está viendo inmiscuida en una cuestión existencial que ya no puede evadir: considerar como necesaria una modificación de su postura respecto al aborto, al menos en principio a lo que declara como conveniente para el ámbito de lo civil.

Las mujeres argentinas lograron el reconocimiento a su derecho a la maternidad voluntaria, con la despenalización del aborto. Foto: internet

De la posibilidad de este proceder ya nos dan cuenta aquellas declaraciones del Papa Francisco con las que respaldaba las uniones civiles de personas del mismo sexo, postura a su vez defendida públicamente hace unos días por el arzobispo primado de México, Carlos Aguiar Retes. Si bien eso no implica que haya un cambio por el momento en la doctrina de la Iglesia, el hecho supone un impacto discursivo que influye en el avance hacia una sociedad más secularizada en sus basamentos morales en el plano de la normalización de la diversidad sexual, lo cual no puede ser menos que justo y necesario.

Parece que algo semejante ocurrirá en el tema del aborto y de su despenalización. De hecho, ya el propio Papa Francisco envió en 2015 un comunicado al Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización en el que declaró que podrían ser absueltas las mujeres que hayan abortado “si es que muestran arrepentimiento y buscan el perdón de su confesor”.

Desde luego eso no quita que la Iglesia siga considerando al aborto como causa de excomunión, tampoco borra los mensajes del pontífice en que lo afirma como un terrible atentado contra la vida, ni hace a un lado la esencia rígidamente patriarcal y androcéntrica de esa institución, sin embargo, una declaración pública como esa, que habría sido impensable en tiempos de sus dos antecesores, amplia en lo concreto aún más el margen moral que pueden percibir los creyentes o lo vuelve difuso en lo que se refiere a lo que ellos al final consideren que Dios puede tolerar. 

Dado lo anterior, se deja ver de nuevo en forma implícita el carácter político de las formas discursivas de la Iglesia cuando se trata de no seguir perdiendo influencia en la feligresía, en un contexto en el que de por sí la conducta cotidiana de muchos católicos es cada vez más relajada y hasta meramente nominativa.

El aborto implica entonces un punto de quiebre determinante para la institución religiosa más poderosa en influyente del mundo. Ante la incapacidad de sus aliados ciudadanos -como es el caso de los llamados Provida– de articular una propuesta clara que acompañe su oposición a ultranza a la legalización del aborto, podemos anticipar que la Iglesia continuará emitiendo mensajes de apertura -en forma tardía y dosificada, pero lo seguirá haciendo- no sólo como medidas de reparación de daños por ese anquilosamiento como institución que puede terminar por hacerla completamente extraña ante la sociedad, sino quizá también, como pautas preparatorias para una futura modificación de su propia doctrina en lo que se refiere al tema del aborto.  

En ello se estará jugando una partida muy alta pues el cariz político de su papel como autoridad le llevará a tener que sopesar también el desencanto, la confusión o hasta la crisis de creencia que provocará con ese proceder entre los creyentes más ortodoxos, como se pudo ver con el debate generado y con los cuestionamientos que muchos de ellos hicieron en forma explícita al Papa Francisco por sus declaraciones en favor de las uniones civiles de personas del mismo sexo.

Imagen de portada: Mujeres se manifiestan a favor del derecho a decidir. REUTERS

*Alfredo García Galindo es economista, historiador y doctor en Estudios Humanísticos. Es catedrático y autor de diversos libros y artículos; ha impartido charlas, ponencias y conferencias, enfocándose en el análisis crítico de la modernidad y del capitalismo a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología


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