A DOS DE TRES CAÍDAS: El sismo ante la grandeza del pueblo y la mediocridad del gobierno.

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Ante mis ojos, atónito veo a la distancia derrumbarse construcciones, columnas de polvo que se levantan como cortando a una ciudad entera, dejando una estela de polvo. Oigo gritos a través de una pantalla, gritos humanos de sorpresa, incredulidad y terror.

Arturo Ruiz, El Súper Cívico /A los 4 Vientos.

La tierra se cimbró, sismo le llaman, y tras el asombro de edificios y casas convertidas en escombros, la certidumbre de que, entre esas rocas, vidrios hechos añicos y hierros retorcidos, hay personas… quizá vivas o tal vez solo queden sus cuerpos.

La reacción de la gente al menos en mi país, pasa del asombro a la organización colectiva. Antes que los cuerpos de rescate de las agencias de gobierno y de las fuerzas armadas, los brazos y manos de la sociedad civil se transforma en una comunidad que remueve lozas, que apaga incendios… un colectivo humano de la sociedad civil que trata de encontrar y ayudar a las personas atrapadas.

En la calle hay abrazos colectivos entre extraños, hay palabras de consuelo de esperanza.

Miles, millones de nudos en la garganta ante la tragedia. Es un drama urbano, nadie piensa por qué unos edificios cayeron y otros no.

Nadie en el momento se explica por qué se derrumbaron edificios nuevos, de los viejos podría esperarse… ¡Pero no, no es momento de analizar eso! Es momento de la ayuda directa, de dar de comer, de llevar agua, de trasladar heridos, de dar la mano a quien busca a sus familiares. El dolor está ahí, en ese momento y la ayuda, se necesita ahí, en ese momento.

La tierra tembló e hirió a miles de personas, la tierra tembló, echando por los suelos a las orgullosas construcciones que antes rasgaron el aire e iluminaron las noches. La tierra tembló y nos hizo temblar desde adentro, al descubrirnos pequeños y vulnerables ante la naturaleza. La tierra tembló y echó por los suelos nuestras visiones de sentirnos seres superiores, casi divinos.

No, nadie niega que los sismos son un fenómeno natural, que todos saben que nuestra nación esta surcada de fallas geológicas, de zonas volcánicas y que es zona de encuentro entre placas tectónicas.

En Juchitán, Oaxaca, también la gente luchó a brazo partido, a pura mano, removiendo escombros para salvar vidas. Foto: internet

Es solo que nunca esperamos que nos toque así, tan de repente, tan sin aviso y tan cerca, que hasta nos hizo caer al piso y sentir la fragilidad de la vida humana.

Y entonces podemos pensar que la vida parece ser la suma de instantes cortos, de procesos fugaces, de flashazos de alegría, de momentos de felicidad, de lapsos de tristeza y desamor, que la vida puede ser de pronto tan solo un ínterin entre el placer y el dolor.

Un ínterin entre el nacer y el morir, porque la vida de los seres humanos es tan breve, que si lo reflexionáramos, quizá tendríamos otra actitud ante la existencia misma y ante los nuestros otra forma de ser cada día y cada instante.

Y al final del día, cuando la tragedia se tapa en la oscuridad de la noche, frente a miles de personas que se alumbran entre las sombras en su afán de salvar más vidas, parece llegar a nosotros la certeza de que la muerte es el único camino seguro al que conduce nuestro existir, es su término, el cierre de un ciclo que inicia al nacer.

Tembló en mi país, en el centro de mi patria, 32 años después de otro terremoto en el mismo lugar y siete años después del temblor en el desierto, que destruyó casas, canales y que hizo bramar a la Sierra Cucapah y al Centinela de Mexicali.

Contra la naturaleza nada se puede, es cierto, ya vendrá en el recuento de los daños, el por qué cayeron edificios nuevos y escuelas, de saber por qué no sonaron las alarmas sísmicas y por qué volvió a ser la sociedad civil quien con una solidaridad colectiva que conmueve, se pone al frente de la ayuda. Mientras que las instituciones públicas van lentas y mientras las empresas comerciales no donan, sino que venden los productos de primera necesidad, requeridos por una comunidad de la que viven y que requería de ayuda extraordinaria.

Mujeres y hombres de la CDMX se volcaron a las calles a ofrecerse como rescatistas en una lucha contra el reloj y contra la adversidad buscando salvar a personas que se encontraban sepultadas por los escombros. Foto: internetco

En el recuento de los daños, vendrá también la reflexión sobre como despedir a los frívolos funcionarios y políticos mezquinos, que se oponen a entregar recursos al pueblo que son del pueblo.

En la necesaria reflexión México y su sociedad tendrán que levantarse con mayor fuerza y dignidad. ¿O no?

P.D. Mi sincero reconocimiento al pueblo, a la sociedad civil, a las personas de la Ciudad de México, de Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Morelos que solidariamente y sin más interés que el de servir, ayudaron a su comunidad. México es grande, a pesar de la falta de altura de un gobierno de simuladores y entreguistas.

* Jorge Arturo Ruiz Contreras. Biólogo. Ex subprocurador de Derechos Humanos y Protección Ciudadana en Ensenada. Asesor político de grupos parlamentarios en el Poder Legislativo de Baja California

 


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