CLANDESTINO: Cuando sobrevivir depende de «águila o sol»

En este repunte de la pandemia por coronavirus, los hospitales de Baja California están a punto  ser rebasados por la enfermedad, sobre todo en las ciudades de Tijuana y Ensenada. Los pacientes son tratados hasta en áreas de recepción, mientras que los médicos y enfermeras refieren carecer de personal suficiente, además de camas con ventilador para atenderlos adecuadamente.

Álvaro de Lachica y Bonilla/ 4 Vientos

Los derrotados profesionales de la salud están trabajando en turnos dobles, a veces sin el equipo adecuado, mientras sus colegas se enferman, uno tras otro. Varios profesionales de la salud han dado positivo en COVID-19 y algunos de ellos están en cuidados intensivos en todo el estado.

El sistema hospitalario de nuestro estado, está a punto de colapsar y el que no haya camas disponibles en terapia intensiva, ni suficientes ventiladores y personal de salud para atender de quienes los necesitan, es una realidad y una fatalidad. Si en tiempos normales es difícil acceder a la atención médica: toma tiempo, recursos y se necesita de suerte para conseguir una cita, que haya doctores disponibles, obtener receta y medicinas, ahora con esta pandemia, las cosas se ponen peores.

Desde éste pasado abril, unos meses después de haber iniciado la epidemia, nuestras autoridades de Salud, emitieron  una “Guía de Triaje para la Asignación de Recursos de Medicina Crítica”, en donde  toca la delicada disyuntiva sobre a qué pacientes se le asignarán ventiladores  en caso de sobrecarga hospitalaria. El documento de 13 páginas fue redactado por el Consejo de Salubridad General de México, que depende del presidente.

A pesar de que se han tomado medidas restrictivas con la población como la sana distancia, uso de cubre bocas, limitar apertura de negocios y locales comerciales, establecer zonas específicas para mitigar el riesgo, pero como hemos visto en las últimas semanas, esto no ha sido suficiente para evitar el inminente colapso de los hospitales. Tenemos que aceptar la fatalidad y ante la incertidumbre y a la luz de las probabilidades, considerar la fatalidad como inaplazable nos ayudará a pensar herramientas para mitigarla.

El dilema empieza cuando dos o más pacientes requieren de cuidados críticos –cama, ventilador y personal calificado para ello– y no hay lugar y posibilidad más que para atender a uno. Es de aquí de donde surge el “triage”, el cual implica jerarquizar para decidir quién recibirá los recursos de salud existentes. La Famosa Guía, vincula decisiones éticas y tiene una serie de objetivos y criterios determinados.

Es claro que el objetivo de esta práctica es salvar vidas pero para ello, es necesario definir cuestiones complejas. Comenzando por qué se busca salvar: cantidad —las más vidas— o las vidas por completarse, cantidad de años libres de enfermedad, —las “mejores” vidas, por decirlo de algún modo—. Es decir, se necesita especificar el método a seguir para determinar qué paciente tiene mejores probabilidades de salvarse en términos del objetivo.

Lo terrible del “triage”, siempre implica dejar morir a alguien.

 

Dado que nuestro Sistema de Salud, ha sido maltratado desde hace años, la guía implementada por el Consejo de Salud, impone la consideración de lo vivible de la vida, lo que en un país marcado por la desigualdad y la discriminación, significaría el costo de las vidas menos valoradas por los sesgos, prejuicios, estigmas, falta de oportunidades y todos esos males sociales que los sostienen. 

Nos queda pendiente construir otros horizontes, donde la fatalidad no se perciba como inminente. 

Pero, ahora, estamos ante la fatalidad y tal vez el mal mayor sea no considerar que esto puede ser solo el inicio de nuevas epidemias.