Más Said, menos León-Portilla

Después del 12 de octubre, es oportuno considerar que en México, y sobre todo en Baja California, sería deseable tener más de Edward Said y menos de Miguel León-Portilla.

 

Edward Said ((1935-2003), en fotografía de Archyde.com

 

Rogelio E. Ruiz Ríos* / 4 Vientos / Foto principal: Edward Said en palestinasoberana.com

Me valgo de esta expresión en calidad de metáfora para expresar el letargo y anquilosamiento epistemológico y político que arrastramos en materia historiográfica y antropológica en la esfera pública, y en los criterios institucionales relativos a la justicia y verdad históricas.

Said fue un escritor, investigador y crítico estadounidense de origen palestino que atravesó diversas disciplinas sociales y humanísticas; de manera perenne dejó constancia de su conciencia y compromiso intelectual y social.

En Orientalismo, su obra emblemática, recogió y continuó el legado iniciado por una constelación de pensadores que incluye a Gramsci, Fanon, Cesaire, Du Bois, Foucault y Derrida.

Said se valió de sus cualidades intelectuales para señalar, explicar y luchar en la medida de sus posibilidades, contra las formas de poder hegemónico que sostuvieron el colonialismo y el imperialismo, que aún hoy continúa alimentando las inequidades e injusticias enquistadas en las realidades poscoloniales latentes en el planeta.

La influencia del autor árabe estadounidense en los ámbitos académicos y en los movimientos sociales tiene resonancia global. Said argumentó con lucidez sobre el rol político y social de las y los intelectuales, practicó la crítica de arte, el análisis cultural, hizo estudios filológicos, pero por encima de todo, el reconocimiento a su trabajo proviene de una detallada dilucidación en la que mostró las costuras ideológicas y las formas discursivas que configuraron la noción y representaciones de “Oriente” naturalizadas en Europa y Norteamérica.

La obra de Said es fundamental y emblemática del pensamiento descolonizador que agita y socava las estructuras ideológicas dominantes al menos desde el siglo XVI en las relaciones globales.

El alcance e impacto intelectual que logró en México León-Portilla es inobjetable como historiador y experto en cultura náhuatl. La obra con la que se le identifica popularmente es La visión de los vencidos, que compendia varios testimonios de quienes padecieron los embates de la conquista europea en el centro de México.

Entre los mentores de don Miguel destaca el “padre” Garibay, un clérigo católico consagrado a la filosofía y la historia.

 

Foto; Excélsior

Es de conocimiento público la cercanía que don Miguel cultivó en los círculos gobernantes, lo cual no significa que su posición haya sido incondicional e invariable en sus opiniones respecto a circunstancias específicas a lo largo de su existencia. En tanto investigador, es uno de los referentes de la UNAM, y al igual que una parte de los intelectuales mexicanos más reconocidos en el siglo XX, aprovechó su interlocución privilegiada con las autoridades para hacer valer de vez en cuando algún punto de vista ligeramente discordante o para mostrar alguna tibia empatía con ciertas causas sostenida por actores inconformes o incómodos para el régimen como el caso del neozapatismo.

León-Portilla mantuvo un talante conciliador buscando no enfadar, no confrontar, no importunar a los gobernantes, y vaya que sobraron motivos durante su longeva vida para que hubiera podido asumir posiciones críticas contra las acciones y decisiones de los gobernantes, o para haber expresado cierta solidaridad hacia quienes experimentaron toda suerte de abusos o desdén gubernamental y de sus aliados oficialistas.

 

Conviene detenerse en el papel desempeñado por León-Portilla en 1992 a propósito del V Centenario. El historiador propuso ante la Comisión Nacional Conmemorativa del V Centenario, creada ex profeso por el entonces presidente Carlos Salinas, enfocar el acontecimiento como un “Encuentro de dos mundos”, lo que a la postre fue asumido como el eslogan oficial para esa conmemoración.

El criterio deducido por León-Portilla era el de virar la celebración del arribo de Colón a América hacia una postura más razonada e incluyente que no soslayara “los enfrentamientos, la violencia, las crueldades” y otras laceraciones sufridas por los pueblos originarios.

En su característico afán de congraciarse con todas las partes, León-Portilla se apoyó en la conocida fórmula ideológica del mestizaje en el mismo tono en que fue decretado y sirvió de bandera “unificadora” por el régimen revolucionario que engendró al PRI.

La respuesta más contundente, sin replica de León-Portilla, provino del reconocido historiador Edmundo O’Ogorman, quien no era precisamente un portento de intelectual progresista y de compromiso con las causas sociales. O´Gorman objetó el absurdo conceptual en el que se apoyaba la frase “Encuentro de dos mundos”, y cuestionó la idea de “fusión” y “convivencia” armoniosa de “culturas” sobre la que se apoyaba esa fórmula.

Don Edmundo fustigó las intenciones escudadas detrás de esa iniciativa: “Claramente se ve que León-Portilla sacrifica la verdad histórica en el altar de la conveniencia política.”

La historia, la antropología, la sociología y la filosofía son mucho más que ideas. Estas disciplinas concitan prácticas, orientan acciones, incentivan las capacidades creadoras, cambian rumbos, instilan visiones del mundo. Estas disciplinas como formas específicas de comprensión y conocimiento intelectual del universo, del mundo, del tiempo y de sus temporalidades, de los seres y de las cosas no son neutrales, tienen fechas, lugares, latitudes, géneros, identidades generacionales, acentos, lenguas, vocabularios, presupuestos. Por lo tanto, lo que producen y postulan las comunidades científicas no está exento de visos ideológicos, sus verdades no son infinitas ni estáticas, la historia misma como ha reiterado el historiador Dominick LaCapra, está en tránsito, si no fuese así, la historia se estaría traicionando a sí misma.

 

El anacrónico «Encuentro de Dos Mundos» (Imagen en el portal historiaypresente.com)

La historia responde más a los hechos del presente que a los del pasado. En este sentido la historia está viva, los conocimientos y comprensiones que arroja de ninguna manera están destinados a ser un artefacto encapsulado en un museo tradicional, o a ser objeto de culto de anticuarios, ni mucho a menos se reduce a satisfacer la curiosidad y a justificar un orden dado como a menudo la conciben algunas cofradías y grupos sociales entusiasmados con el pedigrí, el abolengo y las buenas costumbres que extraen de su pasión por los personajes y las sociedades pretéritas.

Tampoco es la historia, en tanto forma intelectual de comprender y conocer el pasado como señalara Johan Huizinga, un pozo de los deseos para satisfacer a complacencia a quienes se acercan a sus orillas con una moneda de baja denominación en espera de satisfacer sus anhelos del presente y futuro a costa de las interpretaciones del pasado.

La historia no es un objeto para contemplar estéticamente ni es un paisaje que sirve de telón de fondo a las nostalgias y fantasmas, o al menos, no sólo es eso.

Que la historia es algo relacionado más con el presente y las personas vivas que con el pasado y con las personas fallecidas, salta a la vista. Ahora que vemos caer o ser intervenidos o retirados en distintas latitudes monumentos, estatuas, placas, memoriales, edificios y una amplia serie de objetos reminiscentes del colonialismo que propició la esclavitud, el expolio, el asesinato, la exclusión racial, exterminios culturales y diversas injusticias e inequidades que trasminan las realidades poscoloniales actuales esto se revela de modo contundente.

Los mismos fundamentos pedagógicos, morales, epistémicos, culturales que motivan la ocupación de espacios públicos con objetos memorables, artísticos e históricos son los que impulsan su derribo, crítica o desplazamiento, pues como señalara con conocimiento de causa la historiadora Ludmila Jordanova: “El despliegue de un objeto, los mecanismos a través de los cuales son exhibidos y sus formas resultan en la construcción de significados.”

El experto Krzystoff Pomian apuntó en el mismo tenor que los objetos considerados patrimoniales, al hacerlos visibles, están revestidos de significación.

Otro experto en los estudios sobre el patrimonio, Ignacio González-Varas, ha recalcado el hecho de que los objetos están supeditados a modificaciones y alteraciones en sus significados y en su materialidad al ser “extraídos de ese territorio extraño que es el pasado”.

Como experto, González-Varas ha llamado la atención respecto a cómo los contextos de interpretación del pasado cambian continuamente. Esto implica que lo que ayer fue bien visto, considerado admirable y susceptible de veneración o cuando menos de aceptación, hoy tal vez ya no lo sea para amplios sectores sociales que pueden sentirse agraviados por los valores que esos objetos entrañan y lo que representan en un orden social determinado.

 

En la maraña de un mundo cambiante, La historia responde más a los hechos del presente que a los del pasado (Imagen: Internet)

La historiadora Laurel Thatcher Ulrich sostiene que todas las cosas materiales hechas por los humanos tienen el potencial de transmitir información y, en algunos casos, incluso transmiten a los observadores a otro mundo o estado de ánimo.

Los objetos también son vectores de comunicación entre nuestros pasados y nuestros presentes. Un monumento a Cristóbal Colón, al misionero Francisco Kino, a Junípero Serra por ejemplo, comunican experiencias asimilables por cada persona y grupo social según su contexto y posición social, académica, política, cultural, económica, de género, etnicidad y clase.

 

Los objetos no se relacionan con nuestras vidas de manera inocente ni neutra. Si hay sectores que se sienten incomodados o ven a ciertos monumentos como una afrenta a sus postulados identitarios o, en caso contrario, se identifican con ellos, es precisamente porque transmiten cierto tipo de significados que les resultan útiles en sus aspiraciones, deseos, miedos y perspectiva vital. Estos sentimientos, emociones y valores simbolizados en los objetos no permanecen estáticos en el tiempo, pues son cambiantes las posiciones y apreciaciones que suscitan.

En la actualidad atestiguamos un ímpetu de justicia y reivindicaciones históricas que revaloran el legado cultural sepultado, obstruido, condenado, excluido o exterminado por muchas cosas que esas estatuas de navegantes, misioneros, soldados y gobernantes representan.

Cuando una vía pública recibe el nombre de un conquistador, de un explorador, a un recinto se le da el nombre de un fraile, o las autoridades civiles, militares y miembros de grupos sociales se reúnen para honrar o conmemorar las hazañas o sucesos representativos a uno de estos agentes europeos, no estamos ante un acto neutro, objetivo o exclusivamente anecdótico. Lo que se reproduce es un discurso que segmenta, alimenta, desplaza, impone ciertas lecturas e interpretaciones históricas sobre otras.

Es también un acto de negación de la agencia histórica de quienes se vieron desplazados o exterminados a consecuencia de esas irrupciones.

Señalar y rechazar esta particular producción de significados no “borra” la historia. Plantear eso es absurdo. Se trata de una interpelación a las directrices hegemónicas simbolizadas en esos objetos y artefactos.

Cuando un objeto conmemorativo cae, es derribado o surge la intención de hacerlo, es común que un sector de la opinión pública y las autoridades se “indignen” y condenen esos hechos, aunque en el ritmo ordinario de la vida rara vez prestan atención a esos objetos más allá de considerarlos parte del paisaje.

 

La «conquista espiritual» no fue posible sin antes ejecutar, de manera brutal, la conquista por las armas. Solo falta conocer La Visión de los Vencidos (Imagen: arqueologíamexicana.com)

Por dar un ejemplo: ¿Cuántas personas conocemos que se hayan detenido a reflexionar y analizar las consecuencias de la “conquista espiritual” y las secuelas demográficas y culturales que trajo para los pueblos originarios el sistema misional en Baja California, mientras transitan frente a la estatua del misionero Eusebio Kino colocada frente al edificio del ayuntamiento en Tijuana?

Hoy atestiguamos un impulso y ánimo anti colonial. Esa es la fuerza que empuja los objetos que caen.

La poscolonialidad es una condición y también un criterio situacional. En tanto concepto, la poscolonialidad ayuda a explicar la presencia de relaciones jerárquicas y desiguales, déficits identitarios, autoestimas volátiles y orgullos resilentes.

Me detengo aquí para plantear dos preguntas retóricas de obvia e hipotética respuesta: cómo asumirían Edward Said y Miguel León-Portilla los estallidos iconoclastas que brotan en el planeta, Qué dirían respecto a las medidas reparadoras de justicia social e histórica adoptadas por instituciones públicas y privadas como en el caso australiano.

Es seguro que ambos estarían de acuerdo con las motivaciones que generan estos acontecimientos, aunque diferirían en su valoración de las formas, y esto no es cualquier sutileza.

Me serviré del anecdotario para sugerir las respuestas. Hay una famosa fotografía de Edward Said que lo muestra en el sur del Líbano frente a la “línea de fuego” edificada por el ejército israelí durante la ocupación que realizaron de estas tierras. Said sostiene una piedra en una mano y hace un ademán de arrojarla contra un bastión deshabitado de las fuerzas israelíes.

El poder simbólico de esa imagen remite sin duda a las múltiples escenas de resistencia vistas en la Intifada.

 

Said, en su icónica imagen lanza piedra (Foto: Pinterest)

Para el caso de León-Portilla recupero un evento efectuado en el teatro de la UABC en Tijuana durante la segunda mitad del decenio de 1990. Esa vez el historiador hablaba de la “California mexicana”. En algún punto agradeció que los “indígenas californios” hubieran sido conquistados por los españoles y no por los ingleses, deteniéndose a exaltar la labor y empeño de los misioneros.

Al escuchar aquello un profesor me comentó con sorna: “cómo puede decir que les fue mejor si casi se extinguieron”.

A diferencia de lo que transcurre a lo largo y ancho del planeta, y sin ir más lejos en la vecina California, el pensamiento historiográfico y antropológico predominante en Baja California está más cerca de León-Portilla que de Said.

Las reivindicaciones históricas de los pueblos originarios cobran relevancia y ganan espacios obligando a retirar estatuas, a cambiar nomenclaturas y al respeto absoluto de las culturas originarias y de los descendientes de los pueblos esclavizados o desplazados.

Ante estos escenarios retrógradas, a veces uno tiene la sensación de vivir lejos de donde sucede la historia de modo similar a lo que experimentaba Mary Louise Pratt en la década de 1950, cuando crecía en un pueblo de la región de Ontario, Canadá:

“Todavía era colonial: la realidad y la historia estaban en otra parte, encarnadas en la monarquía y en los ingleses.”

Requerimos entonces acercarnos más a la perspectiva de Said y tomar cierta distancia de la que sostuvo León-Portilla.

 

* Doctor y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán. Director del Instituto de Investigaciones Históricas de la UABC para el periodo 2015-2019 y actual investigador de la institución. Miembro de las redes de Historia del Tiempo de la UABC, y de Estudios Históricos del Noroeste de México. También es un destacado conferencista, académico, tallerista, ensayista y seminarista. A los 4 Vientos agradece al Doctor Ruiz su invaluable y generosa participación en nuestro selecto grupo de articulistas.

 

Ensenada, B.C., México, miércoles 14 de octubre del 2020