APARADOR: La vida: puente y ocaso.

“La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta:
lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso”.

Nietzsche. Así habló Zaratustra.

José Alfonso Jiménez Moreno / A los 4 Vientos

El ser humano es puente. Esta sola frase puede ser capaz de generar un sinfín de ideas, reflexiones y posiciones frente a la vida; yo la evoco en este texto con la finalidad de compartir con usted un par de comentarios sobre nuestro transitar en la vida.

Desde pequeños nos educan a buscar metas, a trabajar, a caminar para el cumplimiento de objetivos que nos ayudarán a vivir. Por ejemplo; tener una pareja, un buen trabajo, tener estudios, amigos, una casa o un auto. Éstos ejemplos pueden o no representarlo a usted, pero los enuncio sólo con fines ilustrativos. Buscamos metas u objetivos como elementos propios de la finalidad de las diversas etapas de la vida; algunas metas son materiales, otras relacionales, o bien, puede haber algunas más profundas y complejas (como la famosa meta de “ser feliz”). En cualquier caso, las metas en la vida son elementos que siempre están rondando en nuestros pensamientos, fechados en el calendario colgado sobre la pared; los deseos de año nuevo o nuestras reflexiones en la ducha.

Pero, retomemos la idea de Nietzsche sobre que el ser humano es un puente. De ser eso cierto, las metas no son lo definitorio en la vida; si fuera así, al cumplir una de ellas, se volvería menesteroso cumplir otra aún más compleja, de tal suerte que el ciclo de insatisfacción con la vida se tornaría eterno; buscando el cumplimiento de una meta tras otra, cambiando el sentido de la existencia conforme transitamos en ella. Pero, ¿qué diablos es eso de “ser puente”?

El ser humano es tránsito. Es decir, es caminar sobre nuestra existencia y vida. La finalidad es la existencia misma, con lo que implica: satisfacciones, desilusiones, ganancias, pérdidas, incertidumbre, amor y desamor, sueño y vigilia, violencia y tranquilidad, más todos los matices entre los extremos de cada caso. Eso es ser puente, es sabernos interminables. La búsqueda de metas como finalidad de la vida se reduce a logros momentáneos que no llenarán las necesidades existenciales que nos caracterizan como seres humanos; además, abonarán a la falsa idea que somos aquellas metas logradas.

Ser tránsito, ser puente, implica sabernos débiles, con miedo frente a lo desconocido, expuestos a la pérdida y a equivocarnos. Pero, también nos libera de centrarnos en demasía en los momentos fugaces del cumplimiento de metas; en ese sentido, el caminar al cumplimiento ―o no― de las metas, es el sentido de vida. Eso es ser puente.

La vida no tiene metas. Por supuesto, nosotros las implementamos, a veces las cumplimos, a veces no, en ocasiones somos exitosos, y de cuando en cuando ―muchas veces― la cagamos. Pero, eso es la vida, el tránsito mismo sobre nuestros pies, buscar ser lo que somos conforme andamos. Si en ese tránsito logramos las metas de una buena casa, un buen trabajo, un círculo sólido de amistades, o lo que sea que pase por su cabeza, ¡Felicidades! El puente sobre el que usted camina para llegar, ―o no―, a dicha meta, es lo realmente hermoso de nuestra especie.

Somos ocaso. Conforme vamos viviendo y transitando en nuestro propio vivir nos vamos desgastando. Y no me refiero al desgaste físico que la edad cronológica nos impone, sino al ocaso de nuestra existencia. Conforme caminamos, los deseos mueren, las ideas se transforman, lo que solíamos ser desaparece en el tiempo. Nos quedan fotos y recuerdos, pero no son más que el recordatorio de que lo que hemos sido ya pereció en el tiempo. Es ese ocaso lo que determina las posibilidades de un nuevo caminar, de nuevas formas de ser y existir.

Así, nuestra grandeza está en el trayecto que es la vida. Salga, equivóquese. Su grandeza está en el ocaso mismo de su tránsito, vayámonos dando cuenta de la belleza de nuestro tránsito y nuestro crepúsculo.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es Alfonso-Jiménez-1-1.jpg