Del Antropoceno al Capitaloceno. La necesaria radicalización del análisis de la crisis medioambiental

Desde hace algunos lustros, muchos estudiosos, académicos y no pocas personas dedicadas a otras preocupaciones y labores, hablan del Antropoceno como una era planetaria en la cual el ser humano se ha convertido en un agente geológico. El vocablo sostiene la idea de que por primera vez en la historia, nuestro género está provocando alteraciones sensibles del entorno natural a nivel planetario, como dan cuenta el calentamiento global, la deforestación y desertificación de millones de hectáreas en todo el mundo y la ya documentada desaparición de cientos de especies de flora y fauna.

Alfredo García Galindo /4 Vientos

Entre las polémicas relacionadas con el Antropoceno se encuentra la de dilucidar en quién recae la “responsabilidad” de esta debacle; con ello sale a relucir a menudo esa explicación mentada por ejecutivos de alto nivel, diversos gobiernos y no pocas personas de buena conciencia: “es que somos demasiados”; “las tasas de natalidad de los países pobres son preocupantes”; “somos una especie esencialmente depredadora”. En otras palabras, hacen acto de presencia las falacias de pista falsa que sirven muy bien para disimular el hecho, de que en realidad son las naciones más desarrolladas y un puñado de grandes corporaciones las que provocan la mayor parte del daño, como muestra el hecho de que solo veinte compañías son responsables del 35% de todas las emisiones globales de dióxido de carbono.

En efecto, habría que decir que estas grandes empresas son en su mayoría corporaciones petroleras y del carbón, cuya producción se dedica a movilizar la maquinaria del mercado global de mercancías y que son las poblaciones de las naciones desarrolladas y las de estratos medios y altos de grandes urbes en muchos países, las que principalmente impactan al medioambiente con las consecuencias negativas de su consumo, de tal modo que sólo el 10% de la población mundial produce el 50% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero (GEI).

No obstante, particularidades como estas son la que permiten identificar ciertas ambigüedades que acompañan al concepto Antropoceno, pues su semántica hace referencia al ser humano como género y en forma abstracta. Para decirlo de otro modo, sería incuestionable su sentido si todos los seres humanos estuviéramos afectando en forma parecida al medioambiente, pero queda claro que ninguno de los 3,400 millones de personas que viven con menos de 5.5 dólares al día (según el Banco Mundial), se acerca aunque sea de lejos a lo que un estadounidense promedio consume ni a lo que produce en desechos, GEI y otros contaminantes.

Jason W. Moore es profesor de Historia Universal en la Binghamton University y coordinador de la World-Ecology Research Network. Foto: Ecología política/ internet

Bajo esos principios, quizás se vuelva más elocuente el concepto Capitaloceno, planteado por Jason W. Moore, quien indica que la razón del desequilibrio del ecosistema planetario se debe a que una muy pequeña parte de la humanidad coacciona por la vía del trabajo forzado al resto de la población y controla las riquezas planetarias para lograr los objetivos de la acumulación y del beneficio económico, siendo además esos pocos quienes determinan tanto la dirección del sistema económico global como las fuentes de energía que se habrán de utilizar para dicho objetivo. Es decir, el concepto se define por la referencia etimológica a un modo de producción basado en un moderno sometimiento económico, aspecto que el Antropoceno no refiere por sí mismo como vocablo. El Capitaloceno, en cambio, expone como característica del mundo contemporáneo a una debacle medioambiental como nunca antes vista, propia de una era en la que el agente geológico no es “el hombre” como especie y en abstracto como sugiere el Antropoceno, sino un modo de producción concreto debido a su lógica inherentemente expansiva y depredadora.

El Capitaloceno posibilita una interpretación de orden sistémico porque expresa que la ambición de una élite que victimiza al resto de los seres humanos, no es un sólo un rasgo cuestionable en sentido ético, sino es también la encarnación de una serie de relaciones sociales y hasta de una cosmovisión que corresponde con una forma de estar en el mundo. En este sentido puede comprenderse que el capitalismo no es sólo un modo de producción; es también una concepción de la vida y hasta una especie de religión secular que predica el credo de que el progreso humano se reduce a la expansión material a ultranza y a los actos de mercado, por lo que entonces son costos asumibles la explotación de los “recursos naturales”, la precariedad laboral, la fetichización de la tecnología, el sacrificio de muchas comunidades en pro de la industria y, desde luego, la degradación medioambiental.

Se vuelve así más clara la pertinencia de que al hablar de la crisis medioambiental evitemos concentrar nuestra atención sólo en la responsabilidad de las grandes corporaciones y en el consumo de los habitantes privilegiados; es ineludible dar el siguiente paso que consiste en tener plena conciencia de que se trata de un problema de orden sistémico protagonizado por el capitalismo como agente geológico, es decir, que hablamos de un sistema económico global cuya condición inmanente es el de la necesidad de una expansión perpetua, siendo el ámbito de lo medioambiental uno de los escenarios en los que se despliega con toda contundencia esa esencial conflictividad.

Hablar del Capitaloceno, en efecto, es reiterar que las grandes trasnacionales y las industrias más lesivas del ecosistema global no son una anomalía del sistema, sino el símbolo y la consecuencia de la evolución del capitalismo desde el siglo XIX. Expresan a su vez la histórica permisividad de los estados nacionales como garantes de esa misma expansión, tal como denunciaba Marx al definir al Estado como un sistema de aparatos que sirven a los intereses de las clases dominantes. Desde luego, mal haríamos en claudicar de la denuncia de esas mismas firmas, pero sí debemos percibir la posibilidad de que al centrarnos solo en ellas, terminemos por concluir que la crisis medioambiental global se va resolver si estas compañías se convierten de pronto en ejemplos de una loable responsabilidad social corporativa.

Decimos esto último porque se trataría de un optimismo precipitado dada la ontología incremental del capitalismo: sean grandes oligopolios, o bien, empresas que conduzcan al sistema cumpliendo con un sentido muy leal de la competencia, la lógica del capitalismo es siempre crecer y eso lleva el correlato de un impacto medioambiental inevitable, sea muy profundo como el que hoy atestiguamos, o uno que resulte de un “capitalismo verde”, el cual, por muy eficiente que llegara a ser, siempre implicará un efecto progresivo de agotamiento material, aun si fuera mínimo y a largo plazo, por la simple aritmética de unos recursos planetarios que son finitos.

En otras palabras, si el paradigma dominante es que la evolución de las sociedades se traduce en más producción y más consumo, la conclusión lógica es que siempre habrá externalidades negativas correspondientes con ese crecimiento, de tal manera que aun en el mejor de los escenarios, la exigencia de más energía, de más materias primas y de más insumos –incluso sólo para mantener sin cambios el nivel de consumo actual–, vuelve imposible revertir la tendencia mostrada por el deterioro ambiental. O bien, para encuadrar el tipo de contradicciones que se mantendrían, podemos considerar una hipotética e ideal conversión de todas las fuentes de energías fósiles en renovables; pues aun así seguiría en pie la sobreexplotación de riquezas materiales para proveer lo que hoy se consume a nivel global, pues una cosa es que ya no se produjeran GEI y otra que las mercancías sigan exigiendo materias primas e insumos para ser fabricadas, como también lo exigirían las propias tecnologías renovables en su manufactura.

Decimos todo esto para reiterar el conflicto que el Capitaloceno hace evidente: el problema no es sólo la actitud de unos cuantos; se trata de toda una concepción de la vida; de un modelo civilizatorio basado en el modo de producción capitalista, el cual fomenta un discurso legitimador con el que su naturaleza crítica es desdibujada por distintas vías, incluyendo la de –peor aún– democratizar la culpa de la catástrofe ecológica para que los responsables sean, ya no sólo las grandes corporaciones y los compradores compulsivos, sino también las personas que salen a diario a luchar por su supervivencia en contextos caracterizados por el hambre, la precariedad laboral, la austeridad forzada y la violencia.

Hablar del Capitaloceno implica, en cambio, la exigencia de una necesaria politización crítica del discurso ambientalista que supere la pauta de un activismo que sólo busca cambiar a una élite capitalista perversa por otra amable y solidaria, (por mucho que fuera preferible eso a no hacer nada). A esta politización necesaria la podríamos también llamar “radicalización”, en el sentido de que el énfasis de su discurso se profundiza para situar la atención en la maquinaria que funciona bajo la superficie, la cual a menudo es desestimada, ya no digamos por corporaciones, gobiernos y economistas, sino también por buena parte de la academia, de las instancias plurinacionales y hasta de los activistas, los cuales deberían ser los primeros en no enfocarse sólo en las manifestaciones que conforman la punta del iceberg.

Foto tomada de internet: Desastre ecológico.

 

Incluso podemos proponer otro concepto si el de Capitaloceno no nos satisface; lo importante es no disimular el carácter sistémico del trance medioambiental como en buena medida ha ocurrido con el uso del concepto Antropoceno, el cual pareciera ser más un vocablo descriptivo de la situación que refiere. O bien, podemos usar este último término teniendo siempre clara la nota al pie, de que el escenario contextual es una crisis sistémica que de ninguna manera debe ser explicada como consecuencia de la intemporal “ambición” del hombre.

En efecto, si no recurrimos a una mirada sistémica y radical en este debate, seremos incapaces de reconocer al capitalismo como una construcción histórica y, en cambio, consideraremos que las relaciones sociales y contradicciones que le corresponden son la única realidad posible, lo que implica el riesgo de que se termine por convertir en cosa de “sentido común”, la idea de que la devastación absoluta del planeta es algo inevitable porque está inscrita en la naturaleza humana.

Imagen de portada tomada de internet, del portal Revolución