APARADOR: A la larga te acostumbras

—Dígame, ¿hasta dónde vive usted?

—¡Uy! hasta por San Goloteo el Chico, ¿le doy más información?

—No se preocupe, si bien me agarra lejos, siéntese y con gusto lo llevo.

José Alfonso Jiménez Moreno / A los 4 Vientos

Una de las acciones características de la cultura mexicana, al menos la cultura pelada, es el albur. Ya varios filósofos mexicanos como Samuel Ramos o Jorge Portilla han redactado ensayos maravillosos sobre el relajo y el humor mexicano. Ambos pensadores coinciden en que ese desmadre característico del mexicano oculta fuertes heridas históricas. De toda la complejidad que circunscribe a las particularidades culturales de lo mexicano, como nuestra relación con la muerte o el relajo, es de mi interés introducirlo a una discusión sobre el albur.

La palabra albur tiene varias connotaciones dependiendo el país, puede relacionarse con el azar, e incluso con atrapar cosas. En el caso de México, el albur es, claramente, un juego de palabras en el que destaca lo sexual, es una lucha jocosa entre dos personas, en la que se busca chingar al otro por medio de frases en doble sentido; vaya, para que usted agarre más la idea, el albur se hace con el fin de chingar.

Esto de chingar es una manera barrial de referir al acto sexual mediante el dominio. Los que conocen del tema dicen que chingar refiere a la violación, término que hemos conservado desde tiempos coloniales. De tal suerte que el que se chinga al otro tiene cierto poderío sobre él, mientras que el chingado, fue el violado, sobajado y humillado. Aunque el albur ha sido terreno de los varones durante mucho tiempo, sabemos que a las mujeres se les da igual de bien eso de alburear. Pero, ¿de dónde viene ese descortés y picante juego de palabas? Sin duda del barrio, de la vendedora ambulante y el carnicero. De la señora malpensada y el tío letrado, cultivado en las altas materias del albur. Porque el albur es cultura popular mexicana que pocos –los más ajenos o que se la dan de propios–desconocen. Ahora, sobre el pelado, siéntese y le platico.

La idea del pelado es antiquísima en la cultura mexicana. Refiere a aquella persona sin modales, cuya vida se desarrolla en la calle, que no habla de forma refinada y, según Jorge Portilla, es como el antagonista del apretado. El pelado se relaja, vive en la calle y sabe de albures. Inclusive, pese a ser el albur conocido por todos, se le deja en esferas fuera de la solemnidad, de lo apretado. En ese sentido, el albur libera, no se aprieta, sino que relaja las formas y en su chacoteo sobresalen las sonrisas de una forma muy compleja. Éste deshago no cabe en ciertos contextos, como los académicos, laborales o de cultura de alta alcurnia, a pesar que a muchas personas le guste, muy adentro, escuchar el albur.

Pero el albur no sólo es esa válvula de relajación social chacotera. El albur, en su esencia, buscando chingarse al otro a través de complicados juegos de palabras, es una intención de dominio sobre el otro, de poder. El que no sabe alburear y es albureado es humillado, se lo chingan, y si es varón, su hombría se pone en juego. El albur entre dos personas –tan divertido de ver– no es más que una lucha fálica. Pero, ¿por qué buscamos el poderío de ésta manera?

Seguramente Ramos y Portilla tenían razón respecto a que la picardía y el desmadre mexicano oculta una profunda sensación de devaluación social. Particularmente, bajo la mirada de Portilla, el desmadre no es más que una disminución del valor social del mexicano y, dado que no nos consideramos tan importantes, pues todo vale madres. En defensa de nuestra baja valía, el albur puede ser una interesante y maravillosa forma para chingamos al otro, de demostrar poderío sobre el otro, aunque éste sea solo de forma figurada y simbólica.

Pero una cosa es segura, alburear a alguien es una sensación de gran satisfacción que seguramente tú ya sentiste, en caso de haber albureado a alguien. Es un acto de gran complejidad, de dominio lingüístico y cultural. Creo que podemos seguir reflexionando sobre la razón por la que se mantiene sólo como parte de la cultura barrial, cuando a todos nos causa risa; piénselo, ¿a usted no le encanta?

Despéguese un poco del puritanismo y de la “propiedad de la lengua”, y pruébelo un poco. Al final, es parte de la cultura, igual que las majaderías y el andar chingando gente (aunque éste último sea mejor nada más en el plano simbólico).