El Covid privatizará el arte o lo sacará a la calle: ¿La muerte de la eterna alternativa?

Esta pandemia nos dejó ver lo frágil que es económicamente el circuito cultural y la gestión del arte en México, la dependencia a los apoyos gubernamentales y la exigencia de rescate de parte de instituciones, artistas y profesionales del arte. Pero no solo hace ver que muchos creadores se encuentran cerca de la precariedad y que hay nula existencia de un mercado del arte que nadie fomentó durante muchos sexenios, sino también vemos reflejado de manera contundente el modus de vida del artista mexicano que denominaré como La Eterna Alternativa.  

Luis Armando Cortés* / A los 4 Vientos

El arte y la cultura son actividades propias e inherentes a las actividades humanas, de su interacción y de su comunicación surgen los lugares de exhibición que dependen totalmente de la disponibilidad de programación, acercamiento del público e interés de los consumidores a actividades culturales; pareciera ser que existía un aparador que funcionaba más por su popularidad, o peor aún, por sus habilidades de sobrevivir que por el consumo de arte que se llevara a cabo. La cerveza fue el medio de subsistencia de tantos lugares que fomentaban la interacción social de las fiestas, para respaldar un espacio cultural, en un modelo que se llevó a cabo con mucho éxito durante los años 90 en la Ciudad de México.

Sin embargo, ante la imposibilidad de reunión y el inminente fracaso de la replicación de la alternativa de la capital en otros estados, este puede ser un momento ideal para abrir la discusión sobre el mito o tema tabú de la venta de arte, que no todos los artistas están acostumbrados a afrontar. El soportar un «no» al intentar vender una obra, el nulo interés del público y el salvaguardo del “nadie entendió mi obra” en las negociaciones económicas que existieron hasta ahora, se encuentran por dejar de existir. Ahora cambia el panorama, curiosamente con la entrada del nuevo tratado de libre comercio: justo donde todo empezó.

Las estructuras de exhibición oficiales y no oficiales, tendrán reconfiguraciones de fondo, cambios económicos, sociales y, por supuesto, modificaciones estructurales que ante esta situación serán dramáticas. En Estados Unidos de América, donde la autogestión es una constante en la escena, se prevé el termino de más del 80 por ciento de los negocios vinculados con el arte, y en la escena nacional, es más que claro que la cultura responderá a una especie de becas generales de rescate, más que a un modelo económico sostenible, y aunque en ninguna área se vea certeza en materia financiera, dejar a los artistas con un cheque mensual mínimo que puede ser retirado en cualquier momento por agotamiento de recursos o cualquier otra prioridad, hace que los artistas mexicanos tengan competencia nula en el espacio internacional y que las obras de arte sigan sin un consumo estable.

Los cambios nos harán preguntarnos si el valor del arte, la cuantificación de la experiencia pudiera convertirse en una actividad de élite, si bien el arte contemporáneo ya venía caminando sobre estos pasos, es aun más alarmante con la puerta cerrada de parte de las instituciones que no compran obra, y con la decisión ya tomada de no traer ninguna exposición del extranjero durante este año, acción que afecta no solo a los asiduos a museos, sino también a los creadores que serán los más golpeados al no poder ver, compartir y comparar su obra en un ejercicio sano de introspección creativa; es decir, no habrá competencia y no compra.  Tal parece que se avecina una consolidación de lo público (casi circense) donde existe el riesgo de la regulación del estado de forma autoritaria, que podrían tomar partida sobre los productores.

No todo es negativo en este panorama, pues el arte siempre ha encontrado nuevas maneras de permanecer y modificarse, adelantándose y saliendo por encima de las vicisitudes que se enfrenta. Ya lo hicieron los artistas europeos durante las pestes y guerras de los siglos pasados; esta vez, aunque el golpe es mucho más silencioso, parece que la necesidad de sobrevivir y cambiar probablemente se refugiará en la tecnología. Los que más se niegan a este cambio son aquellos que buscan quedarse en la esencia de las artes clásicas, argumentando que no será lo mismo, sin darse cuenta que están en un mundo donde ya nada es lo mismo.

Parece ser que la tecnología podría hacer frente a la libertad del nuevo ejercicio creativo y la comunicación en el diálogo social, esto en la posible función de las redes de comunicación digitales, donde desde hace tiempo una nueva guerra de imágenes de adoctrinamiento y  discusión se llevan acabo.

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La reflexión a la que nos obliga el Covid-19 trae las discusiones que solo pocos museos, por motivos económicos, sociales o gubernamentales, habían tomado con seriedad, al replantear las funciones que tenían dentro de la comunidad. En la nueva tendencia de dinámicas productivas y económicas del arte, parece ser que la muerte de la «alternativa eterna» será otra alternativa (privada o público) pero digitalizada. 

La gestión cultural tendrá que explotar los vínculos sociales ante un cambio de profundidad en la cultura económica del arte que abogue por su autonomía y, por supuesto, idealmente mantener abiertos los discursos para un acceso mayor de público. Es esto u olvidarse de existir. En materia económica siempre es renovarse o morir, pues la inmortalidad del arte es innegable, pero no tanto la del artista.

 

*Luis Armando Cortés es Lic. En Historia del Arte. Especialista en análisis en medios audiovisuales, maestrante en la Universidad Iberoamericana, apasionado de la música, las artes y las ciencias exactas. Correo contacto: arteluiscortes@gmail.com