APARADOR: Homo digitalis.

Nuestra vida azarosa y especie de un solo día es revitalizada por lo digital. Es un excelente ejemplo de la voluntad, que erige grandes pilares en los que se sostiene la humanidad, como mecanismo calmante de nuestra débil condición.

Alfonso Jiménez / A los 4 Vientos

En los albores de esta nueva normalidad marcada por el alejamiento físico, el desempleo, los fallecimientos, y un énfasis en la vida digital, nos hemos adaptado a la escuela a través de Zoom, a las compras en Marketplace y a las conversaciones con viejas y nuevas amistades por medio de Messenger y WhatsApp. Nuestra intención de mantener la vida como la conocíamos ha conllevado al afianzamiento de esta idea de homo digitalis.

En esta reflexión quisiera retomar a Nietszche, particularmente en sus primeras obras. Para éste filósofo, al igual que su maestro intelectual, Schopenhauer, la vida (no sólo la humana) se fundamenta en la voluntad. La voluntad no es sólo el querer hacer algo, así, de forma simple, sino que es una forma de buscar unirnos al todo. Así, todo lo que hacemos son ejemplos particulares de esta intención; por ejemplo, cuando uno hace un trabajo (una cosecha, producir algo), o algún pasatiempo (un baile, un tejido, o lo que sea que a usted le guste), son formas en las que buscamos no sólo sobrevivir, sino que pretendemos sentirnos satisfechos con algunos aspectos de nuestra vida.

En su libro El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, Nietzsche utiliza una alegoría de los dioses griegos para referirse a la especie humana como “hijos del azar” y “especies de un día”. Esto lo hace para reflejar cómo nosotros, a pesar de la característica soberbia que tenemos respecto al dominio de la ciencia y del mundo, no estamos más que a merced de lo aleatorio, teniendo poco que hacer sobre el propio destino. Así, con nuestra voluntad, construimos ciencia y conocimiento; con ello se fabrican herramientas, automóviles y teléfonos celulares para mitigar un poco lo doloroso que representa sabernos expuestos al azar y a sus vicisitudes, como nos lo muestra la contingencia sanitaria actual.

En esta pandemia, definida por el caos económico, el duelo constante y el reajuste simbólico de lo que para nosotros es una “vida normal”, la digitalización de lo cotidiano es un buen paliativo de la necesidad de voluntad que surge de una vida abatida por el azar.

El nuevo coronavirus nos recordó algo que habíamos olvidado: que no tenemos certezas de nada, que somos frágiles y que nuestras estructuras sociales se caen al primer soplo de la naturaleza.

Ahora, el tiempo que ha durado la contingencia sanitaria, hemos tratado de evitar la angustia de la pérdida, forzando el final de los ciclos escolares con medios a distancia. Hemos mudado las formas de comunicación y las habituadas jornadas laborales a lo digital. Si bien esto ya sucedía, ahora es mucho más notorio.

Lo digital ha sido la esperanza de la economía y de las relaciones sociales. Nos da la visión de un mundo posible, que los resquicios de la vida antes del 2020 se mantienen de pie, aunque ello no sea necesariamente así. Esta aparente salvación que ofrece lo digital se sustenta no en la posibilidad de ajuste del futuro de la sociedad, sino en aferrarnos en lo que teníamos previamente como sociedad.

Nuestra vida azarosa como especie de un solo día es revitalizada por lo digital. Es un excelente ejemplo de la voluntad, que erige grandes pilares en los que se sostiene la humanidad, como mecanismo calmante de nuestra débil condición.

El homo digitalis es un enorme avance como humanidad, un pilar intangible, como lo es nuestro microscópico enemigo en la actualidad. Nos ayuda a simular bastante bien una vida normal. Nuestra vida laboral, comercial, social y de entretenimiento en lo digital nos ha permitido dibujar una esperanza en la que es posible una conformación de humanidad que logre sortear al azar de la existencia, representada sólidamente por el COVID-19.

¿Existe una solución posible? Tal vez abrazar la incertidumbre y el azar, el vacío como fundamento de lo existente. Esto no es malo, ni triste, pero tal vez más maduro que forzar una vida que dejó de existir. Lo digital tendrá más fuerza cada día, pero eso no es malo. Lo peligroso es perder de vista que ese pilar intangible de la humanidad tampoco nos salvará del azar incomprensible.