PLUMA DE NEÓFITO: Nada qué decir

Después de esta desilusión, ¿qué sigue? Después de este golpe, ¿qué esperamos? Después de esta mentira, ¿habrá esperanza?…

Ricardo Jiménez Reyna* / 4 Vientos / Foto principal: Inmsol

Lamentablemente hoy, mis estimados lectores, no tengo nada que decir; sí, nada que explicar, nada que criticar, nada que señalar, nada que comentar. Por eso, solo por eso, hoy hare algo que casi nunca hago, les contaré una historia que nada tiene que ver con la realidad que vivimos todos los bajacalifornianos.

Juan nació hace aproximadamente treintaisiete años en el Valle de San Quintín. Es el menor de ocho hijos,. Sus padres, Doña Lupe y Don Pedro, ambos de origen mixteco, eran trabajadores agrícolas en uno de los principales ranchos productores de tomate de aquella región. Él creció en el campo y desde niño acompañó a sus padres a las arduas y recias labores que todo jornalero agrícola debe padecer.

Desde niño escuchaba que algún día todo cambiaría, todo sería mejor para él y su familia y todas las familias trabajadoras del campo aquí en Baja California; él creció con esa esperanza, con ese sueño, con esa visión de que, llegado el momento, los cambios sociales, económicos y políticos en esta tierra serían más que una promesa, una realidad, más que un eslogan de campaña, hechos y más que una simple promesa, acciones concretas.

Así, Juan desde su niñez escuchó a varios candidatos a gobernador del estado, recordó a Ernesto Ruffo Appel, quien fue a hacer campaña a El Valle; era un pequeño de seis años, pero eso no fue un impedimento para que escuchara atentamente bien las palabras del panista quien les aseguró a él, a sus padres y a todos sus compañeros que él no permitiría que los niños siguieran trabajando en el campo, que su plan de gobierno estaba enfocado a garantizar a los pequeños el derecho que tenían a la educación y a recibir un trato justo, digno, sobre la base de los derechos de los niños.

Foto: Facebook

Aquellas palabras emocionaron tanto a Juan que imaginó que llegarían tiempos mejores, tiempos de prosperidad, de progreso, de bienestar, pasaron seis años, nada ocurrió, pero no perdía la esperanza.

Después llegó otro candidato, Héctor Terán Terán. Juan ya tenía doce años, pero aún su fe, su esperanza y su confianza no habían desaparecido. El discurso, similar, parecido, es más, hasta parecía que este candidato pensaba igual que el anterior, pero este tenía más ánimo, más fuerza, más convicción y nuevamente despertó en él la llama de un sueño que aún no se hacía realidad. Después, el tiempo pasó, las lunas eran cada vez más reales, las manos más llenas de callos, los pies más cansados y así, así pasaron los años y el progreso no llegaba, el cambio no ocurría, nada pasaba, nada.

Al tiempo, Juan ya tenía dieciocho años, comenzaba a fijarse más en La Carmela, la hija de Antonio, uno de los amigos de su padre; él la había conocido desde niña, le gustaba, su corazón estaba apegado a ella y el corazón de ella apegado a él; así, mejor dijo para sí que lo más bueno que podría ocurrir es que La Carmela fuera su mujer y así fue.

Fiesta, festejo, vida, alegría, esperanza y, con la esperanza, la campaña de otro candidato y con la campaña un nuevo miembro de la familia; llegó Eugenio Elorduy Walther con las mismas promesas, con las mismas palabras, con las mismas ideas. Juan ya no creyó, comenzó a platicar con otros compañeros igual de jóvenes quienes tampoco creían en las palabras de aquel hombre y trataron de hacer algo, pero a decir verdad no pudieron.

Pasaron los años, tres hijos, más trabajo, más presiones, más edad. Ya tenía veinticuatro años y La Carmela ya no podía con tantos chamacos, en eso, apareció en El Valle de San Quintín José Guadalupe Osuna Millán. Juan y sus amigos mejor ni fueron a escuchar más de lo mismo. Mismas mentiras, mismas palabras, mismas promesas así que dejó que la vida pasara, que continuara. Él estaba bien trabajando duro para darle sustento a su familia, pero La Carmela ya no estaba: se fue dos primaveras atrás por problemas de cáncer en la matriz, pero él seguía esforzándose por el bien de sus hijos a quienes les estaba dando estudios porque no quería que fueran como él: un jornalero.

Foto: El Sol de San Luis

La vida transcurrió, más años, más edad, menos fuerzas, menos entusiasmo, menos esperanza, menos fe y tras las canas también llegó Francisco Vega de la Madrid. Juan y sus amigos estaban convencidos de que este, más que ayudarlos, los perjudicaría y por eso mejor le dieron la espalda porque al final de cuentas, más de lo mismo.

Con la llegada de Vega de la Madrid, la partida de Don Pedro, padre de Juan, quien le decía que nada había nuevo, que todos eran iguales, que lo único que importaba era el trabajo. Recordó que su padre le contaba historias de su abuelo y de su bisabuelo quienes participaron en diversas revueltas al sur del país, pero para él aquello era extraño, muy extraño porque consideraba que la mejor solución era buscar mejores opciones, más alentadoras.

Juan comenzó a creer en los rumores de una transformación radical, apareció en escena Andrés Manuel López Obrador y su nuevo proyecto de nación, Juan creyó en eso y le gustó la idea y así alentó a sus amigos a votar por ese candidato. Al finalizar la campaña presidencial, todos estaban felices, había llegado el cambio en México y con él, un nuevo candidato: Jaime Bonilla Valdez.

Juan creyó en Bonilla así como creyó en López Obrador y así, con esa fe, con esa confianza, él y sus amigos se lanzaron a favor del candidato; pero no pasó ni un año para darse cuenta de que con el nuevo gobernador todo era mentira, todo era una farsa. Juan se volvió a desilusionar, y con la desilusión llegó el coraje, la rabia, la impotencia, la frustración y con todo esto la duda si valdría la pena volver a confiar en ellos.

A casi un año que inicie nuevamente la campaña, Juan quiere recobrar la fe, la esperanza, la confianza, pero es muy difícil. Sólo está en espera de ver quién será el nuevo candidato que llegará a prometerles tal vez lo mismo de siempre, pero en el fondo de su ser quiere creer que en esta ocasión sí será todo diferente.

Foto: Regeneración

Creo que en Baja California vivimos muchos Juanes que, así como él, esperamos que en estas próximas elecciones realmente llegue el líder que tanto esperamos, el líder que nos ayude a salir adelante como sociedad, como pueblo, como hombres, como mujeres, como seres humanos.

Estoy convencido de que tal vez, en algún lugar del estado, un ciudadano honesto o una ciudadana honesta, surja de las sombras no de los pasillos de los partidos, sino de los corredores de la propia ciudadanía, que palpite con el palpitar de los ciudadanos, que nos ayude a vivir con bienestar, con progreso, con felicidad, con seguridad, con tranquilidad, con confianza y esperanza de que sí existen personas honestas que buscan el poder no por el poder, sino para servir, para alentar, para dirigir a un pueblo que, creo yo, ya está cansado de tantas mentiras, de tantos engaños, de tantas promesas.

Creo que los cambios, los verdaderos cambios no surgen desde los poderosos; no, creo que los cambios nacen en cada uno de los ciudadanos, en cada uno de los electores, en cada uno de los habitantes de este mi bello estado que, por desgracia, desde sus orígenes, ha sido gobernado por tiranos.

Solo me resta decir: Hoy no tengo nada que decir, nada que señalar, nada que denunciar, pero sí tengo una reflexión para que lo pensemos bien antes de dar nuestro voto a un nefasto que, como Bonilla, solo buscará sus intereses y los del grupo que representa: Después de esta desilusión ¿qué sigue?, después de este golpe ¿qué esperamos?, después de esta mentira ¿habrá esperanza?

Sé que mañana será un nuevo día y tal vez, y este tal vez lo digo con mucha esperanza. Sí tenga algo nuevo que decir: ¡Por fin llegó el cambio a Baja California!

*Editor, redactor, escritor, columnista, periodista y crítico político independiente.