PLUMA DE NEÓFITO: Ni para dónde hacerse compadre

Cuando callar es aceptar, guardar silencio es aceptar, negar es aceptar, afirmar es aceptar, ignorar es aceptar, no posicionarse es aceptar y no aclarar también es aceptar.

Ricardo Jiménez Reyna* / 4 Vientos / Imagen principal: Sinjania

En una ocasión, allá por mil novecientos sesenta y ocho, entré a la recámara de mis padres y vi que mi madre estaba «cartereando» a mi padre mientras él dormitaba tranquilo, como era de su costumbre después de beber algunos tragos de Old Parr.

Ella me miró fijamente, con esos ojos fulminantes que advertían que, o era su cómplice o era su cómplice porque de lo contrario me aniquilaría. Por ello, solo volteé hacia mi derecha, busqué si ahí estaba mi muñeco de «El Santo» el enmascarado de plata, me asomé abajo de la cama y ahí estaba, lo tomé, salí lentamente del cuarto y cerré la puerta.

Sabía que algo malo pasaría, sabía que mi padre despertaría y seguramente yo estaría en medio de un fuego cruzado entre mi padre y mi madre. El temor me dominó, la frustración controló mi mente; no sabía qué hacer y solo dije: «¡Que Dios me agarre persignado!».

Efectivamente, así fue. Al despertar mi padre, como era de su costumbre, agarró su cartera, la abrió y contó el dinero. Tras gritar: «Ricardo, ven para acá», un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Dejé de jugar con «El Santo» y «Blue Demon», me puse en pie, caminé tranquilo hasta la sala donde estaba mi padre, llegué, parado frente a él agaché la cabeza y sin mirar a mi madre esperé la pregunta que ya sabía que haría: «¿Sabes quién agarró los quinientos pesos de mi cartera?», guardé silencio. De reojo miré a mi padre y él solo movió la cabeza para reprobar mi proceder; mientras tanto, mi hermano mayor, mi primo y mis hermanas solo escuchaban al otro lado de la puerta lo que ocurría en la sala, sin decir una sola palabra.

Yo sabía que él no cesaría hasta descubrir la verdad, que investigaría a fondo, qué nada lo detendría y que llegaría hasta las últimas consecuencias y, cayera quien cayera, el o la responsable sería descubierta. Tenía sus sospechas, pero solo eran eso: sospechas. Así que hizo tres preguntas más de manera consecutiva: «¿Fuiste tú?, ¿fue alguna de tus hermanas?, ¿fue tu madre?». Yo solamente guardé silencio y jamás alcé la mirada.

Imagen ilustrativa: 123RF

Él solamente movió la cabeza como ratificando que su decisión era la correcta y dijo: «Ricardo, fíjate bien lo que te voy a decir: callar es aceptar, guardar silencio es aceptar, negar es aceptar, afirmar es aceptar, ignorar es aceptar, no posicionarse es aceptar y no aclarar también es aceptar. Por eso, solo por eso, tú eres cómplice de lo que pasó en mi recámara. Solo por eso. Fíjate bien: solo por eso eres tan culpable como la persona que robó mi dinero. Por lo cual, a partir de este momento, no vas a jugar con tu monitos durante un mes; tampoco vas a tener derecho a salir a jugar con tus amigos y mucho menos vas a recibir algo de mi parte. Es más, a partir de este momento te voy a aplicar la ley del hielo, no me hables, no me mires, no me busques, no te me acerques, ve a tu cuarto y ahí, encerrado, piensa en lo que acabas de hacer porque ninguno de mis hijos es un cobarde».

Recuerdo que comencé a llorar profundamente. Por una parte sabía que si delataba a mi madre ella me azotaría con el cinturón, pero también sabía que si decía la verdad viviría en libertad y me sentiría mejor; así que, llorando, dije: «si te digo quien fue mi mamá me va a azotar con el cinto. Perdóname, no puedo decirte quién fue».

Él alzó mi cabeza y mirándome fijamente a los ojos dijo: «Eso no es suficiente, eso no es la verdad, eso no es lo correcto, eso no es lo que un Jiménez haría; así que mejor dime la verdad y listo, todo termina».

Mi corazón palpitó aceleradamente, sudor comenzó a recorrer mi rostro que se confundía con el océano de mis ojos. Un temblor dominó mi cuerpo, un nudo en la garganta me impedía respirar y mi nariz, constipada, impedía que el aire entrara libremente a mis pulmones. Tomé fuerza para poder hablar y solo pude decir: «el dinero está abajo del colchón de tu cama» a lo cual mi padre respondió: «Ya lo sé, mira, aquí está el billete, dobladito, tal cual lo dejó quien lo robó, eso tampoco te hace menos culpable, así que dime quién lo sacó de mi cartera y lo puso donde lo encontré».

La presión era inaguantable, mi madre por un lado, mi padre por el otro, mis hermanos allá, callados y el castigo por un lado y la corrección por otro. ¿Qué hacer?, ¿confesar? De todas formas me iría mal así que suspiré, exhalé, suspiré, exhalé no sé cuántas ocasiones y dije: «yo vi cuando mi mamá lo agarró de tu cartera y lo dejó abajo del colchón».

Mi padre abandonó el sillón donde estaba sentado, comenzó a aplaudir y dijo: «bien, bien por ti, muy bien; gracias por decir la verdad, solo que hay un problema, como confesaste bajo presión y no voluntariamente, de todas formas vas a estar castigado, pero solo quince día. Vete a tu cuarto y reflexiona sobre lo que hiciste».

Con otra bandera, una nueva hornada de corruptos en Baja California (Fotos: Noticias ZMG)

Tal vez se pregunten mis estimados lectores: ¿A qué viene toda esta historia de un niño de solo siete años? Bien, la respuesta es sencilla. ¿Qué pasaría si le pongo nombres y apellidos a los personajes basados en una historia real? ¿Qué pensaría usted si mi madre es la representación del actual gobernador de Baja California, Jaime Bonilla Valdez, los congresistas de la XXII Legislatura y los funcionarios estatales y municipales actuales que nos gobiernan?

¿Qué pensaría si yo, el niño, son los actuales congresistas de la XXIII legislatura? ¿Qué pensaría si mi hermano, mi primo y mis hermanas son la representación de la mayoría del pueblo de Baja California, de algunos medios de comunicación, de algunos sectores de la sociedad y de muchos funcionarios de los tres niveles de gobierno que solo están ahí, escuchando lo que ocurre y no intervienen porque consideran que no es su función? ¿Qué pensaría si mi padre es el emblema de la razón, la justicia, la verdad, la cordura, la dignidad, la sensatez y la honradez? Creo que si ustedes, mis queridos lectores, hacen este ejercicio mental, llegarán a las mismas conclusiones a las cuales llegué hoy:

No es posible que sigamos permitiendo que nuestros derechos sigan siendo pisoteados por una bola de hombres y mujeres indiferentes a las necesidades de todos y cada uno de nosotros; no es posible que sigamos aceptando el hecho de que así son las cosas y debemos aceptar que es imposible cambiarlas; no es posible que sigamos así, dejando que hombres y mujeres corruptos y corruptas continúen en el poder; no es posible que no pongamos un alto a todo esto solo por el simple hecho de que es mejor dejar las cosas así y seguir adelante, dejando que hombres y mujeres ególatras y egocentristas sigan representándonos y gobernándonos.

Este es el momento decisivo, es el momento de reconocer que, como electorado, nos equivocamos. Es el momento de castigar a quienes han intentado tener el control del destino de Baja California para así, ser los más beneficiados. Es el momento de cambios verdaderos. Es el momento de decirles no y la única forma es no volver a votar por ellos y ellas.

Es el momento de actuar como lo que somos: un pueblo digno, un pueblo honesto, un pueblo recto, un pueblo ejemplar porque solo así, siendo lo que somos, podremos tener gobernantes dignos, honestos, rectos, ejemplares, que gobiernen a favor del pueblo y no a su propio beneficio.

Es el momento.

*Editor, redactor, escritor, columnista, periodista y crítico político independiente.