APARADOR: Todos los días son domingo.

Ahora todo parece lo mismo, carente de representación simbólica al mantenernos en el encierro. Las calles semivacías y los negocios cerrados nos recuerdan a los escenarios apocalípticos de series y películas; pero la realidad es distinta y no una ficción.

José Alfonso Jiménez Moreno / A los 4 Vientos

A todos los que han perdido algo en estos días de pandemia.

El mundo es mi representación, dice Arthur Schopenhauer. El mundo es simbolismo, es uso de la razón y la perspectiva, es una vida en abstracto. En estos días de cuarentena resaltan una enorme diversidad de configuraciones y miradas sobre estos tiempos inéditos para la humanidad, poniendo al límite nuestra capacidad de hacer frente a la incertidumbre y a la carencia que se aproxima.

Todos los días parecen el mismo para quienes viven en el encierro. Se hacen memes y en redes sociales se comenta que el tiempo que pasa ya no se siente ni se mide, pues todos los días son iguales al anterior, y se añora lo que era la vida antes de la llegada de nuestro pequeño enemigo microscópico.

El simbolismo de lo que implicaba levantarse un lunes a las 5:00 de la mañana, el cansancio del jueves y   el cuerpo silbando porque llegó el fin de semana ya no se vive de la misma forma. Todo ello parece desmoronarse poco a poco. Los festejos de graduación y de cumpleaños, el día del niño y de la madre parecen perder fuerza; por ello emergen las intenciones desesperadas de hacer cosas importantes aún en las condiciones actuales del mundo. Podríamos asumirlo, todo está en pausa, hasta el sentido mismo de los días y de la vida que construimos como humanidad.

Ahora todo parece lo mismo, carente de representación simbólica al mantenernos en el encierro. Las calles semivacías y los negocios cerrados nos recuerdan a los escenarios apocalípticos de series y películas; pero la realidad es distinta y no una ficción. Se palpa, lee, evidencia y existe. Solo hay miedo, incertidumbre y confusión.

Todos los días parecen similares y nos da miedo admitir que esas reglas de rutina que implementamos en la escuela o en el trabajo no eran reglas universales, sino que eran simbolismos que construíamos en conjunto. Tal vez una de las cosas más importantes en esta pandemia es que derrumba nuestras representaciones de lo cotidiano, y estamos adoptando una nueva perspectiva de lo que significa estar vivo, del cuidado, de la economía y de lo que nos define como sociedad.



Según Schopenhauer, el ser humano vive su vida en concreto y, a la vez, una segunda vida en abstracto. En la pandemia no solo comemos y trabajamos –con los cuidados necesarios, en el mejor de los casos–, sino que estamos cambiando el mundo que simbólicamente construimos. Nuestra vida abstracta, los significados de ésta, de los días y de nosotros como humanidad están mutando de forma estrepitosa. Como consecuencia, a veces estamos en la nada, a veces sin sentido, a veces con desesperación, y a veces, incluso, muy tranquilos.

No debemos temer por lo que nos depara, ya que lo que construyamos en un futuro será también un mundo abstracto, un mundo de simbolismos y representaciones. El mundo no solo es la tierra que pisamos, sino el sentido que le damos a los momentos que nos tocó vivir. No tenemos otra opción, la voluntad propia de lo humano nos llevará a la construcción de formas para entendernos a nosotros mismos. ¿Cómo será el mundo después del COVID? Lo decidiremos entre todos. Puede ser horrible o hermoso, o bien, todo el abanico de posibilidades de ambos extremos.

Literalmente, a veces me pierdo y no sé en qué día vivo. Sentirse en la nada y extraviado, es parte de la búsqueda de un mundo de representación, de una vida cargada de símbolos que le den sentido a aquello que no lo tiene, a la vida en sí misma. Tengamos paciencia, ya que tanto los escenarios positivos, como los catastrofistas, son producto de la representación, lo cual puede ser totalmente abrumador, o bien, completamente liberador.