Globalidad capitalista y violencia

A pocas horas del trágico tiroteo en la escuela de Torreón, buena parte de la opinión pública e incluso algunos medios, se enfocaron en tener una explicación contundente para la masacre: si el niño vestía una playera con la leyenda “Natural Selection”, como uno de los atacantes de Columbine en 1999, la pregunta era si el niño actuó instigado por el videojuego del mismo nombre o lo hizo imitando los atroces actos de aquel par de jóvenes.

Alfredo García Galindo/ 4 Vientos / Foto principal: Imagen del videojuego Natural Selectión y entrada de la escuela de Torreón donde ocurrió el asesinato de una maestra y el posterior suicidio del agresor; un niño de 11 años (El Siglo de Torreón)

Parecería una suerte de reedición, a su vez, de ese peculiar fragmento de la película de Michael Moore en el que las buenas conciencias de los Estados Unidos daban su veredicto sobre qué motiva la violencia extrema de los más jóvenes: la subcultura agresiva del heavy metal, los programas de televisión, la música de Marilyn Manson, las armas de juguete, los videojuegos…

Causalidades diversas que son presentadas como explicación única del proceder de los seres humanos cuando en realidad son fenómenos que establecen una relación simbiótica con las violencias estructural y simbólica y que son resultado del enorme complejo encarnado por el capitalismo global.

Así, para la mirada que suele confundir las consecuencias con las causas, estos fenómenos son naturalizados como si la descomposición social fuera un rasgo inherente a la naturaleza humana, como si se tratara de realidades que se producen por mera fatalidad o malicia y no como resultado de un todo económico que ha mercantilizado la existencia como nunca en la historia.

Para el caso de México, pondríamos nuestras propias particularidades cotidianas: los productos de la sinrazón globalizada son los cárteles de la droga, la apología de la violencia en los medios masivos, la inseguridad, la miseria generalizada, la desigualdad lacerante, la precariedad laboral, la crisis medioambiental, los feminicidios y la degradación de los vínculos comunitarios y familiares.

El menor asesino de Torreón había cambiado su uniforme por un pantalón oscuro, tirantes y una playera con la leyenda «Natural Selection», tal y como uno de los adolescentes matones en la secundaria Columbine, Colorado, Eric Harris y Dylan Klebold (en la imagen del recuadro), usó para masacrar a 12 estudiantes y un profesor (Foto: Sin Embargo).

Una debacle habitada por individuos correspondientes con ese entorno; sujetos que desde niños están expuestos a la pedagogía que imparten los modelos más lesivos de la dignidad humana a través de esos medios masivos, de la publicidad y de la opinión pública enajenada: el individualismo a ultranza que coloca al consumismo como sinónimo de éxito y bienestar, y una masculinidad hegemónica performada por el machismo, la virilidad tóxica, la homofobia, la cultura de la violación y la resolución violenta de los conflictos.

De ese modo, el capitalismo gore que Sayak Valencia propuso para categorizar a los protagonistas del crimen organizado que utilizan la violencia como vía de empoderamiento, tiene en niños y jóvenes “comunes y corrientes” a las principales víctimas presentes en nuestras familias. La cotidianidad sometida por un discurso del prestigio, del éxito y del consumo frenético que castiga con extrema violencia simbólica a la enorme masa de los “perdedores”, es el caldo de cultivo perfecto para acosadores y acosados, para seres acomplejados con su imagen y sus bolsillos rotos, para deprimidos y para los atormentados por una ansiedad suicida, los cuales pueden terminar estallando en un arrebato de ira demasiado categórica.

Que no se nos haga extraño entonces que la violencia sea en forma creciente la plataforma de un empoderamiento sui géneris, en un mundo en el que el discurso neoliberal esconde su racionalidad cínica bajo el disfraz de una meritocracia inexistente. Dicho de otro modo, la falsaria retórica del “tú puedes todo lo que te propongas” es la vergonzante comparsa del lenguaje de las balas, en estas sociedades nuestras en las que en lugar de un sano sentido de autonomía se instala a menudo en nosotros una sensación de soledad y aislamiento en medio de la multitud, y una percepción de que el mundo es una jungla en la que hay que matar para sobrevivir.

Una realidad decadente demostrada y normalizada, no sólo por las narcoseries con toda su parafernalia de armas, camionetas, sicarios, yates y mujeres convertidas en simples mercancías, sino también por esas telenovelas en las que la estética de la sangre es simplemente dosificada pero igualmente acompañada por esa otra violencia por la que las relaciones humanas y de pareja son definidas por la intriga, los celos enfermizos, la hipocresía y el consumismo.

Imagen: Internet.

Es así que el espantoso acto del niño de Torreón no debemos verlo como la explosión fortuita de una mente que nació enferma, sino como una consecuencia extrema del mismo clima de violencia y descomposición social con en el que globalidad contemporánea nos victimiza a todos. Su acción corresponde con un ambiente que ha sido propicio para la importación del american way of life en una versión siniestra por la cual el disfrute de mercancías y servicios y la sensación de potestad que da el dinero, son las pautas con las que medimos a cuánta felicidad tenemos derecho en nuestras vidas.

Un mundo en el que el abandono emocional de millones de niños y jóvenes no es resultado de una espontánea indiferencia de los padres, sino de ese proceso histórico por el que la economía capitalista –aún más en su modalidad neoliberal- ha obligado a cada vez más personas a dedicarse a la búsqueda del sustento, más que al cultivo de los lazos humanos y domésticos.

En fin que si la naturaleza gore del capitalismo se manifiesta con toda su inclemencia en el mundo del crimen organizado, pensemos que se trata del mismo modelo cuyo lenguaje somete nuestra cotidianidad por la vía de otras violencias, por mucho que se vista del discurso de la libertad y la democracia.

A ese mundo es al que debemos responder con el ejercicio de los vínculos comunitarios, de las redes de confianza y del involucramiento ciudadano; con la forja de nuevas formas de ejercer relaciones económicas que privilegien el bien común antes que el lucro individual a ultranza; con la lucha por condiciones laborales que en lugar de agobiarnos, nos den la oportunidad de recuperar las redes de apoyo que en el pasado tejíamos con la familia y las amistades y que daban a los niños y jóvenes, al menos un mínimo sentido de certeza frente a la vida.