El PCM y la izquierda en México, cien años.

El Partido Comunista Mexicano (PCM) fue un destacamento importante de la izquierda mexicana durante sus 62 años de vida ininterrumpida. Nació durante la Revolución Mexicana en el año 1919 con un propósito muy claro: transformar la Revolución en una revolución socialista. Cuando la Revolución terminó en el año de 1940, el PC perdió el rumbo pero lo recuperó con brío a partir de 1957.

Enrique Semo*

El comunismo mexicano abarca muchos esfuerzos más allá del PC, a todos ellos nuestros saludos por encima de toda divergencia. El PCM estuvo del lado del pueblo en todas sus luchas y perdió a muchos compañeros desaparecidos o muertos. Otros sufrieron persecución y cárcel, pero casi nunca traicionaron sus principios.

El comunismo y el marxismo tuvieron una gran influencia en la cultura mexicana: pintura, literatura, ciencias sociales, historia. Los éxitos actuales del pueblo mexicano en las transformaciones que inicia el actual gobierno no son ajenos a las semillas de justicia y democracia sembradas por los comunistas.

Espero que este encuentro sea rico en debates sobre el pasado y el presente. No puedo terminar sin expresar mi más profunda solidaridad con el pueblo de Bolivia, su presidente legítimo Evo Morales, y su vicepresidente y antiguo estudiante de la UNAM, Álvaro García Linera. Y con estas palabras doy por inaugurado este coloquio a las 12:30 horas del 19 de noviembre del año 2019.

 El comunismo hoy

(Enrique Semo, ponencia presentada el 19 de noviembre de 2019, en el primer panel del Coloquio El PCM y la izquierda en México, cien años).

 El 4 de noviembre de 1981, Valentín Campa firmaba el acta notarial que registraba la desaparición formal del PCM, para unirse con otras organizaciones en un nuevo partido. Si consideramos el PSUM y el PMS como continuadores directos, que seguían enarbolando la orientación socialista junto con otras organizaciones y movimientos, podemos decir que durante setenta años el socialismo mantuvo su presencia con altas y bajas en el centro de la vida política del país. Desde entonces han pasado 38 años y el socialismo, postcapitalismo o altermundismo tiene presencia en México sólo en el movimiento comunitario del EZLN y algunas otras expresiones menores como el Movimiento Comunista Mexicano.

El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín y casi al mismo tiempo se produjo el derrumbe del socialismo realmente existente o el modo de producción soviético en toda Europa. Eso parecía invalidar todo posible futuro comunista. Una virulenta propaganda identificó y sigue manchando el ensayo comunista con imágenes de dictaduras totalitarias y campos de concentración, guerras civiles interminables y modelos económicos inoperantes.

El comunismo es un movimiento social que tiene casi 200 años de existencia y que ha sido y es negado una y cien veces por el capitalismo para siempre resurgir.

En México, una generación de militantes se refugió en la nostalgia, otros pasaron a militar en la izquierda mientras que unos pocos cayeron arrepentidos en los brazos del neoliberalismo. Esto ha permitido que en los últimos 30 años la alternativa comunista, de ser un horizonte de esperanza de las luchas sociales, haya quedado reducida a una palabra vergonzante.

Han pasado casi cuarenta años y en México no existe una fuerza política importante que recoja la bandera del socialismo y cuya teoría reivindique la idea del comunismo con ese nombre o con otro cualquiera.

Cabe preguntarse si el concepto comunismo sigue teniendo vigencia para una época diferente como es el siglo XXI y si tiene alguna posibilidad de volver a conquistar su lugar en los grandes movimientos anticapitalistas del futuro.

Un argumento serio es el derrumbe de la URSS y del “socialismo realmente existente” que fue en su inicio un ensayo de crear una sociedad comunista de acuerdo a la teoría de Marx y Lenin. Su fracaso es un episodio lacerante en la historia del movimiento socialista que no podrá renovarse sin hacer una crítica profunda y creativa de lo sucedido, como hicimos antes con las experiencias de la Comuna de París, el pensamiento socialista utópico de principios del siglo XIX, el cartismo o el movimiento ludista.

Esta asimilación crítica nos sirve para buscar nuevos caminos, distintos a los adoptados por los revolucionarios del siglo XX, que lograron muchas cosas pero no, la fundación de una sociedad comunista en el sentido que le da al concepto la teoría marxista, la experiencia de los grandes movimientos sociales y el pensamiento crítico de los siglos XIX y XX.

El principal enemigo de esa asimilación crítica es la nostalgia, que se niega a reconocer que el camino del movimiento de los trabajadores ha sido un camino sembrado de fracasos. Pero que esos fracasos son ricos en lecciones para renovar la teoría y la práctica social.

No podemos tampoco negar los cambios profundos que ha conocido el mundo desde los años 70 con la gran revolución informática y robótica, la globalización, el neoliberalismo, el pensamiento conservador contemporáneo, que son obstáculos temibles del desarrollo de un pensamiento y una práctica revolucionaria nueva, acorde con nuestros tiempos.

En ese medio siglo, desde Thatcher y Reagan, el capital ha socavado las estructuras precedentes de poder monopolista y desplazado la fase previa de capitalismo monopólico de Estado nación. Mediante una competencia mundial traducida en reducir ganancias corporativas no financieras, el desarrollo geográfico desigual y la competencia interterritorial se convirtieron en rasgos fundamentales del capitalismo actual.

¿Qué podemos decir sobre el pensamiento marxista y socialista hoy? No podemos negar que, después de un largo silencio hay un gradual renacimiento de ese pensamiento en sus diversas y multiformes propuestas. Esto es cierto no solo por la multiplicación de libros y revistas, la diversidad en la expresión del pensamiento crítico, sino sobre todo porque la historia se ha vuelto a poner en marcha y los explotados, humillados y ofendidos en todas las latitudes, incluyendo la Europa rica y la gran potencia de los Estados Unidos, han entrado en acción. Sobre todo en América Latina de la que formamos parte, los pueblos se levantan decididamente contra el neoliberalismo salvaje.

Movilizaciones multitudinarias en Chile. El pueblo exige poner fin al modelo neoliberal impuesto al país a sangre y fuego por la dictadura militar de Pinochet; demanda nueva Constitución. Foto: internet

El ciclo de los movimientos progresistas no ha terminado, renace pese a todos los obstáculos que presentan la reacción y el neofascismo. El comunismo no es una utopía más para la reforma del sistema actual. Hay infinidad de proyectos, rutas y propuestas para superar los problemas de la sociedad contemporánea, entre ellos está el libro más reciente de Thomas Piketty de más de mil páginas Capital e Ideología.

La diferencia del comunismo con esas utopías es que el comunismo es resultado de las contradicciones internas del capitalismo que engendra su propia negación.

Lo que Marx se propuso en su libro El Capital, es demostrar científicamente que el comunismo surge del movimiento mismo del capital, que es su consecuencia necesaria.

El capital desarrolla en su seno una organización social del trabajo incompatible con la propiedad privada de los medios de producción. La ley natural del movimiento de la sociedad capitalista provoca el nacimiento del comunismo como una necesidad ineluctableLa necesidad de la apropiación social que nace de la contradicción de su apropiación privada en el sistema capitalista. El capital como una realidad alienada en la que la relación entre las cosas domina la relación entre las personas, se impone como una necesidad ciega.

“Entre los propios portadores de esa autoridad, -escribe Marx-, los capitalistas, que sólo se enfrentan como dueños de bienes, reina la anarquía más completa: los enlaces internos de la producción social sólo se impone como fuerza de la naturaleza en contradicción al libre albedrío del individuo.”

La ley económica y la enajenación se fusionan en la propiedad privada de los medios de producción y el comunismo sigue siendo, negación de esa propiedad. La imagen de un modo de producción absoluto, más allá de la historia, queda así negado y permite desentrañar los límites internos del capital como marca de su relatividad histórica: “…Esta limitación particular testifica de la naturaleza transitoria, limitada y puramente histórica, del sistema de producción capitalista. Testifica que no es un modo absoluto de producción de la riqueza, que por el contrario entra en conflicto con el desarrollo del mismo, no es la necesidad del capitalismo lo que sustenta el comunismo, es la esencia de este último, que permite juzgar la historia del capital. Ésta es la diferencia sustancial entre el comunismo y los cientos de utopías que sobre el tema se han elaborado. Ésta y la rica experiencia del movimiento de los trabajadores durante buena parte del siglo XIX y el siglo XX que no pueden ser borrados de un plumazo.

El proletariado en el sentido marxiano ya no existe y ha sido reemplazado por multitudes de diversos orígenes, unidas por la condición de explotación, desposesión, humillación y precariedad a la cual está sometida una parte cada vez más numerosa de la humanidad.

El capitalismo actual esta cuajado de innumerables contradicciones. Entre ellas podemos citar las que se derivan del cambio climático.

Se prevé un saldo de 200 millones de ecorefugiados en los próximos 20 años; se estima que la elevación del nivel de los mares para este siglo será de 59 cm y afectará a unas 400 millones de personas. Pero las grandes empresas impiden toda acción eficaz contra el deterioro climático.

Rosa Luxemburg, en un potente manifiesto antibélico que escribió en prisión en 1915, lanzó por vez primera la idea de que la humanidad se encontraba frente a la elección entre la victoria del socialismo o el fin de la civilización.

También están los persistentes problemas del desempleo masivo, la espiral a la baja del desarrollo económico en Europa y Japón, las devastadoras crisis económicas que el neoliberalismo ha causado en los países tradicionales y dependientes como la de 2008. Además hay que tomar en cuenta los avances de China, India y el sudeste asiático que modifican definitivamente la relación de fuerzas en el mundo y que puede redundar en una guerra atómica y la catástrofe a la que se refería Rosa Luxemburgo en su famoso dilema “Socialismo o Barbarie”, si predomina el estilo de Trump en Estados Unidos, Boris Johnson en Inglaterra, Bolsonaro en Brasil, Norbert Hofer en Austria o Jaroslaw Kaczynski del partido Libertad y Justicia en Polonia, esta posibilidad crece. 

La famosa pregunta de Lenin “¿qué hacer?, no se puede responder, por cierto sin una idea de quienes pueden hacerlo y dónde. Sin embargo, un movimiento anticapitalista global es poco probable sin cierta visión de lo que hay que hacer y por qué. Existe un bloqueo doble: la falta de una visión alternativa evita la formación del movimiento de oposición, mientras la ausencia de tal movimiento se opone a la articulación de una alternativa. ¿Cómo superar este bloqueo? La relación entre la visión de lo que está por hacerse y por qué y la formación de movimientos políticos en lugares clave para hacerlo tiene que coincidir. Cada una tiene que reforzar a la otra. De lo contrario, la oposición potencial estará por siempre confinada a círculos limitados. Dejándonos a merced de las perpetuas crisis del capitalismo en el futuro. Ésta es una tarea para el pensamiento teórico, pero también para los movimientos anticapitalistas que están surgiendo.

Imagen de portada: Enrique Semo. Foto: La Jornada

*Palabras de Enrique Semo (y posterior ponencia) en la inauguración del Coloquio «El PCM y la izquierda mexicana, cien años», realizado del 16 al 22 de noviembre de 2019, en el marco del centenario de la fundación del PCM, convocado por La Facultad de Economía de la UNAM y el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones Mexicanas (INHRM)

Enrique Semo Caleb, científico social, historiador, economista, ensayista político. Estudió economía en la Escuela Superior de Derecho y Economía de  TelAviv, Historia en la Faculta de Filosofía y Letras de la UNAM, en la cual se recibió con mención honorífica en 1962, y obtuvo el título de Doctor en Historia Económica en la Universidad de Humboldt de Berlín, con la mención de Magna Cum Laude (1970). Actualmente es Emérito de la UNAM y Premio Nacional de Ciencias 2014.