APARADOR: Retro, vintage y nostalgia

Sacan remakes de películas ochenteras y noventeras cada mes; en las tiendas de discos vuelven a vender música en discos de vinil; todo el año hay conciertos de reencuentros que apelan a la nostalgia para la venta. Incluso, hay quienes, como yo, disfrutamos de la posibilidad de comprar cosas retro, como videojuegos, juguetes, autos o cualquier cosa que nos remonte al pasado.

Alfonso Jiménez / A los 4 Vientos

A mi juicio, este amor por lo vintage o retro se ha afianzado en las últimas décadas. Tal vez no sea así y esa perspectiva se deba a mi pasar de los años y a que empiezo a poner más atención en este tipo de cosas. Pero, independientemente de mis apreciaciones personales, lo retro nos rodea todos los días y en varios ámbitos, pero, particularmente en cuestiones estéticas y de entretenimiento.

En mayor o menor medida todos disfrutamos de una leve dosis de nostalgia. Mal vista por algunos filósofos, es un aspecto que es parte de nuestro día a día y, ahora, parece ser una herramienta de comercialización que el capitalismo no soltará. Si bien es triste que hasta nuestros recuerdos sean objetos de venta, no es el tema que me interesa proponerle el día de hoy. Más bien lo invito a qué pensemos, ¿por qué nos interesa lo vintage?

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Me parece que es un fenómeno muy similar al que sucede con los infantes. Quienes han tenido contacto con niños pequeños seguro han observado que suelen repetir música, programas de tv o películas una y otra vez. Cantan las mismas canciones y repiten cosas que ya conocen. Dicen los que saben de esto que este tipo de comportamiento se relaciona estrechamente con el conocimiento del mundo, el cual requiere necesariamente de estructuras conocidas que faciliten su adaptación a un mundo que no conocen; de tal suerte que repiten las cosas que ya identifican una y otra vez. Bastante interesante y verosímil.

Pero, cuando uno deja de ser párvulo y está más bien en la etapa de madurez, ¿qué nos orilla a esta repetición de lo conocido? Nos creíamos crecidos al haber superado cierto tipo de música, series o caricaturas características de nuestra etapa de desarrollo, artefactos, imágenes y hábitos propios de la reminiscencia. Pero, ¿por qué siguen ahí? ¿Por qué vamos a conciertos de reencuentros y recordamos bailes de antaño? ¿Por qué la gente compra discos de vinilo, consolas de videojuegos descontinuadas y usa ropa de imágenes propias de museo?

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Si tomamos como cierta la idea que los pequeños lo realizan como medio de certeza frente a un mundo inestable y desconocido, entonces el gusto por lo retro desvela un especial destello de inseguridad y miedo en la adultez. El dolor agridulce de la melancolía que se concretiza en los objetos retro que deseamos, ese gusto de cantar canciones en conciertos de reencuentros y la alegría de fotos viejas pueden ofrecernos un piso estable en un mundo que nos es extraño. El mundo de un adulto es violento, inestable, voraz. Así, chavoruquear es una gran válvula de escape que permite aliviar fugazmente el miedo que nos ocasiona saber que la vida sigue siendo un monstruo que no hemos domado del todo.

No es que la gente no quiera crecer, sino que por muy maduros que seamos y las canas nos llenen las barbas y el cabello, el mundo nos sigue generando miedo. Hay miedo de no aceptar que hay ocasiones que no sabemos qué queremos de nuestra vida, miedo de saber que somos vulnerables, miedo de no rendir en el trabajo, de perder a la pareja, de no saber cómo ser padre, de no tener un trabajo estable o pensión asegurada. Miedo de lo que usted quiera que implica la vida adulta.

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Véalo con los niños y adolescentes. Ellos carecen de la historia de golpes y fracasos que un adulto ha vivido, por lo que los eventos que aluden a lo nostálgico tienen un sentido completamente distinto para ellos. En cambio, para nosotros, un cover de una canción o el remake de una película nos lleva con un encuentro inevitable con nuestro pasado, con aquella persona que fuimos y ahora se encuentra más decepcionada y miedosa de lo que era. Y no es que siempre sea de esa manera, pero la nostalgia nos lleva a una ambivalencia entre lo que fue y lo que es, la añoramos por que el pasado es seguro, ya sabemos lo que sucedió y a dónde nos llevó.

El pasado es dulce porque ya no existe, y es amargo por la misma razón. Mi invitación es a no negar nuestros miedos, a afrontar que lo que fue ya no es y a comprender que estamos rodeados de la inestabilidad y voracidad del mundo. Me parece que la debemos de asumir más que escapar de ella. Enfréntese al vacío que le rodea, verá que encontrará nuevas formas de ajustarse al mundo que vive ahora. Igualmente, siga disfrutando los remakes si eso le place, que recordar solo hace daño en el sentido que lo fuga del presente.