Bolivia: litio, imperialismo y crisis

El octubre pasado se dio a conocer quiénes eran los ganadores del premio Nobel de química: John Goodenough, Stanley Whittingham y Akira Yoshino, desarrolladores de la batería de litio.

Alfredo García Galindo/ 4 Vientos

Acordes con la nueva corrección política que dice que hay que buscar alternativas amables con el medio ambiente, la Academia Sueca que otorga el premio fue la síntesis de lo que dicen todas las universidades, ONGs, gobiernos humanistas y ciudadanos comprometidos: debemos sustituir al petróleo como fuente de energía.

Lo que no se dijo, desde luego, es que la competencia será ahora por el hoy llamado oro blanco, llamado así por las posibilidades económicas que implica dada la enorme cantidad de aplicaciones industriales en las que ya en este momento está siendo utilizado, desde los dispositivos electrónicos con los que estamos leyendo este escrito, hasta el automóvil eléctrico que supuestamente está llamado a desplazar a todo el parque vehicular planetario.

Considerando este escenario, si en un principio podría pensarse que la crisis política en Bolivia tiene sólo un vínculo tangencial con estos aspectos, podemos concluir ahora las dimensiones reales de esa relación. Aun en estas horas en que no se sabe el destino personal de Evo Morales –dado que su suerte política parece que ha quedado clara–, salta así uno de los principales factores por los que Bolivia ha sido objeto de las ambiciones globales en los últimos años.

La caída del héroe cocalero no hace más que abonar a la incertidumbre sobre quiénes y cómo habrán de controlar a la que es considerada la mayor reserva mundial de ese metal del futuro. Si Estados Unidos no intervino -al menos directamente-, en la caída del de Oruro, bien sabemos que se encuentra con todo su interés puesto en hacerse de los beneficios que pueda obtener en ese enorme río revuelto que se ha convertido Bolivia, como igualmente lo están China, Rusia y la Unión Europea.

El caso es que parece la antesala de una reedición del imperialismo del siglo XIX aunque en realidad se trata más de una continuidad histórica que desde entonces ha permanecido: países que son situados en la periferia del sistema para ser fuente de las materias primas que las grandes potencias exigen para mantener sus industrias, su nivel de vida y su estabilidad sociopolítica. Al final, si algún efecto indeseable existe, de eso también ha tratado la expansión del sistema económico en los últimos doscientos años: que las consecuencias de la concentración de la riqueza, del acaparamiento de la tierra y de la explotación de los recursos, las sufran el trabajo obrero, las manos campesinas y los pueblos originarios.

Parece que eso es lo que viene. Las grandes potencias –y también los capitales locales desplazados– se enfocarán en recuperar el terreno perdido frente a los avances que el pueblo boliviano haya logrado durante los años del régimen de Morales (los cuales se expresan en esa disminución de casi la mitad de la pobreza en el país, según estimaciones del Banco Mundial). Es casi obvio: la abundancia de litio y de muchos otros recursos es una tentación demasiado irresistible para dichas potencias y para las oligarquías del país.

Luis Fernando Camacho, líder de la ultraderecha en Bolivia, custodiado por la policía golpista entró a Palacio de Gobierno y , en una especie de liturgia, depositó la biblia sobre la bandera nacional. Foto: internet

Así es, y se ve con ello algunas dimensiones de esta crisis que casi siempre apunta a un origen económico de diversos niveles: si al pretender reelegirse, Evo Morales puso en bandeja de plata el mejor de los pretextos para los intereses trasnacionales, también lo hizo para las fuerzas más oscuras de las derechas locales. La siniestra figura del fanático y racista Luis Fernando Camacho, llamando con Biblia en mano a restaurar a Dios en el gobierno de Bolivia, habla del odio de clase y de sangre de esa oligarquía a la que él pertenece, que había sido desplazada del control de los recursos del país por la mano de un político indio en favor de campesinos y desposeídos.

Todo indica que es la marca de nuestros tiempos. La abundancia de litio en Bolivia muestra la sarcástica situación de que algo que pudiera pensarse como una bendición nacional, termina por ser ambicionado por los gobiernos de otros países y por la codicia de los poderosos locales. En efecto, los recursos naturales que sostienen al capitalist way of life, seguirán siendo una especie de sello trágico para los pueblos débiles.

En fin que el horizonte tiene demasiados nubarrones, pero la esperanza está en que el pueblo boliviano camine sin ese cobijo político que el sistema le brindaba y que las comunidades originarias redoblen esa lucha por la defensa de sus territorios, cosa en la que en su momento se volcaron, incluso contra algunos de los proyectos industriales del propio régimen que hoy se desploma. Ese es el trabajo que sigue para Bolivia y para cualquier individuo que sufre o atestigua las injusticias: mantener la disposición a sumar las fuerzas de todos los sujetos y comunidades que aspiran por un mundo más vivible.

Imagen de portada: El Presidente de Bolivia inauguró en febrero de 2019 la planta piloto de la fabricación de baterías de litio. Su país tiene la reserva más grande de este valioso recurso mundial. Foto: internet

Alfredo García Galindo es economista, historiador y doctor en Estudios Humanísticos. Es catedrático y autor de diversos libros y artículos; ha impartido charlas, ponencias y conferencias, enfocándose en el análisis crítico de la modernidad y del capitalismo a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología.