Héctor Herrera: retrato de un artista sin moldes

Tres imponentes esculturas de tonalidades frías destacan en el primer piso del lugar. Las paredes son neutrales como lienzo, y rodean diferentes obras de arte. Un hombre da la bienllegada. Ojos cafés, barba de chivo, cabello rizado. Las canas se concentran en sus abundantes patillas. Un espeso bigote cubre su labio superior. Lleva una camisa azul marino tapizada con líneas blancas que le dan forma a una aglomeración de pulpos. Un delantal negro manchado con palmas y líneas de pintura blanca delatan su oficio: es un artista.

Jazmín Félix* / A los 4 Vientos

Héctor Herrera es pintor y escultor. Ronda en sus cuarentas, y hace diez años dejó Ciudad de México para residir en Ensenada. Artista Visual graduado de la Universidad Autónoma de México (UNAM), obtuvo el Premio Nacional de Arte Joven en 2002 y ha tenido menciones honoríficas en diversos concursos y bienales.

Actualmente es el dueño y director del lugar que pisan sus pies: el Centro de Residencias e Investigación Artística (CRIA), un proyecto que busca ser un espacio para que artistas de todas las nacionalidades lleven a cabo sus proyectos por un aproximado de tres meses. Busca también contribuir al escenario artístico de la ciudad a través de los futuros residentes y por medio de galerías urbanas y exposiciones de arte. El lugar espera abrir sus puertas a los artistas dentro de un año, una vez concluida su construcción.

Dos alegres perros border collie juguetean entre las piernas de su dueño mientras este muestra el lugar. Una vez agarran confianza se lucen y lengüetean la piel extraña. Chamaco e Ilya son las almas infantiles del CRIA.

En la izquierda, al fondo del vestíbulo, está la bodega de esculturas y el área de herramientas. Bloques grandes de poliestireno tocan el suelo mientras esperan a volverse escultura. En un mueble pegado a la pared hay un montón de figuras y bases, como tiradas al olvido. A la derecha y bajo las escaleras está el comedor provisional. Hay una pequeña selección de vinos, dos botellas de licor sobre el refrigerador, y una prensa francesa en la cima de los trastes sucios del fregadero. Sobre la mesa, una tortilla de maíz dura y una pila de latas de atún.

Subiendo las escaleras, Héctor cuenta más detalles acerca del programa de residencias: “Antes, cuando estábamos en el centro, se tenía un residente por proyecto porque el espacio era muy chico. Ahora ya tenemos espacio para cuatro artistas al año”.

Recuerda el primer taller, con los techos bajos que complicaban la creación de las esculturas. Con las nuevas instalaciones del CRIA, el pintor dice que en el espacio del primer piso se podrán construir esculturas de tamaños monumentales con alturas de hasta siete metros. Asegura que “todo el diseño del lugar está creado para un espacio de arte”.

Al subir las escaleras y alzar la vista se pueden observar dos esculturas de tiburones que cuelgan del techo. Después aparece el segundo piso. Lo primero que se ve es la escultura de un corazón humano. Rojo, venoso: repleto de vida. Forma parte de lo que alguna vez fue la “Galería Urbana”, una iniciativa surgida del CRIA, del colectivo 646 y del XXII Ayuntamiento, pero cancelada por el gobierno al poco tiempo de su colocación. El proyecto estuvo en algunos puntos de la ciudad a finales del 2018 y a principios del 2019. Tenía la intención de exponer los corazones un par de meses, y después darles cabida a las propuestas de artistas locales que quisieran colaborar con sus proyectos. Sobre el destino de los corazones, el artista menciona querer mantenerlos en Ensenada para ver “lo que sucede con el nuevo gobierno”.

En el centro del segundo piso hay una biblioteca. Algunos estantes están vacíos, como esperando ansiosos a ser colmados por más libros de arte con fotografías y letras que los ojos de futuros residentes del CRIA van a estudiar. Héctor espera que el lugar vuelva a abrir sus puertas en un año más, una vez concluida la construcción.

Al preguntársele sobre el surgimiento del centro de residencias, el pintor recuerda sus inicios como artista:

“Yo he hecho muchas residencias durante toda mi vida. Me gusta mucho esta dinámica de poder estar con artistas en espacios y lugares donde nada más te concentras en producir. Eso te da libertad, una concentración y un aprendizaje muy bonito. He hecho más de diez residencias, y son las mejores experiencias que he tenido. De alguna manera eso quise regresarlo y hacer yo mismo, un centro para artistas. Te la pasas muy bien con los artistas que vienen. Aprendes, conoces gente. Viajas mucho porque los vas a visitar también”.

Del lado derecho de la biblioteca, la pintura de desnudos tiene su propio espacio. Encerrados, como con cierta intimidad, los cuadros de mujeres y parejas desnudas se dan la cara, con las piernas explayadas y el sexo floreado. Parece una orgía de miradas que se mantienen mientras retratan su naturaleza y admiran la ajena.

Unas escaleras dan a una habitación privada. Esa será la habitación de los futuros residentes. “Aquí viven, aquí duermen, aquí se inspiran”. Frente a ella hay una terraza con la que “tienen tranquilidad para crear”, expresa Héctor al salir y admirar el paisaje. Lo dice en presente, pues dado que el CRIA está cerca de culminar su construcción, Héctor ya ve en su cabeza a los futuros residentes formulando ideas en ese espacio que él mismo imaginó y destinó para ellos.

Respondiendo a la cuestión de financiación privada o gubernamental para el CRIA, Héctor dice no recibir ninguna. Desde los gastos del lugar, hasta su creación han sido cubiertos con las ganancias de sus obras. A los artistas no se les cobran las residencias; empero, un porcentaje de las obras creadas dentro del centro creativo se destina al lugar.

En el lado izquierdo del piso está el taller de Héctor. Al entrar se percibe una atmosfera de absoluta creatividad: pinceles de todos los tamaños con los pelos tintados están metidos a presión en un bote sobre la mesa. La escultura de una cabeza femenina, latas de pintura, pomos viejos y nuevos de acrílicos en todos los colores extravían la superficie. La pintura escurre en las patas y en las esquinas de la mesa, también sobre un taburete marrón que ve hacia las obras en producción: una serie de tres cuadros que aún no tiene nombre. La habitación contigua es su alcoba, pues el CRIA también es el hogar de Héctor.

En el piso del taller hay una trampilla que, al quitarse, muestra una escalera de caracol que lleva a otra habitación. Como un joyero que se abre para recordar viejas técnicas y formas, la bodega de pinturas es una línea de tiempo de su vida como artista.  “Antes hacíamos los lienzos y la madera, ahora un amigo los hace, para no desperdiciar tiempo. Aquí en la bodega hay de todo. Experimentos, series que tengo para mí, hay cuadros que se quedaron de exposiciones…y también las que nadie puede ver” dice Héctor, lanzando una mirada de picardía que dura un segundo.

De vuelta en el taller, la paz rodea el ambiente. En el marco de la ventana hay unos bocetos que parecen haber sido arrancados de la pared. La luz atraviesa el cristal para iluminar el lugar. Las cortinas turquesas que enmarcan la ventana son imponentes; caen largamente en los tobillos de la pared.   

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El primer contacto de Héctor con el arte fue dibujando en la infancia. Después, a los 14 o 15 años empezó a tatuar. Se hizo tatuajes él mismo, con una máquina casera. Tiene algunos en la palma de la mano, ya desdibujados por el tiempo. Esos contornos verdosos vieron sus inicios. Así, de la tinta pasó a la pintura.

Cuando llegó el momento de estudiar la universidad, Héctor dio con el arte de forma casual. Fue a pedir información sobre la carrera de diseño gráfico, pero artes visuales se atravesó en el camino, y en sus primeras clases, la pintura de desnudos llamó particularmente su atención.

Por nacer en Ciudad de México, un lugar repleto de museos y cultura por doquier, Héctor tuvo el arte a la mano. Empero, de no haber nacido ahí, la pintura lo hubiera encontrado, pues su familia siempre estuvo involucrada en el mundo del arte. De no haber elegido el camino artístico, Héctor hubiera estudiado ingeniería en sistemas, pues hasta la fecha le gustan mucho las computadoras. Su primera exposición fue colectiva, mientras estudiaba la carrera.  Cada artista expuso diez cuadros, y asistieron muchos de sus amigos a los que aún conserva, que también pertenecen al mundo del arte.

Héctor hace arte porque le gusta. Dice que el crear algo con las manos es la cosa más motivante del mundo. Para él, la mejor parte es vivir de ello. No siente que trabaja. Nunca maldice al empezar, ni se lamenta porque la noche lo sorprendió pintando. “No sé si nací para pintar, pero me llevo muy bien con eso y me la paso muy a gusto. Mi cabeza piensa todo el tiempo en cuestiones artísticas. Siempre que tengo un problema o me encuentro con alguna posibilidad, me voy por algún camino artístico y veo cómo lo puedo resolver de alguna manera creativa. Ese es mi día a día.”

Sobre la inspiración, Héctor cuenta que nace en medio de la creación: “La creatividad y la inspiración llegan porque estás trabajando. La musa, esa de la que hablan, pues si obviamente te enamoras; o el encontrar un espacio bonito te inspira a pensar cosas. Pero realmente la buena inspiración, la que dura, es con el trabajo. Si no trabajas, pues no tienes esos momentos. Cuando trabajas en el arte tienes momentos introspectivos muy fuertes, y todas estas ideas que se generan a partir de esto te dan inspiración y tienes que estar muy atento para saberlas dirigir y llevarlas por un camino coherente dentro de tu producción. Mis momentos de inspiración más importantes han sido trabajando”

Héctor tiene los pies en la tierra. Eso de la carencia de inspiración no funciona para él. “La falta de inspiración, para mí, no es más que hueva. Afortunadamente me gusta hacer varias cosas. Tengo la parte digital, la parte de la escultura y la parte de la pintura. Si algo no me está funcionando en algo, pues lo cambio. Para mí esa imagen del artista bohemio que se la pasa borracho y drogado, sí me gusta y todo eso, pero para mí… como que no puedo descuidar toda la parte del trabajo diario, que va desde la administración y el curar proyectos, pues todo eso necesita ser terminado”.

A pesar de que Héctor no cree en las crisis de inspiración, durante el año de construcción del CRIA trabajar le constaba mucho. “Como que en todo este año de construcción no había cabida en mi cabeza para la creación. Estaba yo muy atento de que esto se generara, y resultó muy difícil porque, fue casi un año de trabajar muy poco, y cuando lo hacía era por encargos. Mi producción estaba parada”.

No obstante, Héctor no se sintió triste, pues la creación de un sitio entero dedicado a la creación ya implicaba respirar, pensar y vivir arte.

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Rembrandt, pintor barroco y grabador neerlandés del siglo XVII, fue de las primeras influencias de Héctor. Lo copió a modo de práctica e hizo muchos estudios sobre él. En el presente ha vuelto a Rubens (otro pintor del siglo barroco) debido a la composición y dinámica que maneja: “estoy trabajando formatos grandes y lo estoy viendo a él (Rubens), después de muchos años que dejé de verlo”. En cuanto a arte contemporáneo, menciona su gran gusto por Alex Kanevsky, pintor ruso que utiliza la técnica de capas. Sus principales ejemplos a seguir son sus amistades: “las personas con las que me rodeo son muy buenas motivaciones y me inspiran, esas personas con las que estoy al lado. Uno de mis pasatiempos es estar viendo trabajos de artistas”.

A Héctor no le gustan las comparaciones con otros artistas, pero Kanevsky fue uno de los principales pintores a quienes empezó a seguir. Su primera serie de pintura digital trató de resolverla con una técnica que dedujo de la pintura de dicho artista.

Big Man in Landscape, de Alex Kanevsky

Más que ser una imitación de otros pintores, Héctor desarrolló su técnica de acrílico modificado a partir de una serie de circunstancias con materiales y oficios: “no es una técnica que haya existido antes para mí. Desconozco si exista o no en otros lugares, pero es un procedimiento técnico muy personal. Fue evolucionando conforme a los materiales que iba necesitando. Mi pintura se hace por medio de capas. Cada capa es una pintura que se le pone al cuadro y se va construyendo por medio de transparencias. Entonces si te dijera como cual pintor hace eso, algunos dijeran las veladuras, pero no es lo mismo porque yo utilizo plástico, utilizo acrílico, no oleos. Mi técnica no se basa en artistas, sino que ha ido evolucionando a partir de necesidades técnicas que he tenido”.

El precursor de su técnica fue el uso de la nogalina, un tinte que sale del nogal (nuez de la india). “Lo que sucedió fue que yo quería conservar las manchas de la nogalina, pero nunca se podían conservar porque si yo le tiraba algo arriba, más acrílico o más pintura, ésta sangraba y se manchaba, quitándose la pintura. Entonces empecé a utilizar cierto tipo de látex transparente. Comencé a encapsular la nogalina para que ésta no se moviera y yo pudiera seguir trabajando y conservando la mancha que ya estaba. Ese fue el material que hizo que mi técnica evolucionara. El problema fue que ese tipo de látex era muy corriente, y aunque se secara, si se le pegaba algo, se fregaba el cuadro, y con la temperatura y el calor se ponía horrible. Después encontré el golden, un tipo de gel que es mucho más transparente, duro y flexible.  Ese fue el material que hizo que el acrílico modificado se empezara a transformar”.

Sobre la duración de los cuadros pintados con nogalina, Héctor dice tener obras que pintó hace veinte años y se conservan perfectamente. “La nogalina es muy estable. A partir de que cambie de látex no he tenido jamás un problema con algún cuadro”. Parece que Héctor teme no ser entendido al hablar de técnicas pictóricas. Ante esto se le ve frustrado, pero lo resuelve y encuentra las palabras para traducirse.

Los días de Héctor comienzan desde muy temprano. Se despierta y dedica la mañana al trabajo de computadora; revisión de correos, redes sociales y envío de información. Después sale a caminar, y al regresar se baña y desayuna. Comienza a pintar hasta que llega la hora de la comida, coge energías, y se vuelve a dar pinceladas sobre el lienzo, hasta que lo sorprende la noche, e incluso un nuevo día. Las tardes son el punto perfecto del día para trabajar, pero cuando tiene encargos con fecha de entrega, se mueve su rutina y comienza a pintar desde que amanece.

Cuando pinta, el hombre prefiere el silencio, pero a veces, cuando la pereza quiere ganarle, se anima con rock pesado. En cuanto a sus manías, esas de las que han sido presos muchos genios artísticos, Héctor no las tiene. “Es que yo no soy genio, así que no hay pedo, puedo trabajar así nomás, en el desmadre, o puedo trabajar limpiecito. Si te fijas mi mesa no está tampoco muy arregladita, esas cosas trato de que no influyan”. El artista demuestra más soltura y confianza al hablar. En el borde de la mesa, al lado de los pinceles, hay una copa sucia en la que el pintor bebió una michelada el día anterior al no encontrar vasos limpios en la cocina.

Héctor no se encasilla pintando un cuadro a la vez. Prefiere pintar, por ejemplo, dos series al mismo tiempo. Esto enriquece las pinturas y le ayuda a que se hilen mejor: “al ser por medio de capas, no es un procedimiento en el que te tengas que estar poniendo a pintar sin detenerte, sino son procesos de secado de material. Llegas al mismo nivel de todas las pinturas y a todas les echas el mismo material para que se sequen parejo. Ahí ya decides con cual te vas a ir otra vez”.

Cuando se bromea acerca de su alma infiel por trabajar varias obras al mismo tiempo, Héctor suelta una carcajada y se le escapa una mirada traviesa, “pues si lo ves así…no, no soy infiel, pero me gusta trabajar con varias pinturas a la vez”.

El pintor también ha llegado a dejar muchas pinturas incompletas, pero de cuando en cuando disfruta de darse una vuelta por la bodega para darle continuidad a ciertas series o pinturas individuales. “Por ejemplo, de la última que hice, que la saqué recientemente, está perfecta para, ya ahorita, volver a agarrarlas y seguir avanzando. Muchas veces esa parte incompleta es parte del proceso de trabajo. Las puedo dejar así y a los cinco años se me ocurre algo distinto de lo que había planeado, y funciona muy bien. Es como trabajar algo empezado, ya está bastante avanzado. Lo hago mucho. Me gusta cambiar mis procedimientos. Aunque trabajo la pintura de forma parecida, lo que pinto nunca es lo mismo. Todas mis series trato de que sean diferentes. Entonces, retomar una serie vieja y meterle algo en nuevo nutre muchísimo el trabajo. Pero no acabas el cuadro conforme lo tenías planeado. Lo que no se terminó en ese momento de la forma en que se pensaba, ya no se acabó”.

Cuando se le pregunta sobre las experiencias que lo han marcado como artista, en cuanto a técnica o percepción del mundo, Héctor separa al hombre del artista. “No hay cosas que haya determinado mi vida como artista, pero como persona me construyeron”.

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Al dar su opinión sobre el tema del arte en Ensenada, y la sensibilidad de los ciudadanos para con ésta, el tono del pintor se intensifica, se apasiona. Es un tema que trastoca su interior.

“Sí, hay gente interesada, pero el problema de la comunidad es que no hay espacios en donde la gente pueda cultivarse en el arte. Ese es el problema, porque si la gente los tuviera, serían más sensibles. Como no los hay, pues entonces los tienen que buscar en otros lados, y si las personas no tienen la posibilidad de irse a otros lados, pues nunca desarrollan la sensibilidad. En la ciudad no hay galerías, y los espacios para poder encontrar obras de arte, como el CEARTE, realmente están manejados por gente que no se dedica al arte ni sabe de arte. Al empezar por ahí, ya te das cuenta de que es una cuestión política que atañe no nada más a Ensenada, pues ésta es una problemática que hay en todo el país. Esos trabajos los debería de estar ocupando gente preocupada, y se los dan a esposas de los compadres… son puestos políticos de favores. Al final, aunque le echen todas sus ganas, son gente que no se dedica al arte. No saben cómo hacerlo. Piensan que porque ya hicieron los eventos cumplen con su trabajo, y no saben lo que realmente tiene que pasar en el mundo del arte. Lamentablemente Ensenada está corta de esos espacios, y pues la gente no está acostumbrada a tener contacto con las artes. A Ensenada le hace falta una vía cultura, y sí, las personas están ávidas, pero a veces te encuentras con situaciones en las que la misma gente del arte detiene proyectos y hace cosas para detener las propuestas. Entonces, ¿cómo quieren que crezca cuando ellos mismos son los que lo paran?”.

Sobre el desinterés de los ciudadanos por el arte, Héctor prefiere no generalizar. “Yo he conocido gente muy sensible, propensa a observar arte, que están, que les gusta, pero también he visto gente en muchos lados de la republica que les vale madre el arte y se les hace feo. Sí creo que la parte geográfica ha influido mucho, pero por ejemplo está Tijuana, que tiene una vida cultural muy rica. Pienso que el gobierno es el principal problema. Ellos deben de hacer que sucedan las cosas, en lugar de estar manipulando los espacios culturales y utilizándolos políticamente. No creo que el ensenadense tenga la culpa. Es como si a un niño no le enseñas a leer y luego le dices que lea, pues no puede”.

Pese a su inconformidad con las autoridades y la manera en que gestionan los temas del arte, Héctor se muestra esperanzado en cuanto al escenario artístico de la ciudad: “Yo creo que ahorita Ensenada está creciendo en la parte gastronómica. De toda la república, la ciudad es un punto en donde el arte y la gastronomía van a crecer muy fuertemente en la parte cultural. Si estamos hablando de hace diez años que llegué pues no había nada, los grandes maestros producían poco, ya los artistas se habían muerto o se habían cambiado de ciudad. No había vida cultural plena. Ahorita ya hay más cosas, y se van a enriquecer más. Yo creo que en unos diez años Ensenada va ser una capital del arte. La cultura del vino y del mar van a hacer que lo que se haga aquí sea algo diferente”

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Cuando se le habla del tema de la Galería Urbana, ese latido que bombeó arte en la ciudad a finales del 2018, retirados tiempo después como maleza antiestética e innecesaria, parece que una llaga se aviva en su interior. El tema es un fuego calmo que se enciende con el mínimo aire que lo toca.

“Hay partidas presupuestales para muchas cosas. No puedes poner todo en la misma caja, y el que se haya quejado de que pudieron haber arreglado los baches, de eso se debieron de haber quejado hace tiempo, porque no tiene nada que ver. La gente nomas está buscando algo para tener de qué hablar. En la cuestión de los corazones lo que aportó el gobierno fue una bicoca. A mí me dieron 70 mil pesos para poder hacer toda la parte de las bases y la programación de la página. El CRIA puso más dinero para poder generar el proyecto. Lo único que pedíamos era que nos dieran el permiso, y pues obviamente, que se pagaran los materiales que se iban a utilizar, así como los sueldos de quienes trabajaron en ello, pero fuera de eso, no es como si las esculturas hubieran costado 4 millones de pesos. Además, hay partidas para todo, y eso lo utilizaron para una parte cultural”.

Corazón de la Galería Urbana

Héctor mueve el taburete, se inclina sutilmente. Eleva el tono de su voz. Se percibe molesto. Le hierven las palabras cuando habla.

“Y luego hubo un sector de la comunidad artística que se empezó a quejar de que no se involucró a los demás artistas. Creo que más bien ahí fue una parte el ego de ellos. ¿Por qué vas a involucrar a todo el mundo en todas las cosas? El proyecto de la Galería Urbana era precisamente para montar obras de artistas diferentes. Abrimos con la exposición de los corazones porque fue lo que se quitó cuando nosotros lo hicimos por nuestra parte. Le quisimos dar continuidad a lo que ya estaba y lo que hicimos fue hacer un proyecto en donde la gente pudiera intervenir los corazones. A los seis meses se iba a cambiar por los proyectos de otros artistas. ¿Qué no fuimos inclusivos? no había un proyecto más inclusivo que ese. Esa serie de personajes que quisieron tirar el proyecto, y que lo lograron al echarnos en contra a la sociedad, lo único que hicieron fue parar una cosa solo porque ellos no estaban involucrados. Y que yo no tuve ni la molestia de avisarles, ¿y que les tengo que estar avisando? Como si ellos nos avisaran de todas las cosas que hacen. ¿Qué lo hicimos sin consultar? pues ese es problema de ellos, no nuestro”.

Héctor se incorpora en el taburete, y cuando parece que el tema está concluido, da la impresión de recordar algo que tiene que decir. Ya se ve excitado y rodeado por el desosiego.

“Imagínate, ¿quién es el que se dedica a eso? ¿Cuál es el órgano consultor al que nos tenemos que dirigir para hacerlo? Ni existe, ¿o quieren serlo ellos? Están locos. Y así se la pasan; siempre que hay algo, ellos siempre tratan de tirarlo y de decir la peor de las cosas. Sus críticas hacia los colectivos que promueven algo, ellos lo único que hacen es ver lo negativo y tirarle mierda a las cosas que hacen los demás. Se me hace súper de mal gusto, nunca tienen una propuesta, nunca se han acercado. En lugar de tirar los proyectos, mejor sería apoyarlos o ver cómo se pueden involucrar, eso o que hagan sus proyectos. Son artistas, se supone, y se supone que son periodistas, y en lugar de apoyar, uno de los periodistas comparó los corazones… que si porque no mejor levantaban la basura de la ciudad.  Si te fijas, el nivel de concepción que tienen del arte es casi casi ignorante. Pues bueno, contra todo eso tienes que enfrentarte cuando haces proyectos. Entonces no te puedes parar porque un grupo de gente te va a estar diciendo las cosas que se supone ellos deben de hacer”.

Después de la colocación de los corazones, se desató un debate en la ciudad. En las redes sociales mucha gente se manifestó con comentarios que cuestionaban la necesidad de una exposición de arte, sobre otras problemáticas en las que se pudieron haber destinado los recursos. También se expresaron con comentarios despectivos para referirse a los corazones. Ésta opinión publica, que pone en alto las carencias de sensibilidad y una mentalidad cerrada a las diferentes formas de arte, también demuestra que el arte que no cumple con ciertos “criterios” estéticos puede ser rechazada por la comunidad.

“Alguien que ve un corazón que es anatómicamente correcto, que es una víscera, le genera tanta repulsión. ¡Es lo que tienen adentro, y para ellos eso es tan feo! Es como la parte conservadora del sexo, por ejemplo. ¡Ay no, están desnudos! Cuando todos tenemos las mismas partes en el cuerpo. El mismo presidente municipal me mandó decir que si los podíamos pintar de colores para que se vieran más bonitos, que si les podíamos poner pececitos. Ahí te das cuenta realmente del tipo de gente que está en el poder, y la gente que maneja la cultura. La persona que se encargó de hacer este proyecto y que me contactó, termino pidiéndome que le pusiéramos pececitos para disfrazar los corazones. Se supone que es una persona que entiende el proyecto, pero con eso se nota lo mal que está la situación en temas culturales. El arte no es para gustarle a todo el mundo. Así como a muchos no les gustaron los corazones, a mucha gente les encantaban. Entonces, ¿porque le vas a hacer caso a esas personas que se quejaron? ¿Qué pasa con toda la gente a la que les gustaban?

“Esa gente que se quejó influyó en el presidente municipal porque este tenía muchos problemas, tuvo muchos problemas en su administración, y se le hizo fácil quitar los corazones para darle gusto a un pequeño grupo de personas, pero hizo más mal quitándolos. No estorbaban, no pusieron en riesgo a nadie. Era un proyecto para la comunidad. Para darle espacio a los artistas, para darle una vida cultural diferente a la ciudad. Si no pueden ver ese tipo de cosas, que mal están”.

Respecto al tema de la visualización del arte como un producto que debe hacerse de acuerdo a las necesidades de una población antes de crearse para que éste tenga éxito, Héctor difiere en ello:

“Para empezar el arte no tiene parámetros. No puedes, realmente… si estás haciendo un mal a la sociedad, si la estás poniendo en riesgo de alguna manera, pues ahí sí estoy de acuerdo. Pero si es un movimiento para que algo suceda, que tampoco sabíamos que iba a pasar, pero ni dejaron que sucediera. Esa parte cerrada de la comunidad ensenadense, son gente que nunca va a dejar que avance. Son gente que siempre está tirándole a todo el mundo, ellos son los que no están dejando que esto crezca. Si no existe en Ensenada cosas de esas, pues déjalas que crezcan, ya si en el futuro dices, no mames que mierda, oye pues… si ya no les hiciste caso o se están cayendo, pues quítalas. Pero si no le das la oportunidad a que sucedan, ¿qué vas a pretender? No vas a lograr nunca nada con ese tipo de personas que están ahí. Y lo peor de todo es que escriben en periódicos, porque publican, esos son hasta peligrosos, porque al final esa es la historia que queda, la historia escrita es la que queda”.

Sobre el futuro de los corazones, Héctor dice que existen muchos lugares en donde pueden exponerse. Ha recibido peticiones para ser llevados a otras ciudades, pero conserva la esperanza de que, con la nueva administración, se reevalúe la situación para que estos permanezcan en Ensenada. Se niega a rendirse, a llevárselos a otra ciudad, como si esa acción representara una derrota.

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Uno de los motivos por los que Héctor decidió quedarse en la ciudad portuaria, además de sus paisajes y del encanto de la vida en la playa, fue por las amistades que ha hecho. No tiene planes de regresar a Ciudad de México. Considera que su base está en Ensenada, pues ahí está el CRIA. Aunque piensa que seguramente en el futuro surgirán nuevos proyectos en otros lugares.

Como consejo a los artistas que incursionan en el mundo del arte, o para aquellos que hacen sus primeros bocetos, Héctor les sugiere: “Que se pongan las pilas y que no dejen de trabajar, que dibujen mucho. Y que le metan huevos. Es trabajar y no parar”.

Héctor demuestra ser un hombre sensible. No tiene la mirada de alguien duro. No le gusta hablar sobre sí mismo, pero sí sobre su trabajo. Tampoco se percibe arrogante, y sus frases y negaciones expresan su humildad a la par que seguridad sobre sus obras. También posee un sentido de la cordialidad agudo, y delata una insistencia por expandir el arte; ya sea en una nueva mente creativa, como en una comunidad que, sin nacer en ella, intenta llenarla de lo que sabe hacer.

Al concluir la entrevista, Héctor no pierde el tiempo y de inmediato se pone a laborar. Los ojos ajenos no son un obstáculo para que el artista se sumerja en el proceso de sus obras. Los pinceles y los acrílicos pronto encontrarán su sentido, cuando las manos y los dedos hábiles de Héctor decidan las esquinas, los centros y los pliegues en los que se concentrarán tanto los colores como las intenciones de la pintura. Mientras tanto, cubre con gel protector cada uno de los cuadros, para sellar la base y los trazos que tomarán forma con sombras y detalles. Luego los pone a secar al sol en la terraza que ve hacia la ciudad que ha abrazado como suya.


*Jazmín Félix. Estudiante de Ciencias de la Comunicación. Escritora y lectora empedernida. Ganadora del Primer Concurso de Cuento sobre Ensenada, “Heberto Peterson Legrand” en la categoría de 19 a 24 años. También obtuvo 2do lugar en el XI Concurso Nacional de Expresión Literaria “La Juventud y la Mar”. Autora en el blog: «Percepciones en Prosa».