Vestimenta a la “mexicana”

Las redes sociales permiten cierto empoderamiento a quienes acceden a ellas. La sensación protectora al formar parte de la multitud virtual y la opción del anonimato, hacen muy tentador el asumir actitudes de escarnio hacia los semejantes.

Rogelio E. Ruiz Ríos / 4 Vientos

El «estilo» Samborns (Foto: Excélsior)

A propósito de las recientes celebraciones por la independencia de México se suscitaron comentarios, conversaciones, memes y opiniones en tono sarcástico, jocoso, emotivo, festivo y también claro, de índole analítica, informativa, seria y formal. En los días previos y en las fechas correspondientes, el tema de las “fiestas patrias” cubrió las redes sociales mediante expresiones de simpatía, antipatía, filias y fobias hacia las maneras y aspectos a conmemorar.

En particular captó mi atención un asunto que a menudo motivó burlas, mofas e ironías: los atuendos elegidos generalmente para celebrar la independencia. Un sector estuvo ironizando u observando la ignorancia, error o confusión de otras personas por ataviarse para la ocasión con atuendos identificados en la cultura popular con el estereotipo de “zapatista” o de “Adelita”. En ocasiones se aclaraba que la “noche del Grito” recordaba un acontecimiento datado en 1810 y no la gesta revolucionaria que inició cien años después.

“Es el día de la Independencia no el 20 de noviembre”, podía uno leer en las redes sociales. Sin embargo, este reclamo y afán de precisión se origina en una confusión: la gente no elige vestirse como “revolucionaria” por una confusión de época, más bien lo que busca es lucir a la “mexicana”. Permítaseme explicar este punto.

Las revoluciones políticas triunfantes en el mundo contemporáneo emergieron de procesos violentos que condujeron a establecer una serie paradigmas modernos. Recordemos que la Modernidad es un concepto que empleamos para nombrar a un periodo histórico que cubre del siglo XVIII a la actualidad (o a fines del siglo XX si se asumen algunos postulados posmodernos).

La Modernidad se basa en las siguientes ideas y normatividades: una búsqueda y fe en el progreso; la asunción de ideologías emancipadoras guiadas por el conocimiento científico, la técnica y la educación; una visión del mundo antropocéntrica (el ser humano al centro del universo); la universalización de una serie de valores liberales originados en lo que llamamos Ilustración; la conciencia del ser humano sobre su propia historicidad; la consagración del individuo en ciudadano; y la configuración del Estado nacional como principal forma de organización política y económica en el orbe.

Bajo estos preceptos se formaron la mayoría de los Estados nacionales entre los siglos XIX y XX. Durante esos dos siglos, los Estados nacionales legitimaron su existencia en la supuesta singularidad y unicidad cultural de cada “pueblo” que, organizado políticamente dentro de un territorio histórico común, debía ejercer su soberanía en disfrute pleno de su libertad y autonomía para poder trazar su destino.

La definición del rumbo y futuro de los Estados nacionales por lo común ha estado marcada por guerras civiles y conflictos fraticidas que dirimen proyectos contrapuestos entre sus sectores políticos y económicos. A menudo estas luchas han sido reivindicadas como “revoluciones” para subrayar el cambio radical que proponen sus promotores respecto al régimen dominante.

La magnificación del «México revolucionario» en la cinematografía (Foto: Internet)

Las revoluciones sociales y políticas en Estados Unidos de América y Francia acaecidas a fines del siglo XVIII contribuyeron a abrir paso en el mundo a la Modernidad. A los pocos años acontecieron las revoluciones de independencia en el Caribe y América Latina, más tarde vendrían los procesos descolonizadores en Asia y África.

El nacimiento del siglo XX enmarcó dos procesos de violencia política con impacto internacional; México y Rusia experimentaron agitadas rupturas sociales que llevaron al establecimiento de regímenes “revolucionarios” que extendieron su dominio durante varias décadas.

Los triunfos revolucionarios tuvieron una orientación modernizadora que requirió crear narrativas históricas, códigos morales y éticos, rituales cívicos, memoriales y ceremonias reproducidos cotidianamente para generar un nuevo modelo de ciudadanía identificado y sincronizado con las premisas ideológicas y los predicamentos políticos y económicos del régimen.

El éxito de cada programa político revolucionario demandó una refundación de las identidades nacionales a través de la invención o reinvención de las tradiciones, de reinterpretar las narrativas históricas en tono épico, aleccionador y maniqueo los hechos en el pasado. Desde el Estado erigido en garante de la revolución se promovieron representaciones sociales ancladas en la cultura popular y una política de masas acorde a los criterios culturales y espirituales oficiales.

En México el aparato estatal revolucionario se enfocó en construir un modelo arquetípico de lo “mexicano”. Por supuesto que no se trató de un proceso monolítico exento de debates y contradicciones al interior y exterior de los grupos en el poder, ni tampoco de un proceso ajeno a los diversos sectores sociales, pues siempre inciden contingencias y apropiaciones sociales ajenas al Estado, mucho menos hablamos de un flujo de imágenes continuo y uniforme inmutable en el tiempo y espacio.

Lo importante es que hoy día hay un espectro de representaciones y prácticas socialmente reconocidas por propios y extraños como “mexicanas”, basadas en modos lingüísticos, patrones culturales, cánones estéticos, formas figurativas, tendencias de consumo cultural, recreación de tradiciones, usos y costumbres, rituales cívicos y la familiaridad con un panteón de héroes y heroínas (o por el contrario, de personajes opuestos a las conductas tomadas como ejemplares, es el caso de los narcotraficantes o de ciertas acciones desvalorizadas como la corrupción o la impuntualidad). Pertenecemos legal, tributaria y afectivamente a una “comunidad imaginada” (en el sentido de Benedict Anderson) que nombramos México.

Las representaciones que hoy asumimos definitorias de lo “mexicano” tomaron forma en el siglo XX. Desde la década de 1920, los gobernantes revolucionarios atendieron el campo cultural buscando definir qué era lo específico de México frente al resto del mundo. Si en materia de modernización el país aspiraba a alcanzar los estándares vigentes en el mundo, era necesario discernir qué singularizaba socioculturalmente al país.

El resultado del exacerbado desarrollo del arquetipo de «lo mexicano» (Foto: Twitter)..

En la primera mitad del siglo XX un nutrido grupo de pensadores mexicanos se ocupó en dilucidar el asunto de la mexicanidad. Las reflexiones y búsquedas de la “esencia” de lo mexicano tiñeron de verde, blanco y rojo las expresiones de arte hegemónico como la música académica, la danza, el teatro, el cine, la plástica, la escultura; al igual que las manifestaciones de cultura popular. A través de la radio, el cine, la televisión, el muralismo, la música, las ceremonias cívicas, los programas pedagógicos, la cocina, las prácticas de consumo y las autorreferencias identitarias a escala local, regional y nacional se fueron delineando los tonos y matices de la “mexicanidad”.

Historiadores, filósofos, antropólogos y sociólogos han dado cuenta de los procesos de construcción, sobre la base de consensos y conflictos, de la noción de “mexicanidad”. A manera de ejemplo citamos los trabajos pioneros de Luis Villoro en torno al indigenismo y de Elsa Cecilia Frost acerca de la esencia de lo mexicano; las indagaciones de Ricardo Pérez Monfort sobre el folclor “mexicano”; los estudios de Beatriz Urías Horcasitas tocante a las premisas ideológicas de la revolución para construir “un hombre nuevo”, lo que tuvo su contraparte entre sectores opuestos al régimen; Guy Rozat quien ha profundizado sobre las políticas homogenizadoras del mestizaje; las investigaciones de Alan Knight sobre el nacionalismo en la revolución; Roger Bartra y su interpretación de la clausura político-ideológica del modelo cultural revolucionario; y de más reciente manufactura, el trabajo de Miguel Rodríguez a propósito de los discursos sobre la “raza”.

Los gobernantes surgidos de la revolución promovieron que el epítome de lo mexicano fuera el reflejo de las icónicas figuras que protagonizaron la narrativa consagratoria de la gesta armada. Una narrativa hecha en términos épicos, presentada como una epopeya, como la última estación del largo periplo de la “nación mexicana” para conseguir su completar realización.

Al menos desde el gobierno cardenista la “performatividad” estatal desplegada en el espacio público tuvo el objetivo pedagógico de fortalecer el sentido de pertenencia e identidad nacional correspondiente con la ideología pregonada por el régimen revolucionario. Para encauzar el sentimiento patrio de las masas fue primordial que ésta pudiera ataviarse a lo “mexicano”.

Esto significó portar prendas a la usanza “rural”, basadas en tradiciones del occidente del país, aunque en el transcurso de las décadas esto se ha diversificado y modificado al incorporar elementos procedentes de otras entidades e innovaciones que reflejan las modas actuales.

Una anécdota recabada en el ejido El Porvenir, situado en el Valle de Guadalupe, ejemplifica algunas cuestiones aquí señaladas. A fines de los años de 1990 un equipo de historiadores entrevistamos a pobladores de esa localidad. Una adulta mayor recordaba que al poco tiempo de haberse fundado el poblado (en 1938) el profesor de la escuela primaria recién inaugurada organizó el desfile de las fiestas patrias; por ello pidió al alumnado vestirse a la “mexicana”. Las niñas se peinaron con dos largas trenzas cayendo encima de su espalda y con ropa estilo “china poblana”; los varones portaron sombreros y ropa campirana. En esa época la “revolución mexicana” estaba en vías de institucionalización, pero en el imaginario popular ya gravitaban un conjunto de imágenes de lo que se consideraba representativo de lo “mexicano”. Con el transcurso del siglo XX hubo cambios y variaciones en esta percepción, pero el sedimento se mantuvo transmitiéndose por generaciones.

Cuando hoy la gente viste a la “mexicana” para cualquier ocasión, lo hace del modo que le es familiar, dentro de un código de vestimenta carnavalesco, en el “estilo Sanborns” si se quiere. Esto no implica confundirse de época según se expresaba en las redes sociales. Lo que hacen es seguir los patrones establecidos durante décadas animados por el envolvente influjo de la revolución mexicana. ¡Viva México puesn!

*Doctor y Maestro en Historia por el Colegio de Michoacán. Director del Instituto de Investigaciones Históricas de la UABC para el periodo 2015-2019 y actual investigador de la institución. Miembro de las redes de Historia del Tiempo de la UABC, y de Estudios Históricos del Noroeste de México. También es un destacado conferencista, académico, tallerista, ensayista y seminarista. A los 4 Vientos agradece al Doctor Ruiz su invaluable y generosa participación en nuestro selecto grupo de articulistas.