¿La fotografía es invasiva?

¿Cuándo invadir el espacio de los demás? ¿Cómo superar la incomodidad que se sabe establecida en el mismo momento en el que una comunicación o interacción natural se ve interrumpida al momento de señalar literal y metafóricamente con el dedo a quien se captura en una imagen? El equivalente de señalar a otro cuando se está teniendo una conversación que se supone debe ser casi hermética y sin querer delatar sobre quién toca ahora el chisme en turno, o simplemente el equivalente de apuntar con el dedo y reír cuando alguien hace algo extraño, o auto-humillante.

Cuauhtémoc Treviño/ 4Vientos

El abrigo negro del que Dyer (2010) habla, cuando se refiere a la invisibilidad que debe adquirir el fotógrafo al momento de retratar, que esencialmente se reduce a, nuevamente, como lo pone Barthes (2007) señalar con el dedo, apuntar con éste a través de la cámara. Y, además, el problema que surge de la conciencia del retrato, del saber que se está siendo fotografiado, y por supuesto la respuesta natural por posar, lo cual desvela una desnaturalización de quien se busca retratar en primer lugar, pues ahora buscaría tener una buena imagen cuando vea la fotografía donde aparecerá. En esencia el momento se ha asesinado dos veces: una por irrepetible y la otra por suprimir la espontaneidad que se supone debe ir ligada al carácter fenomenológico de un retrato más furtivo.

Más allá de las estratagemas que pueden surgir (como las que menciona Dyer), como esconder el lente real para apuntar falsamente con otro, pedir permiso antes de disparar el obturador, o simplemente pedir perdón justo después de disparar, y fingir demencia al hacerlo, están las diferentes sensaciones que despiertan al presenciar según qué tipo de perspectiva en el retrato.

Desde lejos, cuando no se sabe por el que es asesinado en papel que está siendo capturado en un momento irrepetible; desde la incomodidad, cuando el retratado no está más bien seguro de cómo debe comportarse delante de la cámara; desde lo planeado, cuando la persona fotografiada comienza a posar y a convertirse en un personaje de sí, que después será reducido a otro personaje en el momento de ser impreso en papel; desde la espontaneidad, cuando solo se espera sin estratagema que algo suceda, dígase más bien de algún momento interesante por accidente; desde la dirección, cuando más bien es el fotógrafo, que a falta de reciprocidad comienza a provocar que las probabilidades de que algo por retratar vayan apareciendo cada vez menos improbables…

Roland Barthes

Berger (2015) expone la necesidad de encontrar las características definitorias de quien se ve retratado, y a la vez, explica que éstas, al mismo tiempo, pueden ser completamente descontextualizadas si se aprecian bajo las lupas correctas. Desde los trajes de los gentleman hasta las caras de los músicos o los campesinos y trabajadores. Si desdibujar, o deslavar en diferentes circunstancias los mismos elementos termina diluyendo el propósito de los mismos, ¿por qué retratarlos en primer lugar?

Menciona también Berger que para Paul Strand el fotógrafo debe decidir antes de tomar la fotografía, pues si va a tratarse de un momento histórico, entonces hacer narrar a la foto es una solución, intencionalidad y la selección. Contrario a Cartier-Bresson.

Sin embargo, si nos ponemos a revisar el tema de la imaginación desde Flusser (2015) nos encontramos con que una apreciación de la mera esteticidad a partir de una contemplación esencialmente general termina por limitar y a la vez expandir los límites físicos y también discursivos y auráticos de la obra; es decir, si en la época de la inundación de la imagen, la imagen en sí misma pierde valor auténtico como pieza única en un fotograma congelado cuando existen miles de imágenes más y millones aún dentro de los videos, entonces el poder apreciar el panorama general de su esteticidad le devuelve la noción de aura (al menos un poco) que se ha visto perdida al tener que navegar el aparato crítico y el sensible entre montones y montones de imágenes.

El Beso (1982) Foto: Peter-Witkin

Si la pieza artística ha de perder su valor intrínseco como pieza por el mero hecho de existir dentro del contexto de la era de la reproductibilidad técnica del que habla Walter Benjamin (2003), entonces el trabajo del artista se ve demeritado por el simple hecho de poder recurrir al respaldo, a la reproductibilidad… Para ello, Peter-Witkin obtiene la solución definitiva, indirectamente, al destruir el negativo de su fotografía El Beso (1982) …

Gran invento

El principio del abrigo negro quizás pueda vincularse al inicio documentalista de la fotografía, y de su función como ayudante de la ciencia, la cual se caracteriza por el positivismo. Algo injusta la comparación, puede ser, sin embargo, los mismos métodos de estar y no estar, y estar como un mueble, se observan en ciencias sociales como la psicología social, por ejemplo, y en general cualquiera caracterizada por apoyar sus marcos teóricos bajo la investigación cuantitativa. Cosa que contrasta con la antropología, que alienta abiertamente a sus practicantes hacia la observación participante. ¿Qué otra manera de estudiar un fenómeno sino acostumbrando a los otros a la presencia del extraño preguntón para nivelar hacia la normalidad un poco las cosas?

¿No puede ser también íntimo el contexto de la producción que envuelven a las piezas susceptibles a ser vueltas a reproducir? ¿Deben forzosamente perder su identidad como piezas? Algo tan personal como el retrato, y a la vez tan impersonal, pues cualquier cúmulo de características enlistadas al azar pueden terminar describiéndonos a cualquiera de nosotros, aunque no lo quisiéramos. He ahí de nuevo la inevitable descontextualización de los elementos que buscan definir, de Berger, y una vez más el requerimiento de la imaginación al cuadrado, de Flusser. Así como cuando Dyer (2010) señala en la fotografía de Garry Winogrand: New York, c.a., 1968, de un vagabundo ciego y sordo que ofrece lápices a cambio de cualquier ayuda que pueda recibir, a la mujer en el fondo que mira con desdén al fotógrafo, con la mirada tal y como si él estuviese agarrando uno de los lápices sin ofrecer nada a cambio, y citando a Dyer: “en cierto sentido, está en lo correcto”.

Foto: Garry Winogrand

Interrumpir las conversaciones con el sonido del obturador, desnaturalizar las interacciones con el señalamiento del objetivo fotográfico, pedir o no pedir permiso de fotografiar, hacerlo e invocar a la pose, o no hacerlo y recurrir al perdón… Cosas a tomar en cuenta cuando el personaje a retratar es epicentro de diferentes otros que le frecuentan. ¿Explicar o no explicar? ¿Mostrar lo que el retratado espera o no hacerlo? Quizás mostrar un sutil pero sólido empoderamiento, como Velázquez en Las meninas (1656).

Imagen de portada: Vilém Flusser. Foto: La Fuga/ Internet