APARADOR: La violencia de la educación

Toda cultura se transmite. Parte de ello son las tradiciones, el lenguaje, los modismos, el tipo de comida, entre muchas otras cosas. Todo lo que se transmite de generación en generación implica la participación de las personas de mayor experiencia y los más pequeños. Los niños, receptores y reproductores de nuestra cultura, costumbres y esperanzas, son en quienes confiamos el mantenimiento de lo que somos y lo que nuestros antepasados han construido.

Alfonso Jiménez / A los 4 Vientos

Esto parece maravilloso, nos ha permitido mantener culturas y generar sobre ellas nuevas formas de relación, de comunicación, de arte y de pensamiento. El proceso de enseñar a nuestros hijos es, así, fundamental. Depositamos en nuestros pequeños todo lo que nos conforma, no solo como sociedad, sino como personas.

Ya dice la sabiduría popular que nadie sabe ser padre. Yo me pregunto si en algún momento alguien termina de aprender cómo ser padre o madre; pero, independientemente de ello, algo es un hecho: la maternidad y la paternidad son una enorme responsabilidad. No solo se trata de asegurar la sobrevivencia de los pequeños, sino de formar personas.

En el libro La idea del hombre, el filósofo Eduardo Nicol nos invita a cuestionarnos la infinita posibilidad de ser humano. A diferencia de otros animales, que no requieren un proceso de aculturación para ser lo que son (por ejemplo, un caballo se comporta como tal desde el nacimiento y no requiere que sus congéneres le enseñen cómo se debe ser un caballo), el ser humano requiere del contexto y sus padres para convertirse en persona. Esta idea es interesante, y, más que ponerla a discusión, quiero resaltar el hecho que la formación suele ser una imposición. Trataré de explicar esta idea, que inicialmente pareciera muy provocadora.    

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Al momento de formar a las nuevas generaciones resulta difícil alejarse de formas de crianza a las cuales uno fue expuesto. Uno arrastra hábitos aprendidos de su infancia, desde cómo cargar un bebé, cómo tratar a los niños, qué es lo que deben comer, cómo deben pensar, qué debe hacer un varón o una mujer. Con acciones les enseñamos cómo debe ser un padre o una madre, qué se debe esperar de la vida, qué cosas no son ideales, qué se debe evitar, e, incluso, qué cosas son las que definen la felicidad o el sentido de la vida.

Los niños son, así, receptores de todo lo que somos, lo quieran o no. A partir del proceso de aculturación, su vida estará marcada por nuestro lenguaje y, en consecuencia, por una forma de ver el mundo en particular, aunque no lo hayan pedido (de hecho, así nos sucede a nosotros con lo que se nos enseñó). Obligamos a los hijos a ser determinado tipo de personas sin preguntarles, a comportarse en contra de su naturaleza, por ejemplo, obligándolos a mantenerse sentados a la hora de la comida y a cortar sus sueños para entrar a las 7:00am a la escuela.

Con amor, premios y castigos, cada familia forma nuevas personitas que se encargarán de reproducir lo que somos, nuestras costumbres e ilusiones. Serán ellos quienes deberán meter en su mochila de vida la manera en que fuimos criados, nuestras ideas del mundo, miedos, emociones, deseos, esperanzas y frustraciones. Usted y yo seleccionamos una forma de vida en función de la infancia que vivimos, a ninguno de los dos nunca nos preguntaron si deseábamos cargar con la historia familiar ni con la idea que nuestra cultura marca sobre lo que debe ser la vida, formada en nuestros años más moldeables.

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Más allá de una buena o una mala educación, que no es cosa de discusión en este momento, cortamos la libertad de ser de nuestros chiquitos en aras de educarlos. Formarse como ser humano implica renunciar a la libertad de ser, para apropiarse de una forma de pensamiento y de hábitos… aún sin haberlo solicitado. La infancia puede ser maravillosa, igual lo es la experiencia de la paternidad y la maternidad, pero ello no le quita el acto de violencia que implica cualquier tipo de formación. No me malinterprete, no me refiero a la violencia agresiva, sino a un acto de imposición. Formar a nuestros chiquitos nunca será un acto consensuado.

A las madres y padres les corresponde formar, esto es inevitable. Justo por ello me parece imposible evitar la transmisión de ilusiones, ideales políticos, gustos, miedos, sueños y deseos de los adultos hacia las nuevas generaciones. Dudo que se pueda formar en libertad. Tal vez podríamos empezar preguntándonos sobre el papel de la formación y qué tipo de personas somos, antes de imponer a los chiquitos una formación que nunca han pedido.