APARADOR: La normalización de la violencia

En nuestro mundo, ser bueno pareciera anti natural. Estamos acostumbrados a violentar y ser violentados. Hemos normalizado el hecho de sufrir agresiones por parte de los demás, de nuestros congéneres, amigos y compañeros de trabajo.

José Alfonso Jiménez Moreno / A los 4 Vientos

A diario vemos noticias sobre hechos violentos. Se nos muestra una cantidad exorbitante de asesinados nuestros en nuestro país y en el mundo, somos testigos de abusos físicos y morales de una persona a otra. Sin embargo, esta situación no es nada nueva. Desde siempre hemos estado en ambientes hostiles, tratando de sortear burlas, golpizas, humillaciones o cualquier otra forma de violencia que hayamos vivido.

Por ejemplo, desde que éramos niños (para los que pasamos los treinta años y rasguñamos los cuarenta) uno tenía que adquirir ciertas habilidades de supervivencia. Había quienes tenían habilidad quinestésica y podían enfrentarse a golpizas con los compañeros con los que tenía altercado; o bien, había aquellos que con habilidades para establecer redes sociales podían evitar conflictos, eran agradables, eran defendidos o no tenían necesidad de conflictuarse. En contraste, la lucha anti bulling de la actualidad ha llevado a ciertos grupos a considerar que “los niños de ahora no saben enfrentar la carrilla” y que “antes aprendíamos a sobrevivir”.

La cuestión es que la violencia se normaliza desde pequeños. No es un elemento de sobrevivencia. Si así fuera, tal vez no viviríamos en sociedad. Ya lo decía Rousseau, que vivimos en comunidad justo para evitar tener que morir gracias a la fragilidad de nuestra naturaleza; es la comunidad aquello que nos permite vivir en armonía, por ende, esa armonía es la bisagra que nos permite la sobrevivencia, no la violencia en sí. Si Rousseau tenía razón, pues la violencia atentaría contra la intención de vivir en comunidad.

La violencia pareciera ser natural hasta cierto punto. La lluvia violenta la tierra, la mar violenta todo lo que se pone en su paso, el fuego lo consume todo, los animales en la cadena alimenticia consumen a otros seres. Sin embargo, el fuego no atenta contra sí mismo, los tigres no violentan a sus congéneres, el mar no lucha por consumir a otros mares para su extinción. En esta idea, pareciera que Hobbes tenía razón, al argumentar de forma distante a Rousseau que el hombre es el lobo del hombre y no el agente salvador de su condición frágil.

Nuestra violencia hacia nosotros no es natural, no pretende la sobrevivencia de la especie; al contrario, atentar contra el otro es atentar contra mí mismo. Siendo así, ¿por qué hemos normalizado la violencia?

En el trabajo normalizamos los abusos y groserías que hacen entre compañeros, tomamos como cotidiano que los policías y los políticos puedan ser unos abusivos –independientemente que lo sean o no–, tomamos precauciones al salir de casa, no vaya a ser que nos vayan a asaltar. Hemos tomado a la violencia como algo propio del humano y de lo cotidiano. Pero, ¿lo es?

La posibilidad de la no-violencia es en realidad una utopía. Buscamos la destrucción, violentándonos a nosotros mismos y a los demás, incluso, quienes gustan del Derecho hablarán de la violencia legítima del Estado (ejercida por la policía y los militares, por ejemplo). El elemento de la violencia se relaciona con el poder. El poder, solo posible como concepto humano, establece la necesidad de dominación. La violencia se manifiesta así, necesariamente, en toda actividad humana.

Pongamos algunos ejemplos que no necesariamente identificamos como violentos. La escuela nos violenta imponiendo determinados contenidos curriculares sin posibilidad de elección de nuestra parte; violentamos a los hijos al buscar educarlos bajo una lógica en particular sin su consentimiento; la religión excluye ciertos comportamientos que no le parecen adecuados. La violencia implica la anulación del otro en aras de uno mismo, pero, a veces, implica la nulificación de nosotros mismos. Nos violentamos bebiendo, fumando, trabajando de más, estudiando mucho, ejercitándonos de más, todo en aras de ser nosotros mismos y tener una identidad.

El problema de la violencia es enorme para discutir, pero por el momento podemos dilucidar que en lo humano es una acción necesaria que nos lleva a la identidad. Por ejemplo, ser docente implica una dominación, al igual que ser padre, jefe o cualquier otra cosa. El sexo mismo puede ser un elemento de poder y violencia cuando lo valoramos como dominación moral o física entre sexos. Somos una constante paradoja, queremos evitar la violencia, aunque su inevitabilidad pareciera inminente.

Afortunadamente contamos con la moral, que es una especie de violencia frente a la violencia. Ser bueno, tratar a los demás con dignidad y respeto es una forma de violencia para quien gusta del sufrimiento ajeno para saberse existente. Si la violencia y transgresión es inevitable, al menos podrá servirnos para vivir con dignidad. Siendo así, lo invito (y me invito) por evitar que lo violenten.