A DOS DE TRES CAÍDAS: La indigna contención del muro mexicano

Cuentan las personas más viejas que oyeron de otras personas aún más antiguas, que en una ocasión, en un paraje impensable para el entender humano, se reunieron alrededor de una mesa cuatro actitudes.

Arturo Ruiz, El Súper Cívico/ 4Vientos

En la mesa de un apartado salón, del cual pendían cual trofeos las cercenadas cabezas de la victoria, la derrota, la inteligencia, la ignorancia y la cabeza más destacada era la del absurdo.

Ante tal decoración, la sensación era de estar situado en el interior de un museo propiedad de un cazador supremo para haber logrado tales piezas.

En aquel sobrio lugar se ubicaba al centro una mesa soberbia, y no tanto por su tamaño como por sus detalles ornamentales, labrados en la rústica madera de aquel mueble.

En esos relieves se podían leer todos los libros sagrados y los principales pasajes de la humanidad y como algarabías, si uno ponía atención, podían observarse toda la gama de plantas animales, nubes, rocas y minerales que existen y que dejaron de existir en nuestro planeta.

Y al centro de la mesa, el relieve más destacado era la figura del sol, un sol sonriente, pero no amable, sino que pudiéramos definirla como una sonrisa de burlona tolerancia.

En la periferia de la mesa, solo había tres asientos, dos piezas de pan y un solo vaso de vino.

Y casi simultáneamente, fueron llegando los invitados a esa cita de deliberación, en la que tratarían de definir un acuerdo entre intereses distintos de la humanidad.

El Muro mexicano. Foto: BBC Mundo

El primero en llegar fue la Inteligencia, seguida del Sometimiento, y tras éste, llegó ufana la Fuerza y por último la Dignidad.

(la humildad, la tolerancia, la fe, la esperanza y la caridad no fueron invitadas porque ya habían sido retenidas por los hacedores de religiones)

La Inteligencia observó la mesa y con precaución revisó los asientos y tomó uno de ellos; la Fuerza tomó asiento y de inmediato tomó un pan y el vaso de vino el cual bebió de inmediato y mordisqueó el pan. Acto seguido indicó al Sometimiento que tomara asiento y que dividiera el pan restante en tres partes.

La Inteligencia analizó el pan antes de comerlo y buscó si existía alguna jarra de vino para los restantes convidados.

La Dignidad permaneció de pie.

Acto seguido, la Fuerza le preguntó a los demás si les parecía bien que ella hubiera consumido un pan completo, así como el total del vino.

El Sometimiento de inmediato dijo que sí, que no había problema, toda vez que quedaba un poco de pan para los demás y quizá después ellos podrían obtener un poco más de vino.

La Inteligencia opinó que desde su punto de vista era muy arriesgado beber un vino que no sabía su calidad, grado de alcohol, o si éste contenía algún veneno o sustancia alucinógena, que los dos panes bien podrían haberlos partido por mitades para que alcanzará para todos. Y que además, era obvio que ahí faltaba un lugar para la Dignidad.

Todos se quedaron viendo a la Dignidad y le preguntaron si estaba cómoda de pie y si estaba de acuerdo en lo hasta entonces acontecido. Y esta respondió:

No tengo problema en permanecer de pie, de hecho me agrada mantenerme así,  pero considero una grosería llamar a cuatro en donde solo caben tres y que uno solo determine la repartición de lo existente en la mesa.

Por tal razón creo que no hay forma de combatir la Embriaguez de la Fuerza, ni se puede esperar por siempre el resultado de las deliberaciones concienzudas de la Inteligencia. Y mucho menos deliberar con quien siempre se somete a los más poderosos.

Ante esta situación, esperaré a que la Fuerza entienda que esa cualidad no es permanente, a que la Inteligencia se enfoque en un tema objetivo y cuando el Sometimiento sea desterrado regresaré.  Y me retiro advirtiendo que sólo regresaré, cuando existan los lugares suficientes, vino y pan para todos.

La Fuerza encolerizó, la Inteligencia creó la retórica y la diplomacia para justificar el imperio de la Fuerza. ¿Y el Sometimiento…? Ese, ese sólo aceptó todo.

La Fuerza pensó en destruir a la Dignidad, pero nunca lo logró, porque es bien sabido que la Dignidad se conserva hasta la muerte, en caso de ser necesario.

Foto: Mientras tanto en México

Pero bueno, esas son solo historias de los viejos.

En nuestra cruda realidad, ante la amenaza del gobierno del Gringo Trump, de subir aranceles a productos de exportación mexicanos que al final no son tan mexicanos, porque la gran mayoría solo son productos maquilados aquí, pero cuyos verdaderos beneficiados son capitales y empresas de origen alemán, coreano japonés o chino.

Y no se aprovechó esta coyuntura, para explorar el resultado de aplicar aranceles a los productos americanos que importamos y que por cierto tenemos una balanza deficitaria entre exportación e importación.

De este episodio, salimos como pueblo, rasgándonos las vestiduras con discursos patrioteros, y entronizando como héroes a los negociadores del presidente, quienes terminaron por aceptar, de entrada, el establecimiento de un muro policiaco militar en la Frontera Sur del país, para contener a los migrantes centroamericanos, pero también a los mexicanos, concretizando la indigna contención de un muro mexicano para detener el flujo de personas que solo aspiran a salir de las condiciones de violencia y pobreza extrema que priva en sus países de origen.

Esto, pone en riesgo el contenido constitucional en materia de derechos humanos y violenta además convenios internacionales en materia de trato a los migrantes, al libre tránsito y en particular de los derechos sociales, económicos y culturales de todos los pueblos. Convenios internacionales, firmados por México y que están en pleno vigor al ser aceptados por el Senado de la República.

Y todo esto lo aderezamos con un discurso retórico de paz y amor con el pueblo yanqui, de amistad con el mequetrefe de Trump y de convertirnos en promotores del desarrollo social y del crecimiento económico de naciones vecinas.

Cuando en nuestro propio país, la pobreza, la marginación, la ignorancia y el terror de la sangre en las calles nos devuelven a una realidad que no desaparecerá con buenas intenciones y mucho menos cerrando los ojos o fanatizándonos con un gobierno que no es divino sino humano… terriblemente humano e imperfecto… ¿O no?

PD: Si, ya sé que me llamaran traidor, fifí, apátrida, resentido y otras linduras, pero ni importa yo apoyo al Presidente López Obrador, pero soy de los que prefiere decir lo que pienso, emitir críticas y señalar errores. Y no actuaré jamás como un lambiscón de los gobernantes en turno… ya ustedes saben, son detalles de dignidad que muchos no entienden.