REDES DE PODER: Que ide…otas

Un medio de circulación nacional hizo público hace unos días el encuentro entre el historiador Enrique Krauze y Fernando Ramírez con un equipo de pseudointelectuales para arruinar la campaña del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Alfonso Torres Chávez/ 4Vientos

Hay que decir que Enrique Krauze nunca ha ocultado su fobia por AMLO. Lo interesante de este asunto es que a través de diversos mecanismos financieros, Krauze se ha hecho de fondos para sustentar sus empresas culturales.

En realidad, su trabajo como historiador es muy bueno aunque como todos los intelectuales tendrá siempre un fuerte grupo de detractores.

Krauze fue director editorial durante muchos años de la revista VUELTA que fundara el Premio Nobel, Octavio Paz.

 

Después de más de 25 años de trabajo intelectual, no creo que Enrique Krauze exponga su prestigio ante una situación así.

No debemos olvidar que Krauze a través de su editorial Clío ha sido un fuerte difusor de la historia de México, a la que ha dado otra visión.

La crítica de Krauze ha sido siempre directa, sobre todo porque el mismo historiador es heredero directo del movimiento del 68.

Vivir episodios o ser partícipe de movimientos sociales sensibiliza a cualquiera con algo de corazón.

Basta con leer los textos de Enrique Krauze para notar en ellos el tono crítico que sus enemigos intelectuales tanto achacan.

La perspectiva personal siempre es bienvenida: yo mismo tengo mis detractores en los medios en los que escribo, pero decía Cicerón: hay que preocuparse cuando se deje de hablar.

Las cosas que se analizan con el paso del tiempo adquieren otro tamiz. Hablar de una campaña contra López Obrador nos ubica en 2006, y de allí en adelante sujetos de diversa naturaleza orquestaron una campaña contra el tabasqueño.

José Solá, por ejemplo, fue el autor de la campaña de UN PELIGRO PARA MÉXICO, que en 2006 machacó en el inconsciente colectivo el riesgo de que López Obrador se convirtiera en presidente de México.

No es la primera vez que el tabasqueño es víctima de sus propios demonios, pero los escritores no somos enemigos a ultranza, ni tenemos en la pluma –o en el procesador de palabras moderno- el dedo flamígero.

Ser disidente no es ser enemigo.

Pensar diferente no nos convierte en enemigos, sino en disidentes de posiciones diferentes.