APARADOR: En la vida, nada es para tanto

En nuestra búsqueda de sentido de la vida, en nuestro día a día, vamos dando determinada relevancia a lo que sucede a nuestro alrededor, aunque en pocas ocasiones nos cuestionamos el verdadero peso de las cosas a las que solemos dar importancia. Cada quien, dentro de sus propias dinámicas, le da relevancia a diversos eventos.

Alfonso Jiménez / A los 4 Vientos

Por ejemplo, hay quienes piensan constantemente en el cumplimiento de objetivos de trabajo. Otros se enfocan en los resultados de su equipo favorito de fútbol. Otros terminan el día pensando en los chismes entre amistades, y hay quienes tienen serios problemas de pareja que los trae distraídos todo el día. Esto solo por mencionar algunos eventos, ya que en realidad la lista es interminable y está en función de cada persona.

A lo que sea que le prestemos atención -y robe nuestros pensamientos en el transcurso del día, e incluso, durante la noche-, es aquello que consideramos importante en nuestra vida. En ocasiones la importancia que damos a las cosas nos lleva enormes alegrías, en otras, grandes tristezas e, incluso, cuando no podemos lidiar con ellas, puede orillarnos a enfermedades.

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A manera de ejemplo me centraré en los problemas del trabajo. Tomemos lo que sentimos cuando un oficio no sale en tiempo, cuando no se logró vender un producto, cuando es necesario hacer ajustes a un proceso, las ocasiones en que nos quedamos a trabajar horas extra (que luego no pagarán), si llegamos a tener discusiones con nuestros colegas o jefes, o cualquier elemento de lo cotidiano. Comenzamos a frustrarnos, a desesperarnos, a sentir ansiedad o a molestarnos. Sin embargo, ¿qué tanto realmente lo que nos molesta o incomoda tiene importancia?

Existen diversas posturas al respecto, pero hay una en particular que me parece reveladora. Albert Camus, en su famoso ensayo “El mito de Sísifo”, nos habla de lo absurdo de la vida humana recurriendo a la mitología como metáfora. En la mitología griega, Sísifo, al haber engañado a los dioses con su gran astucia, fue condenado por Zeus a vivir en el inframundo de Hades, subiendo una enorme roca en una colina, la cual caía una vez que Sìsifo lograba ponerla en la cima; Sísifo estaría condenado a subir esa roca a la cima y verla caer por toda la eternidad. Camus, retomando esta mitología, nos explica cómo el ser humano está condenado -al igual que Sísifo- a vivir de manera absurda, haciendo esfuerzos en su vida que no lo llevan a ningún lado. Subir la piedra por la colina pareciera tener una finalidad, pero no es así, acabará por caerse para poder volver a empezar todo de nuevo. Así nuestra vida humana, parece tener una finalidad, pero no necesariamente es así.

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El mito de Sísifo nos muestra de una manera brutalmente honesta cómo los seres humanos tratamos de dar sentido a la vida, cuando la vida en sí no necesariamente tiene un sentido. En el ejemplo de nuestro trabajo, a diario nos enfrentamos a cosas que nos orillan a dar nuestro mejor esfuerzo. Nos despertamos temprano, ponemos en juego nuestros conocimientos y experiencia, realizamos nuestra labor con paciencia y el mayor gusto posible. Diario levantamos la pesada piedra en la colina de nuestra vida. Sin embargo, una vez que el trabajo concluye, que el proyecto terminó, que la junta acabó, que alcanzamos la meta, todo sigue igual. Si me quedé horas extras o discutí con mi jefe, no importó tanto más allá del momento en el que sucedió, es algo que ya finalizó y el mundo siguió girando. Tal vez logramos nuestros objetivos, o tal vez no, pero ello no quita el hecho que todo a lo cual le dimos importancia concluyó… la piedra volvió a caer. Al día siguiente deberemos levantarnos, tomar fuerzas y alistarnos para comenzar de nuevo, a tratar de rodar de nuevo la piedra, a volver a enfrentarnos al esfuerzo infructuoso al cual estamos eternamente condenados.

Nuestra condición absurda — en la que todo lo que realizamos no tiene sentido, ya que la pierda acabará cayendo y tendremos que empezar nuevamente
— es nuestra mayor perdición, debido a que al aceptar esa visión el panorama de nuestra vida se torna sombrío, sin sentido alguno; no importa lo que hagamos, cuánto nos preocupemos, estamos condenados a mantenernos en una vida cuyas acciones no tienen mayor sentido ni trascendencia.

Por otra parte, aceptar esta condición absurda de la vida puede valorarse como la mayor de las bendiciones humanas, ya que no importa cuanto nos ocupemos y preocupemos, las cosas que vivimos ni las acciones — siempre y cuando no dañen a terceros— tienen mayor sentido ni trascendencia, no serán determinantes para el universo ni para el futuro infinito que se muestra posterior a nuestra vida. Vaya, en concreto, la mirada de Camus nos hace ver que nada en mi vida ni en la suya es para tanto. Pensándolo bien, eso no es para nada sombrío, sino que es, sin duda, liberador.

José Alfonso Jiménez Moreno es un mexicano –entre chilango y ensenadanse– interesado en estudiar todo aquello que ayude a conocer lo humano.