MEMORIAS DE NADIE: La corrupción de Morena en Baja California

Un fantasma recorre Baja California. Es el fantasma de la corrupción, cuyos días en México presuntamente deberían estar contados tras la avasalladora victoria del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) en las pasadas elecciones del 2018. Sin embargo, todo apunta a que la cuarta transformación no llegará al estado fronterizo con la ciudad más violenta del mundo; o más bien, llegará cercenada y convertida en aquello que juró destruir.

Don Nadie / A los 4 Vientos / Foto: Semanario Zeta

A estas alturas el candidato de Morena que contenderá por la gubernatura de Baja California ya debe estar preparando los documentos, firmas, negociaciones y alianzas que realizará una vez que gane el poder ejecutivo en el estado. No es un secreto que Jaime Bonilla es un empresario rapaz, quien a lo largo de su trayectoria político-empresarial se ha dedicado a hacer negocios al amparo del poder público.

Podemos citar, por ejemplo, el hecho de que Jaime Bonilla haya sido, como diputado plurinominal, uno de los principales impulsores de las plantas desalinizadoras de Rosarito, aprobadas en el sexenio de Francisco Vega de la Madrid a través del esquema de Asociaciones Público-Privadas (APPs), tan cuestionadas por académicos, activistas y opositores (de Morena, vaya) por fungir como un mecanismo de corte neoliberal para desviar millones del erario a negocios privados.

Las cartas ya se han empezado a mover en favor del empresario morenista. No es casualidad que el pasado 24 de febrero, justo tras el anuncio oficial de Bonilla como candidato a la gubernatura de Baja California, el IEEBC decidiera cancelar, contra todo pronóstico, una reforma electoral aprobada el año pasado, extendiendo así el periodo de la próxima gubernatura de 2 a 5 años.

La cantidad de males que nos aguardan con el probable triunfo de Bonilla no son pocos. Es de esperarse, por ejemplo, que se intensifique la represión contra activistas que defienden el agua en Mexicali, a la par que se le conceden todas las facilidades a la trasnacional Constellation Brands para imponer su planta cervecera en medio de un valle sin agua.

Ya esta semana quedó demostrado el carácter anti-democrático de las autoridades electorales estatales, quienes en su mayoría votaron en contra de la realización del plebiscito que habría permitido a la ciudadanía bajacaliforniana decidir la instalación de la planta cervecera; de ganar Jaime Bonilla, veremos la consecución de esta corrupta línea empresarial.

Así mismo, no es descabellado pensar que, con el triunfo del ex senador, la persecución de periodistas y medios críticos se intensifique; ello lo podemos suponer a partir del historial de Bonilla al tratar de silenciar verdades incómodas, ya sea a través de la censura o del bombardeo de desinformación lanzada desde su propia cadena mediática, PSN.

Cabe agregar que el bonillismo no se detendrá en hacer de las suyas desde la gubernatura. En Ensenada ya se vio el primer acto de imposición y autoritarismo, al ser “seleccionado” Armando Ayala como candidato para la presidencia municipal, aun a pesar de las abrumantes diferencias que las encuestas mostraban a favor de los otros candidatos.

Cientos de militantes de Morena en Baja California ya sienten el trago amargo de la decepción, sobre todo tras los dedazos anti-democráticos de “los líderes” que han decidido pasar por encima de las bases, como han hecho los demás partidos mexicanos a lo largo de los últimos 90 años.

El panorama para la región se cimbra terrible de ganar Jaime Bonilla, pues mientras a lo largo y ancho del país los estados tendrán la oportunidad de limpiarse de corrupción, injusticias, robadera, delincuencia organizada, narcopolítica, violencia y demás males que aquejan al país, en Baja California seguiremos viviendo bajo el espectro de la política vil, inmunda, opuesta a su fin principal: servir para mejorar el bienestar de la ciudadanía, antes que a los intereses particulares.

Todo esto ocurrirá, claro, si es que la ciudadanía no se organiza en torno a una candidatura alternativa, que en este caso tendría que ser independiente para evitar los vicios que arrastra la partidocracia mexicana: ni PRI ni PAN caben ya en Baja California. La otra vía, y precisamente la más indicada —pero por motivos surreales, más lejana— sería que el presidente Andrés Manuel López Obrador interviniera de una vez por todas para exigir que los morenistas cumplan con los principios que su partido enarboló para triunfar en las elecciones pasadas. Sin embargo, no se ve que eso vaya a ocurrir pronto.

Estamos, pues, antes una nueva coyuntura política en Baja California, que avecina múltiples destinos; entre ellos, el vivir el resto de la “cuarta transformación” sin que nada se transforme, padeciendo el martirio de que nuestra historia se quede estancada en el charco de la corrupción.